DIPUTADO POR MELILLA: No a la guerra

Existe un viejo argumento, utilizado con profusión por un amplio sector de profesionales de la milicia, consistente en afirmar que si existe un colectivo profesional poco proclive a estimular dinámicas que conduzcan a la generación de conflictos armados es, precisamente, el de los militares, habida cuenta de que, por razones obvias, disponen de un conocimiento más preciso que el resto de la ciudadanía sobre las destructivas consecuencias del empleo de las armas de guerra.
Yo me atrevo a ir más lejos y a asegurar que la existencia de los Ejércitos y las organizaciones armadas al servicio de los Estados previene la generación de conflictos armados. Y aún diré más; estoy convencido de que el objetivo final de la disposición de organizaciones armadas y de sistemas de armas, cada vez más sofisticados, obedece al interés de las sociedades modernas por no verse obligadas nunca a utilizarlos y de disuadir a los demás de utilizarlos contra ellas. Trataré de explicarme.
Existe una tendencia a identificar la existencia de los Ejércitos o de las propias armas con la generación de los conflictos, conduciendo a la falsa conclusión de que, si no existiesen armas o Ejércitos, no habría guerras. En mi opinión, culpar a los Ejércitos o a las armas de la existencia de conflictos es como culpar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, de la existencia de delitos. Tanto los Ejércitos como los Cuerpos Policiales existen, precisamente, para prevenir la generación de conflictos y de delitos, respectivamente.
Debería parecer innecesario, a fuerza de obvio, poner de manifiesto que el mal existe en el mundo, pero dada la perseverancia con que algunos se empeñan en negar lo obvio, a pesar de las múltiples muestras de ello que percibimos cotidianamente, se hace preciso enunciarlo de manera contundente: el mal existe. La codicia, la tentación de obtener algún tipo de beneficio por el medio que sea necesario, si las circunstancias lo permiten, es algo que no ha desaparecido aún del mundo.
Otra manifestación inevitable es la de que las armas, en sí mismas, son inofensivas. Como seres inanimados que son, son incapaces de producir daños o efectos de importancia sin la intervención perversa o bondadosa de un ser humano. Cuando se alzan voces, con muy sanas intenciones, que, ciertamente, no pongo en duda, cuestionando la industria y el comercio de las armas, se queda uno con las ganas de preguntar por el número de atrocidades que se han cometido en la historia de la humanidad sin la necesiad de la existencia de sistemas de armas de gran nivel de sofisticación. El primer asesinato narrado de la humanidad, el de Abel por su hermano Caín, no describe arma alguna, aunque la tradición nos ha hecho llegar que se cometió con la quijada de un asno. Bastante tiempo después, David, un muchacho hebreo, fue capaz de derribar muerto al gigante filisteo, Goliath, de una certera pedrada en el centro de su frente. Ambas acciones, la primera considerada deplorable y la segunda heroica, sólo tienen como elemento común la intervención del ser humano, así como un desarrollo tecnológico bastante rudimentario en ambos casos.
Es difícil de sostener que, si nos pusiéramos todos de acuerdo en hacer desaparecer todas las armas del planeta, no volveríamos a comenzar desde la quijada del asno, pasando por el lanzamiento de piedras hasta los niveles de sofisticación de nuestros días repitiendo, nuevamente, todos los errores de nuestra historia. De igual manera, cabe pensar que, para imponer ese desarme tan radical, sería necesario disponer de un buen arsenal de armas con el que imponer la voluntad de la mayoría a los díscolos que pretendiesen vulnerar tan bondadosos designios.
Y es que es, precisamente, a través de ese desarrollo racional como hemos llegado a los Ejércitos o a las Fuerzas de Seguridad de nuestros días. Atribuyendo el monopolio de la fuerza, que no de la violencia, a las organizaciones armadas que representan la voluntad de nuestra sociedad bajo la dirección de nuestros representantes, legalmente elegidos por nosotros, los ciudadanos, legítimos copropietarios del bien administrado, nuestra sociedad. Y menciono el monopolio de la fuerza que no de la violencia porque, como se sabe, la violencia es algo que se practica con cierto grado de descontrol, cuando no existe nada más controlado en los Ejércitos o en las Fuerzas de Seguridad modernos que el empleo de la fuerza. Es por este procedimiento, también, por el que podemos identificar y hacer responsables ante los sistemas de justicia ordinarios a aquellos dirigentes políticos que defrauden estos principios y utilicen los medios de los que se han dotado, en principio con fines defensivos, para alcanzar fines perversos.
Es en el desarrollo de este proceso en el que, con el transcurso del tiempo, nos hemos esmerado en generar organizaciones armadas, sometidas a los principios de la ley, apartadas de la controversia política en el seno de las sociedades a las que sirven y dotadas de unos valores consagrados por nuestra sociedad, tales como el respeto a la vida humana, el empleo proporcional de la fuerza al riesgo enfrentado, la ponderación de la legítima defensa o el sometimiento del empleo de la fuerza a una reglas de enfrentamiento supeditadas al refrendo legal, así como a códigos éticos de conducta individual y colectiva.
Necesitamos dotarnos, sin prejuicios, de sistemas de defensa que garanticen nuestra capacidad de proteger el bienestar de nuestra sociedad frente a intentos perversos de alterarlo con fines contrarios a nuestros intereses. Hemos de asumir para ello, con rigor y sin ingenuidad la realidad del mundo en el que vivimos y disponer de recursos que disuadan a nuestros potenciales adversarios de la inconveniencia de tratar de alterar nuestro modo de vida por la fuerza. Si no lo hacemos, estaremos sometidos a la voluntad de los malignos y de sus imposiciones, incluida la guerra. Si conseguimos hacerlo de manera eficaz podremos garantizar a nuestras sociedades la posibilidad de posicionarse con claridad en el no a la guerra.

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