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Opinión

El embrujo del Rif: Abarrán (I)

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Por Carlos José Antón Gutiérrez nació en Málaga, estudió medicina en Valladolid y actualmente ejerce en Melilla.

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A las once de la noche del día 31 de mayo los montes cercanos al valle de Annual eran una luminaria salvaje y atrayente. Cientos de hogueras llamaban a la guerra. Los beniurriagueles anunciaban a los habitantes del Rif su inminente ataque contra los españoles.
El coronel Morales y el teniente coronel Dávila quisieron detener la expedición al monte Abarrán, aunque el comandante Villar fue autorizado expresamente por Silvestre y no quiso desistir de la conquista. Morales intentó comunicar con Melilla para hablar con el general, pero no lo consiguió. Esa noche no funcionaba el teléfono y la estación de radio no estaba operativa.
A la una de la mañana salió la expedición hacia Abarrán al mando del comandante de estado mayor, y jefe de la Policía Indígena del sector de Annual, Jesús Villar Alvarado. Partieron mil cuatrocientos sesenta y un hombres y cuatrocientos ochenta y cinco mulos.  Iban en vanguardia tres mías de la Policía Indígena –cada mía estaba compuesta por ciento diez nativos mandados por oficiales españoles–, después salió la infantería de Regulares y el cuerpo principal de la columna con zapadores, ametralladoras, batería de montaña, estación óptica, un carro ambulancia y una compañía de intendencia formada por los acemileros y mulos del regimiento de Ceriñola. La caballería de Regulares se encargaba de cubrir la retaguardia.


Al inicio de la ascensión los esperaba la harca amiga de Temsaman. Estaba integrada por nativos de todas las fracciones, menos la Trugut, que se había decantado a favor de Beni Urriaguel.
Abarrán era un monte áspero y pelado de unos quinientos veinticinco metros de altura situado en la margen izquierda del río Amekrán. Los seis o siete kilómetros que distaba de Annual se convirtieron en dieciséis por los tortuosos caminos de herradura que llevaban a la cima. Seguían sendas de pastores que a veces desaparecían por completo. En muchas ocasiones tuvieron que marchar en filas de a uno por la angostura del camino. Al asomar la aurora, a las cuatro y media de la mañana, la columna era una extensa hilera alargada que se extendía por varios montes.
El capitán Ramón Huelva de la Policía Indígena se acercó a Juan Salafranca:
—Tendremos que recorrer quince o dieciséis kilómetros hasta Abarrán.
—Es lo que calculé cuando reconocimos la colina.
—Si los rifeños atacan, no podrán socorrernos.
—Según Villar, nos protegen los Temsaman.
—No me fio de ese imbécil. Anoche escuché una conversación entre Morales y Dávila. Decían que era una locura ocupar Abarrán, una colina sin utilidad estratégica. No sirve para proteger Annual ni para avanzar por el valle hacia la costa. Esta misión es absurda.
 —Esperemos que sean unas vacaciones en la montaña —bromeó.
    Juan sabía que la realidad era mucho peor de lo que se temía Ramón Huelva. El coronel Morales y Agustín Rojo le informaron en secreto que, si eran atacados por una harca numerosa, no podrían ayudarles desde Annual y tendrían que retirarse por sus propios medios. Juan pensaba que iba a ser muy difícil organizar la retirada por el escabroso terreno. Solo podría ordenar un “sálvese quien pueda” y correr monte abajo hacia las líneas españolas.
    La vanguardia de la columna llegó a la cima de la colina a las cinco y media. La posición tenía sesenta y cinco metros de largo por doce de ancho con forma de bota de vino. Los soldados entraban poco a poco y se iban sentando en el suelo para descansar de la caminata. A las seis y media llegaron las dos compañías de ametralladoras de Ceriñola, donde iban Serafín y Pitoño. El sargento Cristóbal Segura ordenó que no descargaran las armas de los mulos.
    El comandante Villar, Juan Salafranca y el jefe de Temsaman Hach Haddu Boaza estudiaron la cima para preparar la fortificación. Apenas había rocas para hacer los parapetos; los sacos terreros estaban podridos y muchos se desfondaron al llenarlos de tierra; las faldas de la colina, plagadas de jara y arbustos, posibilitaban que se cubrieran los rifeños, y la aguada más cercana estaba a tres kilómetros siguiendo el sinuoso sendero que llevaba al río Amerkrán. Haddu Boaza aconsejó la retirada, la posición era indefendible. Juan Salafranca opinaba lo mismo, pero Villar impuso su criterio y dijo que el mismo Silvestre había ordenado la operación. En Abarrán estaban seguros, los protegían los jefes de Temsaman, los dueños del territorio.
    Los zapadores fortificaron la cima según las indicaciones de Villar. Levantaron un firme de tierra de unos treinta centímetros como base del parapeto. Sobre este firme, en los lados norte, este y oeste, colocaron sacos terreros hasta un metro de altura. Al haber llegado rotos, no tenían suficientes para hacerlo más alto. Después, rodearon todo el perímetro con una doble alambrada, a treinta metros del parapeto. En el lado oeste instalaron la batería de cañones. Era el punto más débil. Los rifeños solo tenían que subir siete metros para alcanzar la posición. En la zona sur, el terreno descendía bruscamente y Villar decidió que era una defensa natural suficiente y no lo fortificaron.
    A las siete de la mañana, la retaguardia alcanzó la cima. Habían llegado una hora y media más tarde por la enorme dificultad del camino.
   Desde Abarrán se apreciaba un panorama de gran belleza. Todo el valle del río Amerkrán, con el mar al norte, dorado por la luz del amanecer. Al oeste, muy cerca, otro cerro dominaba la posición: el monte Qama, la última defensa natural antes de Alhucemas.
   En el monte Qama comenzaron a aparecer beniurriagueles. Se encontraban a menos de dos kilómetros. No parecían hostiles, aunque cada vez eran más numerosos. El caíd Hach Haddu Boaza aconsejó la retirada. Dijo que solo se veían los ait waryagar cuando iban a atacar. Juan Salafranca, aún a riesgo de parecer cobarde, quiso retirarse. No podían defenderse contra una harca tan numerosa. Villar dijo que los rifeños solo querían exhibir su fuerza para pedir más dinero por su colaboración, y que muy pronto se comunicaría con el comandante general.
   Silvestre llegó a Annual a las nueve de la mañana. Los jefes observaban con prismáticos la posición de Abarrán y la harca del monte Qama que comenzaba a extenderse por otras colinas. Había rifeños de Temsaman y Beni Urriaguel. Tenían los fusiles en las manos, pero estaban tranquilos.
  Silvestre felicitó a Villar por la toma de Abarrán a través del heliógrafo. Dijo que no podía darle las gracias en persona porque los jefes no querían que saliera de Annual. El general acostumbraba a visitar las posiciones recién conquistadas.
    Villar informó del avistamiento de los beniurriagueles, aunque no era necesario porque también los observaban desde Annual, y envió el mensaje: En este momento me estoy timando con la harca, lo que ocasionó una carcajada entre los acompañantes de Silvestre. Villar pidió instrucciones tras proponer la retirada de la columna, dejando en Abarrán la guarnición prevista. Silvestre contestó que actuara como creyera conveniente.
—Debería ordenar el abandono de la posición —manifestó el coronel Morales—. Abarrán está en peligro.
   El teniente coronel Manuel Ros Sánchez presenció atónito la discusión. Morales había cuestionado en público el buen hacer militar de Silvestre.
—Ya ha visto lo que dice Villar. Los moros son pacíficos. Además, los beniurriagueles están con los temsaman que son nuestros aliados.
—Insisto, mi general. Nuestros espías dicen que Abarrán es una trampa.
—¿Qué espías? Al comandante Villar le aseguraron que nos apoyan todas las fracciones de Temsaman —gritó el general muy enfadado.
—Ojalá esté usted en lo cierto —Morales se alejó con el capitán Agustín Rojo.
—Dígale a Villar que deje una sección de ametralladoras en Abarrán —ordenó Silvestre al cabo encargado de la estación óptica.
   Antes de partir hacia Melilla envió un telegrama al alto comisario Berenguer: Abarrán tomado. Ocupación sin bajas.
    A las once de la mañana, la columna comenzó a salir de la colina. Quedó en Abarrán una guarnición de doscientos cincuenta hombres, cincuenta españoles y doscientos indígenas, al mando del capitán Juan Salafranca, con los tenientes Vicente Camino López y Antonio Reyes Martín de Regulares y el capitán Ramón Huelva Pallarés, el teniente Haidra y el alférez Luis Fernández Martínez de la Policía Indígena. La batería estaba a cargo del teniente Diego Flomesta Moya y veintiocho artilleros. También se quedaron un cabo y dos soldados de ingenieros para servir la estación óptica, cien moros de Regulares, cien de la Policía Indígena y la harca amiga de Temsaman.
    Se organizó la salida en el mismo orden que llegaron. Primero, las mías de Policía Indígena y los fusileros de Regulares y, después, las secciones de ametralladoras de Ceriñola.
   Serafín y Pitoño esperaban con los mulos. El sargento Cristóbal Segura estaba muy inquieto, parecía incapaz de aguardar su turno para volver.
   La columna se dirigió hacia Buymeyan, la posición española más cercana, en vez de al campamento de Annual, de donde habían salido de madrugada. A los pocos minutos, la retirada se precipitó sin orden alguno. Pirulo y Pitoño vieron sorprendidos cómo los pasaba la caballería de Regulares que debía proteger la retaguardia. El sargento Cristóbal Segura caminaba muy deprisa, casi corriendo, y adelantaba a soldados que debían ir delante. Pitoño y Serafín querían seguirle, pero les retrasaban los mulos cargados con las ametralladoras y las cajas de municiones.
—¡Deja el mulo! —gritó Pitoño.

    Estaba aterrado. Abarrán era la colina, señalada por Nadia y Yamina, donde los hombres malos le cortarían el cuello.
—Nos fusilarán si abandonamos las ametralladoras. Yo llevo los mulos. Soy de campo y los entiendo. Tú camina a mi lado por si tenemos que ayudarles a pasar por algún mal lugar.
    Serafín tiraba del primer mulo, al que ataron el segundo. Bajaron el monte todo lo rápido que permitía el sendero y los animales, que a veces se resistían a pasar por tramos escabrosos. Pitoño iba a junto a él preparado para ayudar. A pesar de su terror, nunca pensó en abandonarle. Muchos soldados los adelantaban corriendo alocadamente para no quedarse los últimos. El sargento Cristóbal Segura ya les sacaba quinientos metros de ventaja. Era una huida vergonzosa. Villar encabezaba la marcha cabalgando deprisa, o tirando del caballo en los tramos donde no era posible ir montado.
    A las doce y media llegaron al río Amerkrán. Un sargento de Regulares aguardaba en el paso haciendo gestos para que cruzaran el río con rapidez. No tenían que detenerse a beber ni a dar agua a los animales.  Muchos moros bajaban de los montes cercanos. Daba la impresión de que pretendían cercarlos. El segundo mulo intentó pararse a beber, pero Serafín tiró de las riendas y Pitoño le empujó del lomo para que atravesara el río. Todos corrían. Ya no quedaba columna, solo hombres huyendo despavoridos.
    Unos dos kilómetros después de atravesar el río Amerkrán se detuvieron, al ver que no eran perseguidos. Los soldados jadeaban muy nerviosos. Tenían la impresión de haberse librado de milagro.
    Los oficiales aparentaban tranquilidad, como si el caos de la columna se debiera a que habían permitido que se relajaran tras completar la misión. La tropa entró muy revuelta en Buymeyán. Allí tenían un mensaje de Silvestre. Había ordenado que una sección de ametralladoras se quedara en Abarrán. El sargento Cristóbal Segura miró de reojo al sargento Víctor González, que mandaba la otra sección. Entre los dos cruzaron un silencioso mensaje de alivio. Podía haberle tocado a cualquiera de ellos quedarse en la colina que muy pronto se convertiría en un matadero
—De buena nos hemos librado, mi sargento —apuntó con descaro Pitoño.
    El sargento le miró. En sus ojos había pavor.
—Y que lo digas, hijo. Y que lo digas.
    A la una de la tarde Salafranca comunicó a Annual que los rifeños rodeaban la posición con intenciones hostiles.

(Continuará)

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