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Educar para la convivencia democrática (V): La Educación: Derecho y deber de todo ciudadano

Los crecientes casos de violencia que se producen actualmente en los centros educativos de muchos países no son fenómenos casuales aislados sino expresión de un problema que se ha ido generalizando junto con atentados graves contra la convivencia en el ámbito doméstico y social, todo lo cual afecta seriamente al equilibrio emocional.

La falta de disciplina, el fracaso escolar y el absentismo escolar son causas o efectos de esa deteriorada convivencia que afecta a la autoestima y al ejercicio de la dignidad humana de profesores, alumnos y familiares en sus relaciones. En esas circunstancias se ve también considerablemente afectado el deseable desarrollo de una educación de calidad.

Aprender a vivir juntos y tratar de mejorar la convivencia es ciertamente una tarea de todos que se procura desarrollar hoy en día en multitud de países y desde luego también en España, empezando por mejorar la dirección y gestión en equipo de los centros, además de procurar una participación más intensa y efectiva de los padres así como de miembros influyentes de la comunidad. A ello ha venido a sumarse en éstos últimos años como un factor de creciente importancia la incorporación a una convivencia democrática de los cada vez más numerosos hijos de inmigrantes.

Por todo ello hemos de educar a los niños y jóvenes de forma que razonen claramente, miren la realidad de frente, resistan a la propaganda y a la información interesadamente manipulada y vean más allá de los llamados al orgullo o al apasionamiento irracionales.

La educación no debe convertirse nunca en adoctrinamiento. Una apreciación objetiva de los hechos, desprovista de prejuicios, debe ser una de las principales metas de toda educación; un derecho y un deber de todo ciudadano de una verdadera democracia.

La convivencia democrática requiere, ante todo, lograr un cambio profundo y generalizado de las actitudes individuales para, desde ahí, establecer una conciencia global que haga realidad una auténtica solidaridad. Hay que aprender a superar la tensión entre lo mundial y lo local para convertirse todos, poco a poco, en ciudadanos del mundo sin perder sus respectivas raíces y participando activamente en la vida de la nación y de las comunidades de base.

En consecuencia, lo que pedimos y queremos es una educación para la paz, para prevenir la violencia, la intolerancia, el egoísmo y la ignorancia. Es decir, una educación a favor de la dignidad humana, para la convivencia democrática en libertad, para aprender a compartir, para la modernidad y el progreso en solidaridad. Una educación así puede y debe llegar a contribuir decisivamente a hacer realidad, una vez por todas, la paz que anhelamos para todo el mundo.

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