Los daños en la infraestructura eléctrica de Ucrania son devastadores. La guerra ha dejado huellas profundas en el país.
La guerra de Ucrania ha entrado en una fase menos espectacular, pero probablemente más decisiva. Esta ya no es una guerra de avances rápidos. Es una guerra de resistencia prolongada.
Las preguntas que determinarán el resultado final ya no son tan sólo militares. También son demográficas, económicas, diplomáticas y tecnológicas.
Avances mínimos, costes máximos
En el terreno, Rusia mantiene una presión constante, pero costosa. Según estimaciones del Instituto para el Estudio de la Guerra, entre abril de 2025 y abril de 2026 las fuerzas rusas capturaron en torno a 4.900 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano, con una media mensual de unos 400 kilómetros.
Son cifras que suenan grandes hasta que se ponen en contexto: representan menos del uno por ciento del territorio de Ucrania en doce meses.
En el periodo más reciente —marzo y abril de 2026— Rusia habría registrado incluso pérdidas netas de territorio, según esas mismas fuentes.
El frente no está roto. Tampoco está estabilizado. Está en equilibrio. Un equilibrio sostenido por pérdidas humanas enormes en ambos lados. Estimaciones occidentales sitúan las bajas rusas —entre muertos y heridos— en cifras cercanas al millón. Las ucranianas se moverían entre 250.000 y 300.000. No son datos oficiales, pero describen mejor la realidad que cualquier mapa.
La guerra de los drones
La gran novedad de los últimos meses no está en las trincheras, sino en el cielo.
En marzo de 2026, Rusia lanzó más drones contra Ucrania que en cualquier otro mes desde el inicio de la guerra. La respuesta ucraniana ha sido notable: tasas de interceptación del 92%, muy por encima del 50–60% registrado un año antes. La defensa antiaérea ha mejorado, lo que no elimina el daño, pero lo limita.
Los misiles balísticos siguen siendo otra historia. De los doce lanzados en ese mismo periodo, Ucrania no logró interceptar ninguno.
Golpear dentro de Rusia: la nueva estrategia ucraniana
Ucrania ha trasladado parte del coste del conflicto al interior de Rusia.
Los ataques con drones de largo alcance contra infraestructuras energéticas y petroleras han pasado de ser operaciones puntuales a convertirse en una herramienta sistemática. Según cálculos basados en datos de mercado, al menos el 40% de la capacidad de exportación de petróleo rusa estaba paralizada tras los ataques ucranianos a los terminales de Novorossiysk en el Mar Negro y Primorsk y Ust-Luga en el Báltico.
La lógica es simple. Si Moscú destruye la red eléctrica ucraniana, Kiev golpea la maquinaria que financia la guerra rusa.
Tecnología y adaptación: cuando lo simple vence a lo sofisticado
La guerra en Ucrania también está redefiniendo la innovación militar.
Además de los ya conocidos cambios tecnológicos, especialmente el empleo masivo de drones, se están utilizando ahora los drones de fibra óptica, guiados por cable. Se han convertido en una solución eficaz frente a la guerra electrónica. A veces, la ventaja está en lo simple.
El frente invisible: el coste civil y energético
Mientras el frente militar se estabiliza, el coste civil aumenta.
En marzo de 2026, la ONU registró al menos 211 civiles muertos y 1.206 heridos, un 49% más que en febrero y un 29% más que en el mismo mes de 2025. Las cifras del primer trimestre de 2026 superan en un 20% las del mismo periodo del año anterior. La tendencia no apunta hacia la desescalada.
Los drones de corto alcance se han convertido en el arma más letal cerca de la línea del frente. Los misiles y drones de largo alcance golpean ciudades a cientos de kilómetros. La guerra no tiene retaguardia segura.
La destrucción de la red energética agrava la situación. Ucrania ha perdido aproximadamente el 70% de su capacidad de generación eléctrica. En muchas zonas, la población dispone de apenas tres o cuatro horas de electricidad al día, lo que ha llevado a unas 600.000 personas a abandonar Kiev. El ministro de Energía ucraniano reconoció que no queda una sola central eléctrica en el país que no haya sido atacada.
El frío, la oscuridad y la incertidumbre forman parte ya de la vida cotidiana.
Más de diez millones de ucranianos —casi una cuarta parte de la población previa a la invasión— están desplazados. No han perdido su país. Pero sí su vida anterior.
Una guerra internacionalizada de facto
Rusia no combate sola. Corea del Norte ha suministrado munición, misiles y apoyo militar. Irán ha sido clave en el desarrollo y suministro de drones. China no aparece como aliado militar directo, pero su relación económica con Moscú reduce de forma sustancial el aislamiento ruso. No es una alianza formal, pero actúa como tal. La guerra ha dejado de ser estrictamente bilateral.
Occidente: apoyo, fatiga e incertidumbre
En el lado ucraniano, la dependencia de Occidente es total, pero cada vez más compleja.
Estados Unidos autorizó unos 188.000 millones de dólares en apoyo desde el inicio de la invasión, pero el último gran paquete legislativo se aprobó en abril de 2024. El ritmo actual de apoyo es menos previsible. Europa intenta compensarlo: la UE aprobó un préstamo de 90.000 millones de euros para necesidades presupuestarias y de defensa, y la OTAN anunció unos 60.000 millones de dólares en ayuda militar para 2026.
La pregunta ya no es cuánto apoyo se ha dado a Ucrania hasta ahora. Es cuánto tiempo va a poder mantenerse el apoyo necesario para continuar Ucrania la guerra con alguna probabilidad de éxito.
Diplomacia bloqueada, presión interna creciente
El frente diplomático sigue activo, pero bloqueado.
Ucrania ha mostrado disposición a negociar en determinados términos. Rusia, mientras mantenga avances —aunque sean lentos—, no tiene incentivos claros para aceptar un alto el fuego. Ucrania acepta negociar ahora, pero Rusia no tiene prisa.
Mientras tanto, el desgaste interno crece. Encuestas recientes indican que el 60% de los ucranianos vería con buenos ojos algún tipo de compromiso negociado. El cansancio no es rendición, pero cambia la política.
Quién aguanta más
Lo más importante ahora no es quién conquista una ciudad o una aldea. Es quién puede sostener durante más tiempo la combinación de soldados, munición, tecnología, financiación y voluntad política.
Ucrania necesita que Occidente no se canse. Rusia necesita que Occidente se divida.
Europa empieza a comprender —tarde, pero con claridad creciente— que esta guerra no es un conflicto lejano. Es una prueba directa de su seguridad, de su industria de defensa y de su capacidad para actuar como actor estratégico.
El sentido de la guerra
Lo que está en juego en Ucrania no es sólo el mapa de Europa del Este. Es saber cuánto están dispuestas a pagar las democracias occidentales para que las reglas internacionales sigan teniendo significado.
El futuro de nuestros hijos y nietos puede estar en juego en Ucrania.
Acceda a la versión completa del contenido
Ucrania: la guerra que no se decide sólo en el frente
El presidente nacional del Alberto Núñez Feijóo, ha asegurado este sábado en Ceuta que un…
La magistrada en funciones de guardia de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Madrid, Raquel Robles…
Bulos sobre el cierre de la frontera ⚠️ *Aviso importante* de la Delegación del Gobierno:…
La 29ª edición de PHotoESPAÑA, que se celebrará del 13 de mayo al 13 de septiembre, contará en…
En un año en el que Madrid vive plenamente volcada en la Fórmula 1, y con…
El Club Voleibol Melilla jugará este domingo su segunda final en la Superliga Masculina contra…