EL AÑO DE LA ESPERANZA

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Recientemente ha divulgado la Unión Europea su denominado “kit de supervivencia”, equipado con diversos recursos, para disponer de un plazo de tiempo de unas 72 horas, en el que, individualmente, podamos componérnoslas, en el caso de que las ayudas de los servicios públicos pudieran no estar, momentáneamente, disponibles para socorrernos, tras una catástrofe medioambiental o provocada por el ser humano y tuviéramos que ser nuestro propio primer recurso de subsistencia.

Muchas críticas se han vertido sobre la divulgación de esta información, considerada frívola por algunos, excesivamente alarmista por otros y exagerada por muchos.

En mi opinión, hoy es más valido que nunca o, por mejor decir, tan válido como siempre, el principio de la cultura popular que establece que “toda precaución es poca” o que “vale más prevenir que curar”.

Parece que, al hacerse coincidir la divulgación de esta información con la relativa a la necesidad de “rearmarse” para poder hacer frente con garantías de éxito a amenazas o riesgos de naturaleza militar, como consecuencia del inacabado e incierto futuro del conflicto provocado por Rusia tras su invasión de Ucrania, se tiende a minusvalorar la utilidad que, ante una amenaza bélica, como la experimentada por Ucrania, pudieran tener los recursos incluidos en ese llamado “kit de supervivencia”.

Ha de considerarse que las manifestaciones iniciales de una adversidad a la que pudiéramos tener que hacer frente se mantienen desconocidas y efectivamente lo que hayamos preparado, llegado el momento, pudiera ser de escasa o de ninguna utilidad, pero, lo que es seguro, es que no disponer de recurso alguno, nos mantendrá en la más absoluta incapacidad para autoayudarnos en los comienzos de una crisis de cualquier naturaleza.

Por otra parte, consideremos que, frente a cualquier crisis, es muy posible que sus primeros impactos no sean totalmente destructivos, en cuyo caso, efectivamente, los preparativos previos podrían resultarnos de escasa utilidad, sino que los primeros impactos de esa eventual crisis se produzcan de manera progresiva y comiencen por someternos a adversidades no destructivas. Imaginemos si, como impacto inicial, nos vemos privados de los recursos tecnológicos que, formando parte de nuestra vida cotidiana, tales como televisores, radios, teléfonos, recursos eléctricos y muchos otros, dejasen de funcionar eficazmente o lo hicieran de manera peligrosa y tuviéramos que prescindir de su utilización. Imaginemos, igualmente, si los primeros impactos se manifiestan como alteraciones en las cadenas de suministro, privándonos del acceso fácil a recursos básicos como alimentos, agua, líquidos o medicamentos habituales. Calculemos qué impacto tendría ello, repentinamente, en nuestras vidas y cómo podríamos afrontarlo con alguna expectativa de éxito.

No se trata de ser alarmista ni intimidatorio, sino prudente, sereno y riguroso. Analicemos los eventuales peligros y prevengámonos sobre como podríamos disponernos a afrontarlos en tanto las ayudas de los demás pudieran llegar en nuestro auxilio. Solamente prevención. Nada de alarmismos injustificados.

En otro orden de cosas, esta semana se ha comenzado a materializar la primera fase de las advertencias dirigidas por el actual Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, hacia el resto del mundo. En su opinión, ante el “injusto tratamiento” dispensado a los estadounidenses por parte del resto de las economías, como consecuencia del cual, aparentemente, los norteamericanos se han visto severamente perjudicados en sus estándares de vida, ha llegado la hora de que el resto del mundo “devuelva” a los Estados Unidos aquello de lo que les han privado, acometiendo una política de imposición de aranceles o medidas proteccionistas sobre la producción propia, frente a las mercancías producidas por otros países, que intentan entrar en el mercado norteamericano, para el consumo de las mismas por parte de sus ciudadanos.

El resto de los países, presuntamente afectados por estas medidas, han comenzado a barajar la posibilidad de hacer lo propio con respecto a sus propios productos, protegiéndolos, igualmente, con la imposición de aranceles a los productos procedentes de Estados Unidos, abocando a la economía internacional a un fenómeno denominado como “guerra arancelaria” de la que, previsiblemente, nadie salga vencedor y todos resultemos perdedores, pero no deben ser esos los cálculos del Presidente Trump, ya que, si lo fuesen, no acometería esta iniciativa tan perjudicial para todos. Lo que, sin lugar a dudas, es cierto, es que las relaciones internacionales, basadas en el libre mercado y la libre competencia, van a verse sometidas a una severa revisión.

Al tiempo que esto ocurre, los cristianos nos encontramos celebrando, a lo largo de 2025, el Año Jubilar de la Esperanza, convocado por el Papa Francisco, el 9 de mayo del pasado año mediante la publicación de su bula “spes non confundit”, “la esperanza no defrauda”. En ella, el Papa Francisco, reconoce todas las circunstancias negativas por las que atraviesa el mundo, enumerando guerras, procesos migratorios, reducciones de la natalidad, hambrunas, violaciones de derechos humanos y tantas otras, pero al mismo tiempo convoca a la esperanza ya que, en frase de San Agustín, incluida en su documento, “nadie, en efecto, vive, en cualquier género de vida, sin estas tres disposiciones del alma: las de creer, esperar, amar”.

También, reflexiona el Papa, “San Pablo es muy realista. Sabe que la vida está hecha de alegrías y dolores, que el amor se pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse ante el sufrimiento”. Con todo, escribe San Pablo: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.”

A pesar de todos los pesares, la vida del hombre sobre la tierra progresa de manera imparable, aunque, de vez en cuando, con ciertos altibajos y nos aferramos, por nuestra naturaleza, a mirar hacia el futuro con esperanza. Si observamos el recorrido de la historia del hombre, apreciaremos, todos, que la vida del hombre hoy es mejor que la de hace 100 años y ésta mejor que la de hace 500. Aprovechemos, pues, este recordatorio que, a tal efecto, nos ofrece el Santo Padre y celebremos su convocatoria jubilar al “Año de la Esperanza.”

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Fernando Gutíerrez Díaz de Otazu

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