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Torra-Sánchez: lo que no vimos

Suele decir Iván Redondo, asesor áulico del presidente, que la política es el arte de lo que no se ve. Una sentencia temeraria de difícil aplicación a lo ocurrido en la cita del pasado jueves en el salón gótico del Paláu Sant Jaume. Lo visto allí tiene apariencia de "reencuentro", pregona retorno a la normalidad, recuperación del sosiego en la convulsa política catalana y, puestos a derrochar optimismo con música de violines, lo que algunos analistas consideran -no menos temerariamente, a mi juicio-, un "cambio de ciclo".
Es cierto que Torra no ha teatralizado sus reivindicaciones como solía, que ha aceptado sin aspavientos el no es no a la figura del relator (hubiera supuesto asumir que una de las dos partes, o las dos, piensan hacer trampas). Como si el independentismo hubiera recobrado la razón de la noche a la mañana, oiga. ¿Es creíble que haya bajado los brazos de repente, solo porque un Pedro Sánchez amable y ceremonioso le baila el agua a un presidente de la Generalitat que está a punto de perderse en la polvareda?
Ojalá lo sea (me refiero a la credibilidad) y ojalá lo confirmen los hechos a partir de ahora. Pero algunos tenemos muchas dudas, mientras especulamos sobre la posibilidad de que la actitud complaciente del presidente del Gobierno y sus parabienes se deban precisamente al hecho mismo de estar considerando a Quim Torra como a un personaje amortizado y visto para sentencia (judicial y política, se entiende).

En ese caso, tendría sentido lo que dice Redondo. Lo importante no es lo que se ve, aunque si su inclinación de cabeza ante Torra, "a la japonesa", contribuyese a la recuperación del sentido común, bienvenida sea. Bien vale una reverencia si sirve para desactivar la crispación. Ergo, importa lo que no se ve. Por ejemplo, bailarle el agua a Torra sin que se note que es un obituario.

Si además eso va a servir para excitar el celo de las derechas nacionales, hasta el punto de hacer una interpretación equivocada de los tratos entre el Gobierno y la Generalitat, la jugada le había salido redonda a Sánchez. Dicho sea por las reacciones del PP, Vox y Cs, cargando contra él por estar rehabilitando a Torra y por una indemostrada voluntad de abordar las consabidas exigencias de autodeterminación, amnistía y "fin de la represión".

Lo cierto es que la mesa entre los Gobiernos central y autonómico arrancará antes de que termine el mes de febrero sin que Moncloa se haya apeado de una mejora del autogobierno en el marco estatutario. Y que en Madrid no son tan idiotas como para olvidar que la agenda electoral catalana no permitirá superar la fase de los tanteos, que la cuestión catalana quedará eclipsada por la agenda electoral vasca y que carece de sentido cerrar acuerdos con un Govern agonizante desde el punto de vista político, legal, económico y administrativo.

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