Por Jorge Hernández Mollar (Ex diputado, senador y eurodiputado por Melilla y subdelegado del Gobierno en Málaga)

Todo este terremoto que ha provocado en la sociedad española la concesión de los indultos que el gobierno de Sánchez ha otorgado a los condenados por sedición y malversación, por los graves sucesos ocurridos en Cataluña en Octubre del 2017, corre el peligro de quedarse en la superficie de un debate jurídico o político sobre su oportunidad o inoportunidad.

En ningún momento se ha oído en boca de ninguno de los actores principales, sean del gobierno o de la oposición, ni tampoco en los medios de comunicación que le han dedicado ríos de tinta, que estos indultos sean un acto de perdón de sus culpas pasadas y que, como dijo San Juan Pablo II, “el perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar a las personas y a los grupos en la sociedad…”

Ese y no otros son los fines de los indultos que, por ejemplo, tiene a bien conceder el Consejo de Ministros para que los presos beneficiarios de los mismos, sean liberados por la imagen de Jesús el Rico durante la Semana Santa de Málaga según una tradición, única en toda España, que perdura ya desde hace 270 años.

En el caso que nos ocupa, es difícil por no decir imposible, que los políticos encarcelados por graves delitos contra el Estado e indultados por Sánchez, tengan intención de reparar los enormes daños que han causado a Cataluña en primer lugar y, por supuesto, al conjunto de España; daños que fácilmente son evaluables en términos económicos y aunque menos, pero sí muy ciertos, en la dignidad, confianza y credibilidad de España en su doble dimensión nacional e internacional.

A la vista de la actitud y las palabras pronunciadas por los hoy indultados, es imposible también pensar en la más  mínima posibilidad de que tengan voluntad o intención de reintegrarse ni personal ni colectivamente en la sociedad española. Sus pronunciamientos a la rebelión constitucional e independencia del Estado son constantes y auguran nuevos episodios de enfrentamientos y desafecciones inevitables.

Sería conveniente que los Obispos catalanes, que en el seno de la Conferencia Episcopal Tarraconense se han prestado y pronunciado a favor de la negociación y del diálogo, examinaran si “los sentimientos de misericordia y perdón sinceros” al que aluden en su comunicado se compadecen con las exigencias que deben adornar el perdón al que se refiere Juan Pablo II. Una cosa es el indulto civil y político ya consagrado y otra  el perdón del que no parecen ser merecedores por la mayoría de los españoles.

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El Perdón

Redacción

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