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Melilla se une al duelo por la muerte del Papa Francisco

La muerte del Papa Francisco ha sacudido al mundo católico y más allá. En Melilla, su partida ha resonado con fuerza entre las comunidades religiosas, que han sabido ver en Jorge Mario Bergoglio no solo al líder de la Iglesia católica, sino a un hombre profundamente humano, cercano y comprometido con los más vulnerables.

Las banderas oficiales de la Ciudad ondean a media asta hasta el miércoles. Asimismo, el presidente, Juan José Imbroda, dejaba de manifiesto que estaba “profundamente conmovido por el fallecimiento de Su Santidad el Papa Francisco”, tras subrayar que se ha tratado de un Papa “muy comprometido con la Justicia social y la Paz”.

Además, desde el lunes, las iglesias de nuestra ciudad elevan oraciones por su alma, sumándose a ese clamor silencioso que de este inicio de semana une a millones de fieles en todos los rincones del planeta.

La Agrupación de Cofradías de Semana Santa ha pedido, con la devoción que le caracteriza, que el Santísimo Cristo Resucitado le conceda el descanso eterno.

Pero no ha sido solo la comunidad católica la que ha mostrado su pesar: también las comunidades islámica e hindú han expresado su respeto. Y eso dice mucho del Papa Francisco.

Porque más allá de las creencias, su figura trascendía lo estrictamente religioso. Su discurso era un llamamiento constante a la paz, a la fraternidad, a la justicia social. Fue un defensor incansable de los pobres, de los migrantes, del cuidado del planeta. Y fue, sobre todo, un ejemplo de humildad: renunció a los palacios, eligió vivir en Santa Marta, se movía en utilitarios sencillos y nunca dejó de hablar con un lenguaje claro, directo, empapado de Evangelio y de realidad.

Su muerte, ocurrida este lunes 21 de abril a las 7:35 de la mañana en su residencia del Vaticano, marca el fin de una etapa profundamente transformadora para la Iglesia. Una etapa no exenta de tensiones, críticas e incomprensiones, pero en la que nunca faltó la valentía. La valentía de abrir puertas, de tender puentes, de pedir perdón cuando hizo falta. De mostrar que el poder —incluso el espiritual— puede y debe ejercerse con misericordia.

Sus últimos meses estuvieron marcados por una frágil salud que no le impidió seguir apareciendo en público, incluso el pasado Domingo de Resurrección, cuando desde su silla de ruedas ofreció al mundo su última bendición ‘Urbi et Orbi’. Hasta el final, fue fiel a su misión: consolar, alentar, acompañar.

Hoy, Melilla —esta ciudad de encuentro entre culturas, credos y tradiciones— se une al dolor por su pérdida. Pero también al agradecimiento por su vida. Porque Francisco no solo fue Papa, fue en gran medida voz de los que no la tienen.

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Redacción

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