Del paso de Puigdemont por el sur de Francia me quedo con la incómoda imagen de la "estelada" junto a la bandera republicana sobre la tumba de Antonio Machado en Colliure. ¿Acaso el régimen de la Segunda República fue más complaciente que el actual con el independentismo catalán? ¿Acaso Machado coqueteó ni de lejos con el cuento de la España rota que envenena los sueños de quienes este domingo, el día después del mitin de Perpiñán, fueron a mancillar la tumba del poeta?
Lo demás es pasto de tertulianos que alimenta el discurso de quienes vieron en el baño de masas de Puigdemont una nueva prueba de la claudicación del Gobierno Sánchez-Iglesias ante los enemigos de España.
Sin embargo, nada nuevo aportan los acontecimientos del fin de semana en la "Cataluña norte" al persistente pero inocuo desafío independentista. Seguimos donde estábamos cuando Artur Mas, el entonces presidente de la Generalitat, visitaba al entonces presidente del Gobierno central, Mariano Rajoy, en su domicilio privado de Aravaca (marzo de 2013) para apremiarle a convocar lo antes posible un referéndum de autodeterminación.
A partir de ahí, el paso del tiempo ha venido marcado siempre por la escenificación, la "performance", el simbolismo, la simulación, las soluciones imaginativas, la apariencia, el tanteo, las urnas inútiles, los ensayos generales con todo, etc. Y en ese devenir de años, meses y días, lo único que no ha sido virtual es la respuesta del Estado en el ejercicio de su legítima defensa. O sea, cárcel, procesamiento, juicios públicos, condenas judiciales, fugas de la justicia y autodestierros. Con episódicas réplicas en forma de cortes de carreteras y vandalismo urbano.
Y así, de pantalla en pantalla, hasta la "lucha definitiva" contra la España represora, pregonada por el prófugo Carles Puigdemont en una nueva "jornada histórica" del independentismo, el sábado pasado en el parking a cielo abierto del Palacio de Congresos de Perpiñán. Con escenificación superpuesta a la del acto de masas: la división del independentismo entre los que interpretan de forma desigual la llamada de la tribu. A un lado, los de Puigdemont y Torra (JxCat), que llaman a la confrontación con el Estado represor. Y al otro, los de Junqueras y Rufián (ERC) cómplices del Gobierno de Sánchez-Iglesias, convencidos de que el dialogo lo curará todo en la "mesa del reencuentro".
La política nacional viene determinada por el desenlace de esa pugna. Supongo que tanto en ERC como en Moncloa se habrán registrado temblores de piernas al ver como se coreaban los llamamientos de Puigdemont a la lucha definitiva contra el Estado, mientras que se abucheaban las alusiones al poder terapéutico del diálogo.
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