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Opinión Religión

Convivir con los que piensan diferente

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Por: Luis Alberto Prados Rivera, Vicario de la Prelatura del Opus Dei en Granada.

El diálogo, la convivencia pacífica y constructiva, son valores muy apreciados por todos nosotros. Queremos resolver los problemas y mejorar con el concurso de todos, llegando a acuerdos en los que todos salimos ganando.

Sin embargo, comprobamos con cierta consternación cómo conceptos como la crispación o la confrontación se adueñan del espacio público. Los sesgos de los algoritmos de las redes sociales provocan que muchos se encierren en las llamadas «cámaras de eco», y la posverdad, la identidad sentimental y el relativismo nos impiden establecer un diálogo razonado, que es el único posible, con los que no piensan igual.

Hay que recuperar la realidad, como una base firme para construir; y hay que cultivar una mentalidad abierta, una actitud de escucha y valoración del otro y una capacidad de argumentar de modo que atraiga a los que nos son afines.

En junio de 2020 fallecía en Madrid el granadino Francisco Ruiz Antón, Fran para tantos amigos. Era en ese momento director de Políticas Públicas y Asuntos Institucionales de Google en España y Portugal. En un artículo obituario, la periodista Paloma Cervilla desvelaba que Fran tenía sobre su mesa de trabajo, a modo de advertencia y recordatorio, una cita de san Josemaría Escrivá: «Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir al vernos: este es cristiano, porque no odia, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama».

La Iglesia celebra el 26 de junio la fiesta de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Este santo español y universal tuvo siempre muy cerca de su corazón el mandato de Cristo de que nos amemos unos a otros como Él nos ama, incluidos, lo dijo explícitamente, los enemigos.

Con esta actitud, se entienden tantas apelaciones como hizo al entendimiento con todos. En Argentina, en junio de 1974, en un ambiente de fuerte confrontación social y política, san Josemaría casi imploraba a un muy numeroso público: «Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría».

Respetar a todos, escuchar con atención y deseo de aprender las opiniones de los demás y debatir con argumentos basados en la razón son actitudes necesarias para construir una sociedad que permita y aproveche el desarrollo de las cualidades de todos sus miembros. Si esto constituye una pieza fundamental de la madurez de cualquier persona, más aún, si cabe, debe estar presente en el talante de un cristiano.

En el mismo viaje a Argentina de 1974, san Josemaría animaba a estar «con los brazos abiertos donde quepan todos: los de la derecha, los de la izquierda, los de enfrente, los de atrás, ¡todos, todos, todos!  No podemos cerrar los brazos a nadie. No podemos ser personas de partido. No podemos hablar de luchas, la lucha es anticristiana. ¡De disputas!

Nosotros hablamos de entendimientos. Nosotros hablamos de cambiar impresiones para llegar a un acuerdo. Pero ¿de pelearse?, ¿de odiarse? ¡no! Dios nuestro Señor nos hace vivir la caridad y nos queremos por amor de Jesucristo, por amor de la Iglesia. Por amor de todas las criaturas».

Si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que somos frágiles, que no podemos tener todo controlado, que nuestro bienestar, nuestras libertades son logros precarios que hay que sostener continuamente. Este largo año y pico de zozobra nos ha empujado a volver la mirada hacia las personas, nuestros parientes y amigos, nuestros conciudadanos, incluso a las del mundo entero, con una tensión de creciente solidaridad.

No podemos esperar a que las cosas vayan bien definitivamente. Eso no sucederá. Algunas voces ya nos están advirtiendo de que debemos prepararnos para la próxima pandemia, o para la próxima crisis global, como la del «gran apagón». Además, no vamos a vivir eternamente. San Josemaría lo recordaba: «Que esto se marcha, como se va el agua de entre las manos. Esto es fugaz. Tempus breve est, afirma el Espíritu Santo. Hay muy poco tiempo para amar».

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