Categorías: Opinión

Sopa de gansa

Agua de Trara

Por Miguel Platón

No es preciso afinar en el análisis. Basta con describir los hechos para determinar las características del sanchismo. Una buena dosis de mentiras y otra similar de propaganda, sin que importe llegar al ridículo.

El penúltimo esperpento se produjo el pasado lunes. Pedro Sánchez, todavía presidente, convocó a los medios para anunciar el inicio de obras en el antiguo recinto militar de Campamento, en las afueras de la capital, para construir 10.700 viviendas. El proyecto se diseñó hace más de 40 años, cuando en la Moncloa residía Felipe González. Tras numerosas demoras a causa de diferencias sobre la valoración y disposición de los terrenos militares, por fin Sánchez y algunos ministros posaron mientras una grúa comenzaba el derribo de uno de los antiguos cuarteles. Fueron unos minutos y el espectáculo se detuvo ahí, ante unos gobernantes disfrazados con chalecos amarillos de obra para reforzar la imagen de que comenzaban los trabajos previos a la construcción de viviendas.

Era puro “atrezzo”. En los días siguientes no hubo ninguna grúa que derribara algo. Incluso faltaban permisos necesarios para la gestión del agua y residuos, sin los cuales no puede haber licencias.

Como el sanchismo, además de mentiroso y propagandista, es grosero, el alcalde de Madrid, Mártínez Almeida, no fue invitado al carnaval, ni tampoco la presidenta de Madrid, Díaz Ayuso, a pesar de representar a las instituciones que tienen atribuidas las competencias en materia de vivienda.

No ha sido mejor el espectáculo que la doctora María Jesús Montero, vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, protagonizó a cuenta de la propuesta de financiación que presentó al Consejo de Política Fiscal y Financiera. No había precedente de que el Gobierno se topara con la hostilidad de 15 comunidades autónomas, todas las gobernadas por los partidos Popular y Socialista, con la única excepción de Cataluña.

Claro que tampoco había precedente de que la propuesta de financiación fuera negociada por el presidente del Gobierno con un delincuente -Oriol Junqueras-, que dirige Esquerra Republicana de Cataluña, un partido independentista cuyo objetivo fundacional es destruir España.

La doctora Montero intentó justificar el nuevo sistema con una bobada sobre la “ordinalidad”, tan confusa que ni ella misma consiguió aclararse. Su declaración fue toda una exhibición marxista, en particular el alegato de Groucho en “Sopa de ganso” ante el parlamento de Libertonia: “Estos son mis principios; si no les gustan tengo otros”. Se complementaba con el diálogo del mismo Groucho y Chico sobre “la parte contratante de la primera parte”.

Ni siquiera falta Harpo, el mudo que toca la bocina. La doctora Montero hizo toda una exhibición de bocina cuando aseguró públicamente que había sido condenado el alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce, acusado por el extravagante eurodiputado Alvise de malversación, tráfico de influencias y acoso sexual, supuestos delitos que ha archivado la Fiscalía. El PSOE, y la doctora Montero en particular, no denuncian a los presuntos acosadores socialistas, pero sí denuncian a un rival político sin aportar prueba alguna. Naturalmente, Landaluce ha anunciado una querella contra Montero, cuya declaración pública está grabada. La vicepresidenta se arriesga a una indemnización, incluso a una inhabilitación, por respaldar una acusación falsa. En el universo marxista a que pertenece, su espectáculo debería ser denominado “Sopa de gansa”.

No ha sido la única en tocar la bocina. También lo han hecho, por dos veces, los diputados de Sumar y Podemos que se negaron a condenar la represión de la tiranía islámica iraní contra unos manifestantes que están siendo asesinados de forma sistemática, por orden de la gentuza de ayatolas que ocupan el poder desde hace casi medio siglo.

Y sigue la propaganda. Sánchez ha citado en la Moncloa a Núñez Feijoo para discutir la oportunidad de una participación militar española en fuerzas que intervengan en Ucrania, cuando se firme un acuerdo de paz con Rusia. No hay el menor indicio de que tal acuerdo sea inminente, ni siquiera posible, pero Sánchez pretende representar el papel de político internacional. Lo tendría más fácil, y no menos inútil, con Groenlandia.

 

 

 

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Redacción

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