Ruidos, gritos y hasta amenazas. Este es el duro panorama al que tienen que hacer frente diariamente los vecinos de la calle Méjico 5, en la Carretera de Cabrerizas, por culpa del “mal uso” que, según ellos, está realizando el presidente del Club de Ancianos ‘Divina Providencia’ del edificio que tiene destinado en ese lugar para “zona de recreo y ocio” para mayores, ya que sostienen que está “estafando” a la Ciudad Autónoma con el uso que les están dando a las subvenciones que reciben por parte de esta. “No tiene licencia para contratar a nadie, ni para cocinar, ni para vender alcohol, ni nada. Y están cocinando y haciendo, y nosotros ya no podemos más. Nadie da la cara por nosotros”, cuenta un vecino.
“No puedo descansar, ni estudiar, ni hacer nada en mi casa”, denuncia en conversación con el MELILLA HOY, asegurando que las personas que se reúnen en dicho edificio hacen ruido “a propósito” e incluso les amenazan.
“Un vecino con el solo hecho de decirles que, por favor, que bajen un poco el volumen porque tengo tres niños pequeños, me amenazan con un cuchillo y me han llegado a arañar el coche entero”, asevera, reconociendo que sale de su casa con “miedo” por culpa de estas amenazas. Así pues, afirma que ha denunciado estos hechos y espera que la justicia pueda darles una solución a esta problemática.
“No pretendo ganar ni perder, lo único que quiero es descansar y estar bien en mi casa porque la desesperación es grande. En mi vida me he automedicado y ahora me estoy tomando diazepam para poder dormir y para poder rendir a nivel profesional”, confiesa este vecino que rechaza coger la baja laboral para no hundirse anímicamente.
Carece de licencia
El edificio que emplea el presidente de dicha asociación se encuentra debajo de las casas de estos vecinos, los cuales denuncian que los conductos de aire que tienen en el local los emplean para cocinar cuando no les está permitido por no tener licencia.
“Tenemos un contrato con él donde queda permanentemente prohibida la venta de cualquier cosa, y no pueden perjudicar ni molestar a los vecinos. Si los vecinos se quejan darían fin a ese contrato”, explica este vecino, quien cuenta que el presidente de la asociación se escuda en un contrato de hace más de 30 años para desarrollar sus actividades en el local, cuando realmente, según explica, tiene un contrato en vigor con la Ciudad Autónoma en el que se especifica que no le está permitida la venta de comida o alcohol porque carece de licencia.
“Nos hacen la vida imposible”, lamenta al final.
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