
El Rey Felipe VI se ha visitado, en el Museo del Ejército de Toledo, la exposición ‘España en los Estados Unidos. La contribución de los españoles y su ejército al surgimiento de una nación’, que permanerá abierta al público, con entrada gratuita, hasta el próximo 12 de octubre.

Una visita en la que ha estado acompañado por la ministra de Defensa Margarita Robles; el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page; y el alcalde de Toledo, Carlos Velázquez.
La exposición temporal, organizada por el Museo del Ejército, propone un recorrido por la estrecha y, en ocasiones, poco conocida relación histórica entre España y los actuales Estados Unidos de América, poniendo en valor la presencia y la influencia hispanas en su configuración.
La muestra se articula en torno a tres grandes etapas: las exploraciones españolas, que llevaron a sus expedicionarios por extensas regiones de Norteamérica; la consolidación de los territorios fronterizos mediante presidios, misiones y asentamientos; y la progresiva construcción de una presencia hispana, que dejó una profunda huella en la historia, la cultura y la configuración territorial del continente.
El recorrido culmina con la participación española en la Revolución Americana y el apoyo prestado a las Trece Colonias en su lucha por la independencia. Desde la ayuda secreta al Ejército Continental, hasta las campañas dirigidas por Bernardo de Gálvez en el Bajo Misisipi y la Florida occidental, España desempeñó un papel relevante en el desenlace del conflicto.
A través de estos tres momentos históricos, la exposición invita a conocer y comprender una historia compartida que contribuye a ampliar la visión tradicional sobre los orígenes de los Estados Unidos y sobre los vínculos históricos entre ambas naciones.
Finalizada la visita, Su Majestad el Rey se trasladó a la explanada Este del Alcázar de Toledo, donde se realizó una fotografía de grupo con el personal destinado en el Museo del Ejército, para ser seguidamente despedido por las mismas autoridades que le recibieron a su llegada».

España con el surgimiento de una nueva nación
Han transcurrido 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y, entre las actividades organizadas para la conmemoración del evento, «no debería faltar el recuerdo de aquellos hispanos que transitaron sus indómitos espacios, que se esforzaron en civilizarlos sin apenas recursos, pero con férrea voluntad», afirma la organización de la exposición, que añade que estuvieron «al lado de los estadounidenses en el surgimiento de la nueva nación».
La historia de los Estados Unidos de América ha sido relatada, principalmente, por los descendientes de las Trece Colonias inglesas que declararon su independencia del Reino Unido de Gran Bretaña, un 4 de julio de 1776. Es por ello que el papel de los españoles en el surgimiento de esta nación pasó desapercibido, aunque siempre hubo voces norteamericanas que reclamaron la importancia del legado hispano.
A finales del siglo XIX, algunos escritores, como Charles Fletcher Lummis, se sorprendieron del alcance de la exploración española de América, calificada como «la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de proezas que registra la Historia». Otros autores estadounidenses, dejando atrás los prejuicios fraguados contra España, han puesto en valor una historia compartida que merece conocerse y comprender en su contexto.
En esta muestra temporal, el visitante tiene la oportunidad de adentrarse en un espacio expositivo donde se presentan de manera sintética tres momentos históricos de esa estrecha relación entre España y los Estados Unidos.
Tiempo de exploraciones
En la primera parte, nos adentramos en un ‘Tiempo de exploraciones: leyendas tras la leyenda’, dedicado a las expediciones españolas hacia el actual territorio estadounidense.
La búsqueda de tierras ricas en metales preciosos animó a los españoles a reconocer las regiones americanas que se hallaban a mayor latitud, llegando con el paso del tiempo a adentrarse hacia lugares tan significativos como el río Misisipi, el cañón del Colorado o, ya en el siglo XVIII, la Alta California y Alaska.
Estas expediciones fueron espoleadas por las leyendas de ciudades míticas, el afán de riqueza y sentido del honor de los primeros exploradores, que recorrieron enormes distancias a través de una geografía agreste, habitada por grupos tribales no siempre dispuestos a aceptar la acción civilizadora hispana. Al final, los españoles acabaron protagonizando una empresa de gran envergadura y prolongada en el tiempo.
La frontera norte del mundo hispano
La segunda parte, titulada ‘Tiempo de consolidación: la difícil vida en la frontera norte del mundo hispano’, se consagra a la estrategia de ocupación y control de una frontera salvaje, que los españoles trataron de defender con escasos recursos.
La colonización de los territorios que hoy conforman los Estados Unidos avanzó muy lentamente hasta el siglo XVIII. Fue la época del presidio y de la misión, de los soldados de cuera y de los frailes caminantes, unos hombres y mujeres que dieron consistencia a ese limes hispano de Norteamérica, llevando las formas de vida y la religión cristiana a un espacio inhóspito, proclive al mestizaje, en el que podían convivir en paz amerindios y europeos, y en el que, en otras ocasiones, la guerra podía estallar en cualquiera de sus combinaciones.
Pero, a pesar de los conflictos y de los defectos del modelo civilizador hispano, su legislación referente a los nativos fue «incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas», como vuelve a recordarnos Lummis.

El nacimiento de un gigante
La última parte de la exposición nos lleva al ‘Tiempo de revoluciones: el nacimiento de un gigante’ y se centra en el papel de los españoles y sus ejércitos durante la Revolución Americana.
Siendo el Reino Unido el principal rival de la monarquía española en el siglo XVIII, parecía lógico que España auxiliara a los rebeldes de las Trece Colonias al levantarse contra su metrópoli. Sin embargo, esta ayuda se realizó en secreto, enviándose equipo militar, vestuario y medicinas para el Ejército Continental de George Washington, a través de los gobernadores de la Luisiana.
La declaración formal de guerra en 1779 permitió a Bernardo de Gálvez llevar a cabo sus brillantes campañas en el Bajo Misisipi y en la Florida occidental, allanando el camino para el éxito estadounidense.
Terminada la Revolución Americana, nacía un gigante que, como intuyó el conde de Aranda, constituía una amenaza para el futuro de las posesiones españolas en Norteamérica, aunque la Paz de París selló, por el momento, el final de la guerra y consolidó los lazos de amistad entre el primer presidente estadounidense George Washington y el monarca Carlos III de España.



