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Votar, una cuestión de futuro y esperanza

La verdadera conquista de un pueblo es aquella que se logra sobre su propio futuro. Esa ha sido la expresa consigna que ha justificado la eterna lucha terrenal por obtener el poder de decisión, desde las históricas teorías romanas de Tito Livio y Cicerón, pasando por el medievo rex regnum y el liberalismo monarcómaco de Teodoro de Beza, Duplessis-Mornay y François Hotman, así como por el contractualismo social de Hobbes, Locke y Rousseau, hasta llegar a las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX (a las que, sin ningún género de dudas, debemos los derechos y libertades del siglo XXI, que en nuestro país empezaron a tomar forma y consciencia con la Constitución de 1812).
Nuestros derechos y libertades no son sino la conquista de cientos de miles de mujeres y hombres valientes que se mantuvieron firmes ante la injusticia y la sinrazón, aun cuando sus vidas fueron el precio que tuvieron que pagar por tal hazaña. Por ello, quienes hemos tenido la bendición de crecer o nacer bajo el paraguas y la nítida luz de la democracia tenemos una deuda imprescriptible para con las memorias de aquellas y aquellos héroes, y esta deuda no es otra que mantener viva la llama de la esperanza por construir un futuro mejor en el que quepamos todos. Porque el poder de decisión pertenece al pueblo por muy diverso que este sea y eso no se negocia bajo ningún concepto.

Así las cosas, no hemos de olvidar ahora, que, a pesar de las ensombrecidas décadas que nos preceden, el pueblo melillense jamás ha desatendido el pago de aquella deuda. Aún sometido por los egoístas intereses de algunos dirigentes, los melillenses siempre hemos demostrado una voluntad y un compromiso inquebrantable por abrazar el futuro que siempre nos ha correspondido. Nada nos ha frenado, y ni mucho menos lo ha hecho la distancia que nos separa del resto de tierras hermanas ni el desprecio de aquellos lideres que tenían la obligación de acercarnos a ellas para compensar nuestras desigualdades. Melilla y su gente se han mantenido firmes y unidas. Hemos sido, somos y seguiremos siendo mal que pese a algunos, un ejemplo de convivencia, progreso, respeto y pura diversidad.

Es por ello que este próximo 10 de noviembre tenemos la obligación moral de saldar una parte de aquella deuda en relación con el futuro de nuestra tierra, y para lograrlo no podemos dejar de tener presente que, mínimas excepciones a un lado, a Melilla y a los melillenses solo les quieren y les cuidan quienes han nacido en este fortín español y viven su realidad diaria, porque la historia reciente nos ha demostrado en más de una ocasión que esos no se doblegan ante las decisiones partidistas que puedan tomarse al otro lado del mediterráneo.

En consecuencia, con el debido respeto y rigorismos formales aparte, a ti que me lees (querido/a lector/a), te pido por favor que este próximo 10 de noviembre asumas la responsabilidad que nos exige el más importante ejercicio de soberanía que podemos accionar (como es el sufragio activo). Pues, aun siendo cierto que votar es un derecho fundamental caracterizado por la voluntariedad de su ejercicio, la situación de nuestra ciudad después de dos décadas de reprochable gestión institucional nos invita a reflexionar sobre la obligación moral de acudir a esta próxima cita electoral para darle razones de supervivencia a nuestro futuro. No te pido que te posiciones a un lado del tablero para despejar los interrogantes que existen sobre el actual y confuso escenario político, lo que te pido es que ayudes a rescatar a nuestra tierra. Te pido que participes en la gestión de tu futuro para reclamar nuestro bienestar y el de los que nos rodean e importan, y, sobre todo, para poner fin al autoproclamado poder que durante tantos años creyó ser inmune a la voluntad del pueblo y nos negó la posibilidad de convertirnos en lo que, por derecho propio, estábamos llamados a ser.

Te pido que actúes, porque nosotros (tú, yo el pueblo) tenemos la última palabra.

Por ti. Por mí. Por los nuestros. Por nuestra tierra, Primero Melilla.

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Votar, una cuestión de futuro y esperanza

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