Gonzalo Fernández
Las democracias ya no prometen futuro: administran miedo. No construyen horizontes; gestionan amenazas. Y lo hacen con una eficacia creciente. Es frecuente leer sobre el uso de la mentira como arma política, pero no lo es tanto reflexionar sobre cómo los gobiernos occidentales, cada vez con mayor frecuencia e intensidad, están utilizando el miedo para controlar a los ciudadanos. Utilizan para ello el miedo a unos enemigos, reales o ficticios, tanto internos como externos, identificados por la administración.
Pero además aparece el miedo al que ostenta el poder, que antes solo se daba en los regímenes totalitarios pero que ahora, con diferente presentación, aparece en las democracias más consolidadas. Las frecuentes amenazas fiscales o la instrumentalización de procesos judiciales, visibles en distintas democracias occidentales, ilustran este nuevo miedo al poder.
En la política contemporánea, el miedo ha dejado de ser una consecuencia de una determinada crisis para convertirse en uno de los principales instrumentos de gobierno. Quien controla el miedo controla el comportamiento. Y quien controla el comportamiento ya no necesita convencer a la ciudadanía con propuestas acertadas.
Pandemias, inmigración, desempleo, inseguridad, colapso climático, guerra, inteligencia artificial, desinformación. El catálogo de temores es amplio, intercambiable y perfectamente dosificable. Cuando uno pierde eficacia, otro ocupa su lugar. El resultado es una ciudadanía permanentemente alerta, emocionalmente agotada y cada vez más dispuesta a ceder libertad a cambio de protección.
El laboratorio del miedo: la pandemia
El COVID fue, hasta ahora, el mayor experimento de gobierno mediante el miedo en tiempos de paz. Bajo la lógica de la emergencia sanitaria, se suspendieron derechos fundamentales, se normalizaron confinamientos masivos, se aceptó la vigilancia digital y se deslegitimó cualquier oposición como irresponsabilidad moral.
No se trata de negar la gravedad de la pandemia, sino de señalar el precedente político que dejó: la excepción funcionó. La población obedeció. Aceptó restricciones que pocos años antes habrían sido impensables. Interiorizó la idea de que la seguridad colectiva justifica casi cualquier medida.
El mensaje fue inequívoco: ante el miedo convenientemente manejado, la democracia, la libertad como su máxima manifestación, puede suspenderse sin provocar una resistencia social significativa. Lo excepcional dejó de serlo. Y el poder tomó nota.
El miedo al otro externo: inmigración y amenaza
Cuando el miedo sanitario se diluye, el foco se desplaza a otros “miedos”. La inmigración se convierte entonces en una herramienta política de primer orden. Para unos, el inmigrante es presentado como amenaza cultural, económica o de seguridad. Para otros, como un problema que exige más control, más regulación y más intervención estatal.
En ambos discursos, el mecanismo es idéntico: el miedo desplaza el debate real. Ya no se habla de salarios estancados, de desindustrialización o de élites desconectadas, sino de fronteras, identidades y peligros externos. El miedo al otro sirve para ocultar responsabilidades internas.
El miedo económico: obedecer para no caer
Pocos miedos disciplinan tanto como el económico. El temor a perder el empleo, la vivienda o el acceso al crédito reduce el margen de disidencia más eficazmente que cualquier ley. Una sociedad endeudada es una sociedad temerosa. Y una sociedad temerosa es una sociedad dócil.
La precariedad no es solo un efecto del sistema; se ha convertido en un mecanismo funcional. El ciudadano que vive al límite no protesta: sobrevive. Las decisiones se presentan como técnicas, inevitables, sin alternativa. El miedo económico no grita: silencia.
Seguridad total, libertad mínima
La inseguridad —real o amplificada— legitima el control. Cámaras, algoritmos, vigilancia digital, recopilación masiva de datos, perfiles de riesgo. Todo se justifica en nombre de la protección.
Aquí emerge la gran paradoja del poder contemporáneo: cuanto más se promete seguridad, más miedo se necesita para justificarla. El miedo no se elimina; se administra. La promesa de seguridad absoluta exige una amenaza permanente.
El miedo “al Otro” político
Pero el instrumento más corrosivo de todos no es el miedo al virus, al inmigrante o a la crisis económica. Es el miedo “al Otro” político. El adversario deja de ser rival y pasa a ser existencialmente peligroso.
La política contemporánea ya no advierte que el otro se equivoca, sino que si llega al poder traerá consecuencias irreversibles: destrucción de la democracia, ruina económica, autoritarismo, colapso moral, violencia social. El mensaje es: puedes no estar de acuerdo con cómo hago las cosas, pero si ellos gobiernan, todo se hunde.
Así, el miedo se dirige ya no hacia una amenaza externa, sino hacia el vecino, el votante de enfrente, el compatriota con otra opción política. El otro deja de ser ciudadano y pasa a ser riesgo. No es una deriva accidental: es una estrategia.
Polarización como estrategia
Esta lógica convierte la polarización en una herramienta deliberada. No se busca convencer al indeciso, sino atemorizarlo. No se busca convencer al indeciso, sino paralizarlo. No ganar apoyo, sino bloquear la alternancia. Gobernar pasa a consistir en impedir que el otro gobierne, no en gobernar mejor.
La democracia se vacía cuando la alternancia se presenta como catástrofe. Si el otro es una amenaza existencial, cualquier medio para frenarlo parece legítimo: censura, estigmatización, excepcionalidad jurídica, uso partidista de instituciones, control del discurso público. El miedo al Otro político lo justifica todo.
Un fenómeno global
Esta dinámica no es exclusiva de un país ni de una ideología. Se observa en democracias liberales, regímenes híbridos y sistemas autoritarios. Cambia el relato, no la estructura. El miedo al populista, al globalista, al reaccionario, al progresista, al antisistema cumple la misma función: concentrar poder y reducir el espacio de disenso.
La política se convierte así en una sucesión de emergencias morales. Siempre hay una amenaza mayor en el horizonte. Siempre hay una razón para posponer libertades, para silenciar dudas, para cerrar filas.
El coste democrático
Gobernar mediante el miedo tiene un precio. Aparecen sociedades más ansiosas, más fragmentadas y menos capaces de cooperar. Se crean ciudadanos infantilizados, convencidos de que pensar por sí mismos es peligroso. Instituciones fuertes en control, pero débiles en legitimidad.
La deliberación racional desaparece. La política se convierte en gestión emocional. El ciudadano deja de ser sujeto político y pasa a ser objeto de protección o de movilización.
Hannah Arendt ya dijo que el miedo sostenido no destruye la libertad de golpe: la erosiona hasta que deja de parecer necesaria.
El final incómodo
La política del miedo no es señal de fortaleza, sino de ausencia de proyecto. Cuando un poder no sabe a dónde quiere llevar a su sociedad, la mantiene quieta asustándola. Cuando no puede ofrecer futuro, ofrece amenazas.
Gobernar asustando es eficaz a corto plazo, pero devastador a largo. Destruye la confianza, normaliza la excepcionalidad y convierte al adversario en enemigo. Una sociedad que vive con miedo permanente acaba aceptando cualquier cosa con tal de sentirse a salvo.
La pregunta decisiva no es si los gobiernos utilizan el miedo —siempre lo han hecho—, sino hasta qué punto las sociedades están dispuestas a aceptarlo como forma normal de gobierno. Porque cuando el miedo al virus, al inmigrante, al desempleo, a la inseguridad y al Otro político se combinan, lo que queda ya no es política: es gestión del pánico.
Y una democracia gobernada desde el pánico no se derrumba de golpe. Se vacía. Se acostumbra. Y, cuando quiere reaccionar, descubre que ya ha aprendido a obedecer.
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