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Agua de Trara

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Pedro Sánchez

Por: Miguel Platón

El sanchismo es como un pollo descabezado, que corre salpicando cuanto pisa. Es inútil pedirle la menor coherencia. Sólo le importa sobrevivir, a cualquier precio. Incluso corre el riesgo de acertar alguna vez, bien por error, bien por estimar que le conviene.

De cuantas tropelías acumula, la más peligrosa es su continuada agresión a las bases del Estado de Derecho, es decir, a la democracia. Esta última no surgió de la nada, sino de una Transición afirmada en pilares bien conocidos: reforma en lugar de ruptura; consenso constitucional y relaciones civilizadas, incluso amistosas, entre los principales dirigentes políticos. Es decir, lo contrario de la nefasta experiencia de la Segunda República.

La puesta en cuestión del modelo cuestiona, por tanto, la continuidad misma de la democracia. El sanchismo lo ha puesto en práctica desde el primer día, cuando hace tres años Sánchez ganó la moción de censura gracias al apoyo parlamentario de la extrema izquierda, los separatistas y los proetarras de Bildu, todos ellos enemigos de la Constitución. Supuso la ruptura del consenso como norma básica de la actuación política y lo ha seguido desde entonces.

La incorporación de los comunistas de Podemos al Gobierno es el ejemplo más claro de esa deriva anticonstitucional, que supone además un enlace con separatistas y proetarras. Esa alianza es la que ha perpetrado las agresiones al Poder Judicial, al Tribunal Supremo, al Tribunal de Cuentas, al funcionamiento del Congreso de los Diputados y en general a las instituciones, comprendidos los órganos de Transparencia y de regulación de la Competencia.

La democracia ha sido atacada también cuando fue nombrada fiscal general del Estado la anterior ministra de Justicia, o cuando fue cesado un alto mando de la Guardia Civil por no aceptar la vulneración de la Ley que le exigía el ministro del Interior. O cuando, en contra de los preceptos legales, fueron indultados los independentistas catalanes y se concedieron beneficios penitenciarios a los terroristas de ETA. Ni en uno ni en otro caso hubo arrepentimiento alguno.

Vulneran también el espíritu constitucional las iniciativas de la llamada Memoria Histórica o Democrática, que en realidad es una manipulación de la verdadera historia de los españoles, además de una traición a los combatientes de la Guerra Civil, al servicio de intereses políticas actuales.

Entra en el capítulo de la caradura la constitución de una pretendida Comisión de la Verdad, cuya composición se mantiene en secreto, por parte de un Gobierno cuya norma básica de actuación es la mentira.

Todo ello configura una vocación política autoritaria, cuando no totalitaria, lo que se ha puesto de manifiesto incluso en las medidas tomadas con la excusa de la pandemia, muchas de ellas inútiles pero destinadas al control y la limitación de los derechos de las personas.

El resultado de todo ello es una exaltación de la mediocridad, con episodios como el paseo de 29 segundos con el presidente norteamericano en la sede de la OTAN o el nombramiento de personas manifiestamente incapaces. Uno de estos ha sido colocar a una enfermera en la presidencia de los astilleros navales militares (Navantia). Amigos del sector me aseguran, no obstante, que la buena señora hace progresos: ya sabe distinguir la proa de la popa, va muy adelantada en lo de babor y estribor, y confían en que para otoño se entere de lo que es la eslora, la manga y el puntal.

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