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Las dificultades que encuentran los menores refugiados al llegar a España

Los menores refugiados que huyen de sus países se encuentran al llegar a España con una serie de «dificultades» que obstaculizan su acogida e integración, desde pasar noches a la intemperie para solicitar el asilo, hasta la interrupción de sus estudios, pasando por un periplo por centros para migrantes. Así lo ha asegurado la abogada de la Fundación la Merced Migraciones, Patricia Fernández, en el marco de la Jornada ‘Infancia refugiada’, que se celebró el pasado miércoles 12 de diciembre y que fue organizada por dicha Fundación, en colaboración con la Cátedra Santander de Derecho y Menores de la Universidad Pontificia Comillas.

Fernández es la abogada de Nour, un joven sirio de 18 años que llegó a España en mayo de 2017 junto a su hermano pequeño. «Huimos de Siria porque si seguía allí al cumplir los 18, estaba el reclutamiento forzoso y el país está en una guerra, no es que vayas a hacer unos ejercicios militares como hacían antes sino que vas a matar o a morir», relata.
Nour recuerda que una de las principales dificultades que se encontraron al llegar a España fue la «soledad», echaban de menos a su familia. Si bien, no tardaron en llegar más obstáculos como el periplo por los centros de menores migrantes: el centro de La Purísima de Melilla –donde la abogada asegura que existe «hacinamiento»– (nueve meses), el Centro de Menores de Hortaleza (cuatro meses) y el Centro de Rivas Vaciamadrid (cuatro meses).
Al cumplir la mayoría de edad, se quedó fuera de la protección y ha entrado en un proyecto de la Fundación Merced Migraciones. A corto plazo, quiere terminar el curso de Formación Profesional que ha iniciado para tener «una salida laboral», aunque reconoce que su «sueño» es ser arquitecto.
«Era un sueño difícil pero era mi sueño cuando vivía en Siria», asegura este joven que no pierde la esperanza y se propone acceder a la Universidad cuando tenga un mayor conocimiento del castellano.

Refugiado
La abogada de este joven explica que el primer «hándicap» con el que se encuentra un niño migrado es «autoidentificarse como refugiado». «Vienen de lugares donde la violencia es endémica y los malos tratos sistémicos, por tanto, es difícil que se identifiquen como personas con sus derechos vulnerados y que conozcan la institución de la protección internacional», precisa.
En todo caso, una vez que se reconocen como refugiados, llega el siguiente obstáculo: solicitar asilo. Esta situación la vivió en primera persona hace solo un mes Efraín, un joven de 16 años que huyó de El Salvador junto a sus padres y su hermana, para salvar la vida. A su inmediata llegada a España, sufrieron las largas colas a la intemperie para conseguir una cita para iniciar su proceso de asilo en la comisaría de Aluche.
«Pasamos en cola tres días para obtener la cita, dormir ahí en el suelo fue muy duro con el frío, al que no estamos acostumbrados en El Salvador», explica Efraín a Europa Press. Para su abogada, las largas colas, las entrevistas realizadas por personas «no cualificadas en la perspectiva de infancia» y el procedimiento «proceloso» de aportar pruebas, lo convierten en un sistema «pensado para desincentivar» al refugiado a pedir protección.

Situciones distintas
En el caso de Efraín y su familia, ya tienen ganado el idioma pero eso no les ha eximido de pasar muchas dificultades en las cuatro semanas que llevan viviendo en España. «Al principio teníamos un hostal, donde estuvimos una semana, pero luego tuvimos que hacer la cola y se nos agotó, y estuvimos en la calle un tiempo hasta que llegamos a la Iglesia de San Carlos Borromeo, fue un transcurso muy difícil», cuenta. En El Salvador, Efraín estaba estudiando y había terminado el último grado pero reconoce que aquí la escolarización está siendo «un poco difícil» porque está pendiente de asignación de un centro definitivo que puede estar ubicado en cualquier punto de la Península. «No estoy asistiendo a una escuela formalmente pero en la Iglesia me están dando unas clases un poco básicas de geografía e historia», indica. Aunque aún le falta cursar Bachillerato, Efraín ya sabe a qué se quiere dedicar: informático o ingeniero de sonido.

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Redacción

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