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Opinión

AUTO DE TERMINACIÓN

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Por Fernando Gutiérrez Díaz de Otazu, diputado nacional por Melilla

Tomo prestada para orientar la dirección de esta colaboración la descomposición en tres palabras del término autodeterminación que llamó mi atención, por primera vez, en 1994, cuando la vi como título de una obra descriptiva del fenómeno terrorista del independentismo vasco. La obra llevaba precisamente ese título: Auto de terminación (raza, nación y violencia en el País Vasco). Sus autores, Juan Aranzadi, Jon Juaristi y Patxo Unzueta, describían la sinrazón del terrorismo etarra y le atribuían una indiscutible capacidad de destrucción de la convivencia en el País Vasco y en España.

En su última comparecencia, a petición propia, en el Congreso de los Diputados para hablar de los dos últimos Consejos Europeos y la situación política de España, como era previsible, el Presidente del Gobierno trató, prácticamente de manera monográfica, el asunto catalán. Era, por otra parte, lo que esperaba toda la Cámara. No sé si lo esperaba tanto el común de los españoles, un tanto saturados ya de este auténtico monotema. Y es que mientras hablamos de él como si no existiera otra cosa, dejamos aparcados un buen número de problemas que no resolvemos o que resolvemos sin el grado de dedicación necesario. Y es que los independentistas y sus “angustiosas” necesidades vitales se han convertido en un auténtico obstáculo al progreso del conjunto de la nación española.


En su aparentemente detallada cronología de cómo habíamos llegado hasta este punto, el Presidente Sánchez omitió deliberadamente importantes detalles. En su narrativa, todo comenzó cuando en 2012 el Presidente Rajoy no ofreció al Presidente Mas una armonización fiscal que permitiese a Cataluña disponer de mayores recursos financieros del común de las arcas de los españoles. A partir de ahí, según el Presidente Sánchez, la deriva secesionista, la demanda de autodeterminación, las urnas en las calles, el 1-O, el 155, el proceso penal, las condenas y el desencuentro entre los independentistas catalanes y el resto de los españoles. Todo ello, según Sánchez, con Gobierno del PP, por lo que, en su versión, es fácil identificar al culpable, el PP.


Y es que antes de todo eso, se produjo el Pacto del Tinell, en noviembre de 2003, que precedería al acceso al Gobierno de la nación en 2004, de José Luis Rodríguez Zapatero tras los atentados de los trenes de Atocha. Con su llegada al Gobierno, se produciría el pretendido cordón sanitario al PP para excluir a media España de la vida política nacional y comenzaría el desmantelamiento de los acuerdos de la transición. Porque sí, señor Errejón, señor Balldoví y señor Sánchez, los acuerdos de la transición consistieron en acordar que en nuestra guerra civil y las causas que la motivaron, no hubo unos buenos y otros malos, sino que fuimos “todos” unos bárbaros y que aquello no se debería volver a repetir nunca jamás.


Con su controvertida Ley de Memoria Histórica en la que, so pretexto de la satisfacción de la deuda contraída con la parte de la nación española que no pudo verla satisfecha durante la posguerra ni en la transición, como consecuencia de haber formado parte del bando perdedor en aquella contienda, se comenzó una revisión de los acuerdos de la transición. Se condenó a media España a ser heredera de los “culpables” de aquel desaguisado mientras que la otra media era heredera no sólo de los “inocentes”, sino de las únicas víctimas. Se tiraba así por tierra, inequívocamente, toda posibilidad de recuperación de la convivencia tras aquella catástrofe que no pasase por el vilipendio de la memoria de los que formaron parte del bando vencedor en la persona de sus descendientes o de las que, no siéndolo, no comparten esa visión maniquea y nociva de nuestra historia.


Después de eso, en el ámbito catalán, se planteó la revisión del Estatuto de Cataluña que el Presidente Zapatero se comprometió a respetar, dijera lo que dijera. Se atribuía así el Presidente del Gobierno unas capacidades legales de las que no dispone, ya que a su pesar y el del Presidente Sánchez, la soberanía nacional, la única contemplada en nuestra Constitución, reside en las Cortes Generales (no en Su Persona) y no se puede fraccionar entre los diferentes parlamentos autonómicos.
El Presidente Rajoy, pues, heredó este desaguisado propiciado por las políticas erráticas y catastróficas del Presidente Zapatero de las que aún no nos hemos rehecho y de las que algún día nos tendremos que recomponer.


Y es en estas circunstancias en las que, con la finalidad de acceder al poder y mantenerse en él, el Presidente Sánchez acometió un itinerario de pactos de los que previamente había renegado, al parecer por entender que de no hacerlo, no conseguiría el respaldo de los españoles. Siguiendo este itinerario de traición a sus promesas electorales, se ha convertido en ariete de las políticas neocomunistas de sus socios de Gobierno, con los que nunca pactaría porque no podría dormir ni él ni el resto de los españoles, así como de los planteamientos de los independentistas de todo jaez, que, no sólo no comparten los principios constitucionales, sino que persiguen acabar con ellos.
Con este guion personal, que no programa de Gobierno, ha llevado a la nación a un callejón sin salida puesto de manifiesto el pasado miércoles en el que las posturas de todos se mostraron irreconciliables. El PSOE, que de momento no pero ya veremos, el PP, que de ninguna manera y los independentistas, que Pedro Sánchez ya ha dicho que no en otras ocasiones pero “que les den tiempo” para llevarle a él y a todos nosotros a donde ellos quieren.


Según la primera de las acepciones del Diccionario de la Real Academia Española para el término auto, éste era en la Edad Media y en el Renacimiento, una pieza dramática de breves dimensiones basada en temas religiosos o profanos.


Y tal parece como si en la política nacional estuviéramos asistiendo a un nuevo auto dramático en la política errática y caótica del Presidente Sánchez. En este caso, su auto de terminación.

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