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Cambiemos el sujeto

Cada año son asesinadas en España más de 60 mujeres por el hecho de ser mujeres, fruto de la violencia de hombres que consideran a la mujer un mero apéndice sumiso de su poder. Es una barbaridad que consterna a una sociedad que contempla impotente cómo a pesar del paso del tiempo, de una educación más igualitaria y de medidas integrales para combatir esta violencia machista, el número de mujeres víctimas no se reduce.

Y la muerte es sólo la punta. Las mujeres y los hijos e hijas que malviven con un maltratador son la inmensa parte escondida de este iceberg criminal.

Lo que no sabemos es si nuestra reacción ante la barbaridad machista está a la altura de las circunstancias. Probemos a cambiar el sujeto del titular. Supongamos por un momento que, en vez de ser 60 mujeres asesinadas por ser mujeres, fuesen 60 políticos, periodistas, farmacéuticos, maestros, sacerdotes, futbolistas o sindicalistas asesinados o asesinadas por el mero hecho de serlo. Más aún, pensemos en la aparición de una violencia de género inversa en la que ellas fueran las asesinas y ellos los asesinados. Y ahora, imaginen la reacción y pregúntense si sería exactamente la misma.

Y no sucede sólo con la violencia. En nuestro país, alcanzada desde hace décadas la igualdad legal entre hombres y mujeres, los datos oficiales nos muestran que las mujeres sufren mayores índices de paro, se ocupan en los trabajos más precarios, cobran sueldos menores respecto a compañeros varones que hacen exactamente el mismo trabajo, ven frustrado con más frecuencia que ellos su ascenso profesional y soportan, incluso en las parejas que se declaran más igualitarias, una mayor carga en las tareas domésticas. También lo soportamos como inexorable, consideramos que el tiempo cerrará las simas que separan los sexos y, en la espera, la discriminación permanece, cuando no se agranda.

Estas otras formas de maltrato incruento no son causa directa, desde luego, pero forman parte del mismo ecosistema machista que resiste el paso de la historia y en el que brotan también los asesinos. Y mientras no las erradiquemos y no cambiemos la mirada sobre ellas seguirán cimentando el imaginario en el que el maltratador se sentirá dueño de su pareja hasta disponer de su vida.

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