Carta del Editor
MH, 29/3/2026
Enrique Bohórquez López-Dóriga
La visita y el acto en Melilla del Instituto Español de Analistas, el lunes pasado, fue importante. La bienvenida “institucional” del vicepresidente Miguel Marín fue cordial. La presidenta del Instituto, Lola Solana -que habló a continuación- se centró en el valor de la sostenibilidad y la colaboración pública-privada. Los siguientes oradores hablaron de cambios, de la procedencia de los fondos para sostener la Defensa, de Fukuyama y las civilizaciones, de la escasez de principios (Félix Sanz), de las oportunidades en España como fortaleza tecnológica europea (el atormentado, gajes de la “colaboración” público-privada, presidente de Indra, Ángel Escribano).
Todos resaltaron el término “Defensa”, prevenir antes que curar, en vez de “Ataque”, que sienta muy mal a los progres, que son multitud y que dan mucha guerra con lo de “No a la Guerra”, un lema, por cierto, tan ineficaz como el “No a la enfermedad” o “No al terrorismo”. Hobbes ya lo explicó muy bien, al afirmar el egoísmo del ser humano.
El acto terminó con una sensata conclusión del muy sensato Juan A Marmolejo, muy dedicado a “los/sus alumnos” melillenses. Y lo cerró el presidente Juanjo Imbroda, con mucho oficio y muy agradecido por la estancia en Melilla de tan insignes visitantes, siempre tan bienvenidos y tan bien tratados en nuestra ciudad.
LA DEFENSA, EN MELILLA
De la Defensa de Melilla se habló poco, así que repito lo que publicamos en nuestro Editorial del lunes pasado: Cobertura OTAN, un punto clave. Un tema muy debatido es si Melilla está plenamente cubierta por el artículo 5 de defensa colectiva. Algunos analistas señalan que la cobertura no es tan automática como en territorio peninsular, lo que introduce incertidumbre estratégica.
Para ser políticamente correcto, hay que decir, y lo digo, que “la defensa de Melilla se basa en disuasión militar, presencia permanente de fuerzas españolas (debería haber más, como hubo) y equilibrio diplomático con Marruecos. No es, Melilla, un escenario de guerra convencional, pero sí uno de los puntos geopolíticos más sensibles de España. Especialmente si se tiene en cuenta que el “equilibrio diplomático con Marruecos” es una quimera, o sea, no existe.
El factor decisivo: la disuasión. La razón por la que este escenario, de guerra, casi nunca se materializa es simple: Una guerra abierta entre España y Marruecos tendría costes políticos, económicos y militares gigantescos para ambos países. Pero ya sabemos, Marruecos también lo sabe, que Pedro Sánchez lo pasa mal con las guerras, le entristecen y le hacen comer tarde.
Por eso, leo, “el equilibrio –el desequilibrio, en realidad- se mantiene mediante: presencia militar permanente, alianzas internacionales y gestión diplomática de crisis”. Palabrería hueca, por desgracia para los melillenses.
Podemos analizar estos y muchos otros aspectos teóricos y generales de la Defensa de Melilla. Pero los que vivimos en Melilla lo que sentimos es que los peligros no provienen tanto del exterior (Marruecos) como del interior, especialmente del actual presidente del Gobierno español, desde que en Marruecos tienen datos suyos que no conocemos, pero el presidente del Gobierno sí.
LA BATALLA POLÍTICA
Salí del acto, con fiebre – no por el acto, sino no sé por qué razones médicas propias, parece ser, de la primavera- , empiezo a intentar escribir mi Carta del Editor y caigo en leer a Marcuse, del que me miran, en la librería de mi casa, tres libros a medio leer.
Uno de ellos , “El hombre unidimensional” (1ª ed. americana en 1955) que filosofa sobre una sociedad dominada por lo políticamente correcto, donde la individualidad ha sido anulada por la masa y el pensamiento crítico es una reliquia del pasado…No es lo más conocido de ese marxista filósofo, pero es un resumen de su filosofía política, la función del “individuo” en la “Gran sociedad”, cuya construcción -opinaba Marcuse- depende de un “factor humano”, de individuos que, por sus aptitudes, objetivos y necesidades, sean cualitativamente diferentes de los educados, formados y fomentados hoy.
Escribe Cuartango: el principal factor de diferenciación entre la izquierda y la derecha no son tanto las políticas económicas y sociales como la lucha cultural. La hegemonía se dilucida en el terreno de los relatos. Pedro Sánchez es un ejemplo tronante de unidimensionalidad. “El hombre unidimensional se caracteriza por su delirio y su paranoia interiorizada por los medios de comunicación masivos”, escribió Marcuse. En eso Sánchez sí es un maestro.
Marcuse desarrolla una idea muy cercana a la teoría de la hegemonía cultural, de Antonio Gramsci. Según esta visión, el poder político duradero no se sostiene solo con leyes o políticas económicas, sino con la capacidad de definir qué valores, símbolos y relatos dominan la sociedad.
Para Gramsci, una ideología triunfa cuando logra que sus valores se perciban como “sentido común”. No basta con ganar elecciones; hay que ganar la batalla simbólica en la educación, los medios de comunicación, la cultura popular y el lenguaje político. Quien domina esos espacios define los límites de lo pensable en una sociedad.
Las políticas económicas siguen siendo decisivas, pero la legitimidad de esas políticas se construye en el terreno cultural. Primero se gana el relato; luego las políticas parecen coherentes con él. En otras palabras: la batalla política no empieza en el parlamento, sino en la imaginación colectiva.



