Carta del Editor MH, 12/4/2026

Enrique Bohórquez López-Dóriga

 

El descontento es la primera necesidad del progreso, sostenía Thomas Alva Edison, 1847-1931, inversor, científico y empresario estadounidense. Un autodidacta obstinado, más experimentador que teórico. Fue una figura decisiva en el nacimiento del mundo tecnológico moderno. No creo que llegara siquiera a imaginar a qué nivel llegaría la tecnología moderna, muy disruptiva, pero no en todo.

Caer en la comodidad, es todo los distintos de lo que hizo Edison…y de lo que hace un buen empresario. “En la derecha la comodidad prevalece sobre la verdad”, dice Jaime Mayor Zaragoza, en su libro “Una verdad incómoda”. Una verdad que son cuatro verdades, con una conclusión: la crisis de la verdad frente al relato constituye probablemente la mejor descripción del desorden que nos preside. O sea, nos gobierna la mentira, y así nos va. Y añade: “Nos gobierna un frente popular de tres piezas: ETA, Esquerra Republicana y Sánchez, pero este frente -apoyado en las redes sociales va a tener una crisis”. No sería nada nuevo.

Nos gobierna un frente popular de tres piezas: ETA, Esquerra Republicana y Sánchez, pero este frente, apoyado en las redes sociales, va a tener una crisis. No sería nada nuevo

La gente no piensa que todas las revoluciones empiezan con utopías y acaban con el terror (Margaret Atwood). La utopía política, ahora, toma la forma de eliminar los medios de comunicación y sustituirlos por el desenfreno de la redes sociales. Me parece, por cierto, que la Ciudad Autónoma de Melilla está cayendo, ahora y aumentando a medida que las elecciones locales se aproximan, en la magnificación del peso político de las redes sociales.

La vieja utopía política soñaba con liberar la información del control del poder. La nueva utopía parece creer que basta con eliminar a los mediadores. Durante décadas, los medios de comunicación tradicionales —periódicos, radio, televisión— fueron criticados por su cercanía al poder político o económico. Esa crítica tenía fundamento: concentración empresarial, agendas editoriales, filtros ideológicos. Pero en lugar de reformar o pluralizar esos mediadores, la respuesta cultural dominante en la era digital ha sido otra: prescindir de ellos.

Ahí entra el fenómeno de las redes sociales, como X (Twitter), Facebook o TikTok. Se presentaron —y aún se presentan— como una democratización absoluta de la voz pública: cualquiera puede hablar, cualquiera puede informar, cualquiera puede denunciar. Pero esa promesa esconde una transformación profunda: hemos pasado del miedo a la censura al riesgo de la saturación. Y en esa saturación —ruido constante, opiniones instantáneas, indignaciones efímeras— la verdad no desaparece necesariamente, pero queda enterrada entre miles de versiones simultáneas. El periodismo seleccionaba información; las redes premian la atención.

La utopía no consiste ya en una esfera pública mejor organizada, sino en una esfera pública sin mediacióndonde el flujo de opiniones sustituye al trabajo de verificación.

Y ahí surge la ironía histórica: en nombre de la libertad informativa, el espacio público puede terminar dominado no por periodistas, sino por algoritmos opacos y emociones colectivas. En términos casi filosóficos: La vieja utopía política soñaba con liberar la información del control del poder. La nueva utopía ha entregado la plaza pública no al ciudadano, sino al ruido.

Trump es un empresario que sabe lo que quiere y cómo sacar provecho de la debilidad ajena, aunque esto no puedan entenderlo las almas funcionarias que nunca han tenido que proteger nada

El empresario Trump

Salvador Sostres, es un periodista, catalán, muy original, muy inteligente y controvertido. El jueves publicó en el ABC un artículo que resumo y que me parece iconoclasta y muy bueno. Dice la primera parte de su artículo: “Trump es un empresario que sabe lo que quiere y cómo sacar provecho de la debilidad ajena. ¿Quería Trump bombardear Irán? Si el presidente hubiera querido abrir el infierno no lo habría anunciado. Enseñar la fuerza suele ser la manera más eficaz de no tener que usarla. La amenaza de la destrucción era una invitación al acuerdo, aunque esto no puedan entenderlo las almas funcionarias que nunca han tenido que proteger nada. Durante las dos semanas de tregua, los barcos podrán cruzar tranquilos el estrecho de Ormuz y son dos semanas que no existían antes de la noche en que pudo desaparecer una civilización entera. Es decadente reprochar las maneras al presidente. Lo contrario de arrasar es negociar y hay que saber cómo preguntar para realmente intimidar a un régimen fanático y asesino como el de Irán”.

Los políticamente correctos -que son multitud- arremeten, una y otra vez, contra Trump. No son los únicos. Atacar a Trump -y a Estados Unidos- está de moda.

 

 

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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Rendidos al ruido

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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