La hora de la responsabilidad

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Decía San Ignacio de Loyola en una de sus famosas reflexiones espirituales que “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación”. Se refería a los períodos de frialdad en los que su espíritu “ardía” de proximidad a Dios, a los que calificaba períodos de “consolación”, por contraposición a los que calificaba como de “desolación”.

 

También invitaba en su célebre poema “Si” el escritor británico Rudyard Kipling, a finales del siglo XIX, como orientación de comportamiento ético, a “mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y te culpan a ti y a seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti, pero también toleras que tengan dudas”.

 

Nos encontramos en un período histórico en el que infinidad de analistas valoran lo que sucede en nuestra actualidad como un retorno a la pugna entre grandes potencias por distribuirse la influencia global en sus respectivas áreas de influencia. Así, en lo que, en mi opinión, podría considerarse como una simplificación del complejo panorama geoestratégico mundial actual, el asunto se resuelve con los Estados Unidos de Norteamérica adueñándose del continente americano, Rusia del continente europeo y China de todo el lejano Oriente.

 

Se viene a decir, en un intento de síntesis máximo, que, a pesar de todos los esfuerzos y todo el recorrido histórico experimentado por el conjunto de las naciones, hemos vuelto colectivamente, simple y llanamente, a la situación en la que nos encontrábamos en 1900. Ni más ni menos.

 

Yo creo que es difícilmente rebatible que el mundo evoluciona hacia mejores condiciones, si se establecen períodos de comparación amplios. La vida de los seres humanos en el siglo XXI es mejor, universalmente y en términos generales, que la de los seres humanos en el siglo XX y a su vez la de los del siglo XX era mejor, universalmente y en términos generales, que la de los del siglo XIX y así sucesivamente.

 

Admito que la mejora de las condiciones de vida del ser humano sobre la tierra, en estos períodos amplios, de siglos, no se produce de forma lineal, sino con altibajos. Decía en una entrevista periodística esta semana el célebre músico español conocido como Víctor Coyote que “el ascenso permanente, ya sea económico o social, sólo está en el sueño de los empresarios ilusos, porque la vida es una sucesión de altibajos”. Estoy de acuerdo con ello y creo que no es incompatible con la mejora progresiva, de las condiciones de vida en el mundo en general, como decía, contemplada de forma comparada, en períodos de tiempo amplios.

 

En los intervalos breves que jalonan estos intervalos amplios se registran, sin duda, altibajos o reveses, que conviene contemplar como tales y no como desastres o episodios apocalípticos, tal como gustamos de valorar en demasiadas ocasiones, los españoles, dejándonos llevar de un cierto sentimiento catastrofista en el que, en mi opinión, no deberíamos repetidamente caer.

 

Hoy se presenta ante los medios de comunicación y como consecuencia ante toda la ciudadanía mundial al Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, como el causante de todos los males que se ciernen sobre el mundo actual. Poco falta para que se le declare enemigo público número uno del sistema democrático a nivel universal. No seré yo quien alabe sus formas y sus ensoñaciones momentáneas ni sus baladronadas, pero de eso a convertirlas en el fundamento de la existencia del mal en nuestro mundo, tampoco me presto a dar ese paso ni a compartir ese argumento.

 

El Presidente de los Estados Unidos es el Presidente de un estado democrático cuyos controles y contrapesos equilibran y moderan la presencia de este país en el mundo. Cuesta un poco de trabajo entenderlo en los países europeos porque la influencia de los Partidos en el modelo democrático de nuestros países es mucho mayor que el que tienen en Estados Unidos. No ensalzo sin límite su modelo sobre el nuestro. Simplemente enuncio que es diferente, con sus luces y sus sombras, que han de tenerse en cuenta.

 

Se habla actualmente de cuatro casos, aparentemente paradigmáticos, con los que se trata de ejemplificar la “maligna influencia” del Presidente Trump y los Estados Unidos de Norteamérica sobre el devenir del mundo.

 

Por un lado, el aparente cambio de posición de los Estados Unidos en relación con la invasión rusa de Ucrania.

 

En segundo lugar, la operación de extracción y conducción del Presidente Maduro, desde su país a los Estados Unidos para ser sometido a la administración de justicia estadounidense por la que estaba reclamado y en relación con la que, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea se habían posicionado emitiendo sanciones de dispar aplicación como consecuencia del estado de rebeldía en el que se mantenía el sancionado, refugiado en su propio país.

 

En tercer lugar, la creciente crisis de derechos humanos en Irán, sobre la que, al parecer, si tuviéramos que dar pábulo a las descalificaciones genéricas vertidas sobre el Presidente Trump, también recaería la responsabilidad de su prolongación en el tiempo.

 

Por último, la posición del Presidente Trump sobre Groenlandia. Ante la creciente presencia de China y de Rusia en la región, el Presidente Trump ha manifestado su creencia de que la seguridad de los Estados Unidos estaría mejor garantizada si ostentase la soberanía sobre Groenlandia, pero ha topado con la discrepancia tanto de Dinamarca como de Groenlandia y el respaldo del resto de los aliados de la Alianza Atlántica. Ello ha desencadenado un proceso de debate consustancial con el régimen democrático que compartimos.

 

Yo no tengo dudas de que la cohesión de la Alianza no se verá alterada por este proceso de debate desencadenado por la postura del Presidente Trump y que tanto los aliados europeos como americanos seremos coherentes con este principio de defensa de la cohesión de la OTAN en beneficio del interés colectivo. A ambos lados del Atlántico es la hora de la responsabilidad.

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