Carta del EditorMH, 21/9/202

Enrique Bohórquez López-Dóriga

 

Cuando se menciona “Checoslovaquia”, inmediatamente viene a la memoria “la primavera de Praga”. La «invasión de Checoslovaquia» generalmente se refiere a la «Operación Danubio»: la invasión por parte del comunista Pacto de Varsovia liderada por la Unión Soviética el 20 de agosto de 1968 para sofocar la «Primavera de Praga». Las reformas políticas y económicas de Alexander Dubček, buscaban crear un «socialismo con rostro humano», fueron vistas como una amenaza por la URSS y sus aliados, que desplegaron entre medio millón y 750.000 soldados y miles de tanques para aplastar el movimiento reformista. … Las últimas tropas soviéticas abandonaron Checoslovaquia el 21 de junio de 1991, después de la ocupación que se mantuvo durante más de dos décadas. Checoslovaquia se separó oficialmente el 1 de enero de 1993, año y medio después de la liberación del comunismo, dividiéndose en dos países independientes: la República Checa (Chequia) y la República Eslovaca (Eslovaquia). Este proceso, conocido como el «divorcio de terciopelo», fue pacífico y se originó tras la Revolución de Terciopelo de 1989, debido a diferencias políticas y culturales entre las facciones checa y eslovaca. La República Checa (Chequia) tiene una población de aproximadamente 10.8 millones de habitantes, Eslovaquia tiene unos 5.4 millones de habitantes y Praga, la enormemente turística capital de Chequia, cuenta con más de 1.3 millones de residentes.

Praga se fundó en el centro de la cuenca checa a las orillas del río Moldavia. Allí el elemento eslavo oriental entró en contacto con la civilización occidental. La Praga de Carlos IV, rey de Bohemia y emperador romano germánico, figuró ya en el siglo XIV entre las metrópolis europeas más importantes

Escribo esta Carta en Praga, una ciudad que muchos conocen, todos hablan bien de ella y…es una de las pocas, quizás la única de las ciudades notables del mundo, en la que no había estado, hasta ahora.

Praga se fundó en el centro de la cuenca checa a las orillas del río Moldavia. Allí el elemento eslavo oriental entró en contacto con la civilización occidental. La Praga de Carlos IV, rey de Bohemia y emperador romano germánico, figuró ya en el siglo XIV entre las metrópolis europeas más importantes.

Hoy es una ciudad muy atrayente, con edificios preciosos, pero hablar de Praga es hablar de Franz Kafka (julio de 1883, familia judía, relación de Kafka con el judaísmo bastante equívoca- 3 de julio de 1924), el hombre que trascendió su tiempo y que, después de la revolución de terciopelo, a finales de 1989, resurgió entre los checos, con un espontáneo amor e intenso interés por sus obras y su atormentada vida.

Praga y Kafka son, en cierto modo, inseparables. La ciudad no solo fue el lugar donde Franz Kafka nació, vivió y escribió -siempre en alemán- gran parte de su obra, sino que también se convirtió en el telón de fondo simbólico de su universo literario, libros de una enorme trascendencia mundial, como ‘La condena’ (escrita de un tirón, en la noche del 22 al 23 se septiembre de 1912), ‘El Castillo’ (una despiadada y certera versión de la burocracia), ‘América’ (más conocida como El desaparecido), ‘Metamorfosis’ (el hombre que se convertía en un escarabajo monstruoso) y ‘El proceso’ (su obra cumbre, las desventuras de un hombre, Joseph K. que no sabe por qué le detienen y le matan, muriendo sin haber conseguido saberlo). También escribió muchas cartas de amor, que no fueron concebidas para ser leídas y que publicó, en España, Vegueta Ediciones, en noviembre de 2024 (“Franz Kafka y el amor”).

Hablar de Praga es hablar de Franz Kafka (junio de 1883 – julio de 1924), el hombre que trascendió su tiempo y que, después de la revolución de terciopelo, a finales de 1989, resurgió entre los checos, con un espontáneo amor e intenso interés por sus obras y su atormentada vida.

Leo que Praga, con sus callejuelas estrechas, sus plazas melancólicas y su atmósfera barroca y gótica, fue para Kafka un espacio ambiguo: al mismo tiempo opresivo y fascinante. En ella convivían las tensiones de una ciudad centroeuropea de principios del siglo XX: checos, alemanes y judíos se disputaban lenguas, identidades y poder en un escenario donde el individuo se sentía pequeño, muy pequeño, casi inexistente ante la burocracia y el orden social. Ese sentimiento de extrañeza, de no pertenecer del todo, marcó profundamente a Kafka, que hizo prometer a su íntimo amigo, Max Brod, que, tras su muerte (la de Kafka) no se publicarían sus obras. Afortunadamente para el mundo, Brod – amigo y guardián de las obras de Kafka- no le hizo caso y publicó sus obras.

El jueves, 18 de septiembre, fui a ver el Museo Franz Kafka (c/ Hergetova Cihelna, Malá Strana). Inaugurado en 2005 – 81 años después de la muerte del escritor -Kafka solo fue célebre en Praga mucho después de su muerte- está ubicado en una antigua ladrillería, bastante modesta, junto al río Moldava. El museo ofrece una inmersión sensorial en el universo kafkiano: documentos, manuscritos, fotografías, diarios, primeras ediciones y material audiovisual, todo dispuesto en un ambiente oscuro y laberíntico, que evoca sus obras. La exposición se estructura en dos partes: Existential Space (cuyo objetivo es mostrar cómo Praga marcó la vida y obra de Kafka) y Imaginary Topography (que transforma lugares concretos en metáforas poéticas, tan presentes en su ficción). Los visitantes acuden al Museo en un ambiente y con una actitud casi mística. La Praga de hoy es una ciudad inmensamente turística, muy diferente de lo que fue en la época de Kafka, sin duda, pero el hálito de uno de los escritores más influyentes del mundo se puede respirar en la ciudad en la que él tanto vivió, disfrutó y sufrió.

Mucha gente ha visitado y disfrutado de la visita a Praga. Yo me uno, ya, a todos ellos.

 

 

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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Praga y Kafka

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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