Mariano Rajoy sufrió el martes un verdadero ataque de nervios. Algo le debieron decir sus asesores y cercanos porque ayer, escuchando incluso los improperios de Amaiur, llamando a su mandato la "francocracia", o la despedida del portavoz de ERC que se iba a Barcelona para no volver, fue capaz de mirar a la tribuna, esbozar una media sonrisa sin saltar del escaño. Lo del martes fue un error garrafal. Tiró por tierra su imagen de estadista impávido, de hombre sosegado que medita sus decisiones y que no se altera por el debate político. Rajoy, que ha sido capaz de llevar el tema Gürtel /Bárcenas como si no fuera con él. El dirigente que tiene en ascuas a determinados "barones" de su partido porque no deja traslucir su decisión sobre las candidaturas a las municipales y autonómicas.
No goza Mariano Rajoy de gran simpatía popular. Ni siquiera cuando ganó las elecciones por mayoría absoluta hace tres años. Las encuestas le sitúan entre los políticos peor valorados del país. Con su arranque de prepotencia, con las frases despectivas y en ocasiones chulescas que dirigió a los representantes de la oposición, ha dado un paso en falso en este arranque de campaña que ha sido el debate en el Congreso. Ahora, los votantes de centro, a los que aspira a reconquistar, han visto su otra cara; la que sus apariciones en "plasma" ocultaban. Un rostro despótico, crispado y faltón tan habitual en la derecha de este país.
Convencido de que el debate iba a dar por sentada la recuperación económica con algunas críticas menores rápidamente acalladas por la "herencia recibida", y dado que Pedro Sánchez bastante tiene con defenderse de los suyos, no esperaba el aluvión de acusaciones sobre la corrupción que envuelve a su partido y que él ha dado, al parecer, por amortizada.
Pero Pedro Sánchez, que ya no tiene nada que perder, salió a demostrar que, pese a darle por muerto, representa a los votantes socialistas y que es un hombre "limpio". Intentó demostrar que, además de Podemos, existe un partido de la oposición llamado PSOE. E hizo bien porque ese es ahora su papel. La frase que le espetó Rajoy de -"no vuelva Vd. por aquí para decir esas cosas, porque es Vd. patético"- demuestra que acertó en la crítica.
Los españoles, que tienen memoria de los largos años de ignominia de la dictadura y sus modales, han desarrollado una intolerancia visceral al: "Vd. no sabe con quién está hablando" esa actitud jactanciosa y bravucona del poder.
Si al desapego ante la política y sus representantes, a la desesperanza por las secuelas de desigualdad y pobreza causadas por la crisis, a una legislación cada vez mas represiva con los derechos y libertades, se une la prepotencia política respaldada por la mayoría absoluta, los votantes van salir huyendo.
Posiblemente Rajoy se arrepentirá durante muchos años de ese ataque de cólera que permitió a la gente descubrir, en vivo y en directo, su otro rostro. Ese que tanto se ha preocupado de ocultar con su cultivada y perenne ambigüedad.
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Un ataque de nervios
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