Este gráfico muestra la variación porcentual anual del PIB real en Chile desde 1970.
El 11 de septiembre de 1973 marcó un antes y un después en la historia reciente de Chile. Medio siglo después, el problema para entender lo que realmente pasó no es la falta de información, sino la existencia de relatos incompletos. Escribiendo sobre Chile, cada narrador selecciona los datos que confirman su tesis y omite los que la deniegan. El resultado no es una mentira, pero tampoco es la verdad.
Allende: legitimidad, proyecto y desequilibrio
Salvador Allende, representante de la izquierda política, llegó al poder en 1970 con algo más del 36% de los votos. Fue una elección legítima, aunque sin mayoría absoluta. Su proyecto -nacionalización del cobre, reforma agraria, expansión del gasto social- respondía a una determinada visión política de la transformación estructural a realizar.
Entre 1970 y 1973, la economía chilena entró en una dinámica cada vez más difícil de sostener. La inflación, que ya era relativamente elevada antes de su llegada al poder, se desbordó hasta superar el 600% en 1973. El déficit fiscal se amplió de forma extraordinaria. Se imprimió moneda de forma descontrolada y el sistema de precios -que normalmente actúa asegurando que los recursos se utilicen de manera óptima y que la economía funcione de forma coordinada y eficiente- perdió progresivamente su capacidad de ordenar la economía. A medida que avanzaban los meses, la profundización en las sucesivas medidas tomadas provocó la escasez de bienes básicos, los mercados paralelos ilegales se extendieron y la conflictividad social incontrolada aumentó, ocasionando con frecuencia ilícitos como ocupaciones ilegales, y en muchos casos violentas, ocupaciones de tierras y empresas.
Intervención exterior y responsabilidad interna
Este proceso degenerativo se debía, en su mayor parte, a una cadena de errores técnicos por parte del gobierno, pero también existían factores externos. Estados Unidos, siguiendo la doctrina Monroe (América para los americanos), intervino activamente en la desestabilización del gobierno chileno -quien mantenía relaciones estrechas con la Unión Soviética- mediante presión financiera, restricciones al crédito internacional y apoyo a sectores de oposición. Sin embargo, ninguna presión externa explicaría por sí sola una inflación de ese nivel ni el colapso de los mecanismos básicos de coordinación económica. La caída chilena fue el resultado de una interacción entre repetidos y graves errores internos y presión exterior.
Un apoyo social que no desapareció
Como ocurre con frecuencia con los gobiernos de este tipo, en marzo de 1973, cuando la situación económica ya mostraba signos innegables de deterioro, la coalición de Allende aumentó su apoyo electoral hasta situarse en torno al 43%. Esto muestra que las dinámicas políticas no responden únicamente a variables económicas, sino también a factores ideológicos, identitarios y emocionales.
Pinochet: reformas sin linealidad
El llamado “milagro chileno” existe, pero no exactamente en la forma con la que lo presentan sus defensores. Las reformas económicas impulsadas tras el golpe, diseñadas por los “Chicago Boys”, el grupo de la Universidad de Chicago que dirigía el renombrado economista Milton Friedman, transformaron profundamente la estructura productiva del país, introduciendo liberalización, apertura comercial y disciplina macroeconómica.
Pinochet heredó una inflación cercana al 600%; una caída del PIB entre el 5 y el 7%; un déficit fiscal de entre el 20 y el 25% del PIB; reservas internacionales muy bajas; escasez de productos básicos; tipo de cambio muy distorsionado; alto control estatal de la economía; economía desorganizada, con desequilibrios profundos.
Al final del régimen (1989–1990) la economía estaba estabilizada y era abierta; la inflación estaba entre el 20 y el 25%; el crecimiento del PIB alcanzaba el 10%; el déficit fiscal era cercano a equilibrio o superávit; había un fuerte incremento y diversificación de las exportaciones; la inversión extranjera iba en aumento; las reservas internacionales estaban recuperadas; la pobreza era muy elevada, del 45%, pero empezando a bajar.
Crecimiento con costes
A partir de mediados de los años ochenta, la economía chilena inició una recuperación sostenida. No obstante, ese crecimiento convivió con niveles elevados de desigualdad y con una estructura social en la que amplios sectores permanecían en condiciones de vulnerabilidad. El simplificar el balance de ese periodo con la etiqueta de “milagro” obvia el sufrimiento social que supuso una parte del camino. Pero también obvia que la continuidad del modelo de Allende habría muy probablemente supuesto un sufrimiento social mucho mayor.
La democracia como continuidad del ciclo económico
Tras el retorno de la democracia en 1990, la economía chilena continuó una fase de fuerte expansión durante gran parte de la década, con tasas de crecimiento cercanas al 7% anual, aumento de la inversión y una rápida reducción de la pobreza. El primer retroceso significativo llegó con la crisis asiática de 1998–1999, que llevó al país a una breve recesión y a un aumento del desempleo, en un contexto marcadamente condicionado por factores externos. A partir de entonces, el crecimiento continuó, aunque a ritmos más moderados durante la década siguiente, para entrar en una fase de desaceleración más evidente desde mediados de la década de 2010. El estallido social de 2019 y la pandemia de 2020 provocaron una nueva contracción severa, seguida de un rebote posterior, tras el cual la economía ha mostrado signos de crecimiento bajo o prácticamente estancado en los últimos años.
Conclusiones
La experiencia de Chile no admite respuestas simplistas. Es cierto que el país pasó de una situación económica profundamente desordenada en los años setenta a una economía más estable y abierta a finales de los ochenta. Pero también es cierto que ese cambio tuvo consecuencias sociales relevantes.
Una cuestión que se plantean ciertos observadores de la situación chilena, es qué habría ocurrido si Chile, durante la dictadura, no hubiera cambiado el rumbo que llevaba con Allende. Afirman que la situación podía haber empeorado marcadamente, pero también creen en la posibilidad de que ciertas alternativas hubieran logrado los mismos resultados con un menor coste social.
Tras la vuelta a la democracia, Chile vivió años de crecimiento fuerte y reducción de la pobreza, lo que sugiere que las bases económicas heredadas de la dictadura eran sólidas. Sin embargo, las etapas posteriores de desaceleración manifiestan que ningún modelo resuelve por sí solo todos los problemas de una economía.
El caso chileno obliga a desconfiar de las conclusiones simplistas. No basta con mirar el punto de llegada, ni es suficiente quedarse en el coste del camino. Entenderlo exige asumir ambas cosas a la vez.
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