Categorías: Opinión

Una brizna de aire normal

Confieso ser un apasionado de Arco, la feria de arte más importante que tenemos en España. Casi siempre, también debo reconocerlo, me decepciona gran parte de lo que allí se exhibe, porque creo poco en el arte-provocación cuando esta es gratuita; pero, en fin, es comprensible que el arte tenga un perfil algo provocativo, aunque este se centre, ya con falta de originalidad, por ejemplo en la figura cada día quizá afortunadamente más olvidada de Franco. Sin embargo, este año la celebración de Arco tiene un nuevo valor: la sensación de normalidad en estos tiempos de coronavirus. Cien mil personas pasarán este fin de semana por las instalaciones feriales, libres de máscaras aprensivas y de repudio a cualquiera que hable italiano o tenga rasgos faciales orientales.

Vivimos, ya digo, tiempos nuevos, en los que no solamente la figura de quien fue, con evidente exageración, llamado 'el generalísimo' ha quedado relegada a la noche de los tiempos; sospecho que también la 'era del 78', tan constructiva pese a quien pese, ha estallado en pedazos, como decía José María Aznar en su ya célebre debate con Felipe González. Y aquí estamos, entrando en los quien sabe si 'felices años veinte', entablando 'nuevas' relaciones con el independentismo catalán y con el nacionalismo vasco, abriendo carpetas nuevas en lo social, novísimas en lo político, quizá espacios inéditos en lo académico y en lo laboral: casi el sesenta por ciento de nuestros hijos trabajará en ocupaciones aún no inventadas. Y nosotros, casi seguro, ni lo entenderemos cabalmente.

Eso se tiene que traducir en la concepción del arte, que quizá haya de hacer un esfuerzo suplementario por incorporarse a ese futuro imprevisible. Puede que el Mobile, o hasta los Juegos Olímpicos -solemne estupidez anunciar que podrían suspenderse–, caigan en la cobardía de retroceder ante un virus acaso injustamente potenciado; el arte debe seguir ahí, impertérrito ante las catástrofes reales o impostadas. A mí, el virus ese ni me hará ponerme una mascarilla, ni volver la cara al ver a un turista chino. Y mucho menos me va a disuadir de ir a Arco, que, al fin y al cabo, constituye, ya digo, la bombilla de normalidad en esta España en la que vivimos el túnel de lo cada vez más inédito.

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Una brizna de aire normal

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