Agua de Trara: Maestros Ciruela

El episodio ha pasado casi desapercibido, pero es significativo del afán de Pedro Sánchez por ser el protagonista de cualquier evento que considere positivo, al mismo tiempo que elude la responsabilidad de

él mismo o de su Gobierno en las malas noticias.

    Ha ocurrido en Ferrol, donde Sánchez y cinco ministras se desplazaron para asistir en los astilleros de Navantia al primer corte de chapa de la fragata 110. Este primer paso es muy breve y nada vistoso: se lleva a cabo en una piscina y no llama la atención del propio personal del astillero, que suele asistir a la botadura del buque, pero no a una tarea menor y rutinaria. Pues bien, en complicidad con la presidencia de la empresa pública, los propagandistas de Moncloa habían preparado un escenario artificial, con un botón que debían apretar al unísono el presidente y las cinco ministras, para que el operario correspondiente efectuara el trabajo. Ninguno de ellos, ni tampoco del séquito, vestía el preceptivo atuendo de seguridad, obligatorio para todo el personal del astillero.

   Sánchez dio un pequeño discurso en el que ni siguiera fue capaz de mencionar correctamente el numeral de la futura fragata: ciento diez. Decía uno diez y variaciones aún peores. En definitiva, se trató de un viaje y una visita irrelevantes, con cargo al dinero público, al servicio exclusivo de la propaganda. Semejante dispendio hace imposible tomar en serio cualquier receta económica del sanchismo, en particular las que pretendan hacer frente a la crisis actual.

   No ha sido mejor la excursión a Rabat para reunirse con el rey de Marruecos, tras el apoyo de Sánchez al proyecto de autonomía para el Sáhara Occidental, sin precisión alguna ni referéndum de la población autóctona. El comunicado conjunto hispano marroquí no precisa ninguna contrapartida, ni tampoco supone variación respecto a las relaciones entre los dos países antes de la pandemia. El resultado práctico es que Argelia aumentará, sólo para España, el precio del gas natural que nos vende. Una patética vicepresidenta Ribera confiaba, en declaraciones a TVE, en que la subida sea moderada.

   Lo más significativo fue que Sánchez se montó en el avión -esta vez un enorme Airbus 310, en lugar del Falcon- a las pocas horas de que el Congreso de los Diputados, por amplia mayoría, rechazara su nueva política respecto al Sáhara. El grupo parlamentario socialista se quedó solo, pero Sánchez actuó con un autismo que cada vez está más presente en sus decisiones. La soberanía nacional parece importarle un pimiento, como si viviera en un mundo Matrix. También incurre, cada vez más, en la grosería. Fue incapaz de pactar un orden del día para la entrevista con el nuevo presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, y hasta comunicó al periódico amigo –El País-, el temario que él mismo había preparado, a espaldas del líder de la oposición.

   Todo ello, a mi juicio, palidece ante las normas dictadas por el ministerio de Educación para la enseñanza secundaria y el Bachillerato. Su origen se encuentra en el núcleo de pedagogistas -que no pedagogos- surgido al amparo de las facultades de Ciencias de la Educación, uno de los especímenes más nefastos y mediocres de la Universidad pública nacional. Mucho peores que las antiguas Escuelas de Magisterio.

   En todos los colectivos sociales existen sectores que ponen en cuestión lo establecido, lo cual es positivo porque abre la puerta a reformas que mejoren el sistema. El problema surge cuando esa insatisfacción da paso a un adanismo, que no tiene en cuenta el esfuerzo de generaciones anteriores y niega los elementos positivos, que a veces son muy superiores a los que se quieren imponer como modernos. En el mundo contemporáneo, España incluida, tenemos numerosos ejemplos de ello. Son los que han promovido las guerras más devastadoras de la historia.

   Las propuestas de Educación no llegan a tanto, pero enlazan con experimentos fracasados, como el modelo británico de Summer Hill o la Rosa Sensat catalana. Sus planeamientos son ajenos a la realidad, en línea con las falsedades de la antropóloga Margaret Mead, cuyo libro sobre Adolescencia y sexo en Samoa causó estragos entre unos progres caracterizados por su ignorancia.

   Ahora se quiere, como en aquellos proyectos, despojar de conocimientos básicos a los niños, para disponer de unas generaciones manipulables. El principal consuelo es que también fracasarán, como el famoso Maestro Ciruela, aquel que no sabía leer y puso escuela.

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