Este gráfico ilustra el impacto de las remesas en el PIB de varios países.
Las remesas se han transformado en uno de los flujos estructurales más relevantes del sistema internacional contemporáneo. Invisibles para el gran público y políticamente incómodas para los Estados, mueven hoy más recursos que buena parte de la ayuda oficial al desarrollo y sostienen economías enteras allí donde el Estado ha dejado de cumplir funciones básicas. En términos geopolíticos, no son solo transferencias familiares: constituyen una infraestructura económica paralela, sostenida por la diáspora, que opera a medio camino entre la legalidad, la informalidad y la necesidad.
Las cifras ilustran la magnitud del fenómeno. Durante el año 2024 las remesas enviadas en todo el mundo superaron los 860.000 millones de dólares, de los cuales cerca de tres cuartas partes fueron enviadas a países de renta baja y media. Este volumen duplica la ayuda internacional total y se aproxima al PIB anual de economías medianas desarrolladas. En México, primer receptor mundial, los envíos desde el exterior alcanzaron casi los 60.000 millones de dólares anuales, una cifra comparable al presupuesto conjunto de educación y sanidad. En Centroamérica, países como Honduras o El Salvador dependen de las remesas para entre una quinta y una tercera parte de su PIB. En Somalia, el dato es aún más extremo: los cerca de 1.700 millones de dólares enviados cada año por la diáspora superan ampliamente la recaudación fiscal del Estado y sostienen a alrededor del 40 % de los hogares.
Estabilidad social y dependencia estructural
Este peso económico convierte a las remesas en un factor de estabilidad social inmediata. Garantizan consumo básico, amortiguan crisis y sustituyen redes públicas inexistentes. Pero, al mismo tiempo, generan una dependencia estructural profunda. Cuando una economía se sostiene más en los ingresos del exterior que en su propia capacidad productiva o fiscal, el Estado pierde margen de maniobra y soberanía real.
Desde el punto de vista geopolítico, las remesas funcionan como un poder blando invertido: no emanan del Estado receptor, sino de su diáspora. Allí donde el Estado es débil, inexistente o corrupto, los flujos financieros no regulados adquieren valor estratégico. No solo sostienen a la población civil, sino que moldean equilibrios de poder, sustituyen funciones públicas y crean espacios opacos en los que convergen economía informal, corrupción y actores armados no estatales.
La dimensión en seguridad de un fenómeno económico
Desde la óptica de la seguridad internacional, el problema no reside en las remesas en sí, sino en sus características estructurales. Se trata de flujos altamente fragmentados, compuestos por millones de transferencias pequeñas, con frecuencia canalizadas fuera del sistema bancario formal y ancladas en redes comunitarias de confianza. Estas condiciones dificultan la trazabilidad y debilitan la supervisión estatal.
En contextos de Estados fallidos, conflictos prolongados y economías de guerra, esas zonas grises no son neutrales. Pueden ser explotadas por redes criminales, por estructuras de corrupción o por grupos armados que capturan parte de cualquier actividad económica que atraviese su territorio. No es un fenómeno excepcional: es una constante histórica en escenarios donde la soberanía estatal es incompleta.
Minnesota: cuando el fraude doméstico adquiere proyección global
El caso de Minnesota muestra cómo una dinámica aparentemente local puede adquirir relevancia geopolítica. En los últimos años, el estado ha sido escenario de macro fraudes a programas públicos de alimentación, vivienda y asistencia social por un valor acumulado de cientos de millones de dólares. Las investigaciones judiciales han probado la existencia de redes organizadas que desviaron fondos públicos mediante empresas ficticias y facturación fraudulenta. Una parte significativa de ese dinero salió posteriormente del país en forma de remesas.
Algunos sectores políticos y mediáticos afirmaron que parte de esos fondos habría acabado financiando a Al-Shabaab, organización yihadista activa en el Cuerno de África. Otros actores, incluidos antiguos investigadores y fiscales, han subrayado que hasta la fecha no existen condenas firmes que vinculen directamente estos fraudes con financiación terrorista, y que la mayor parte del dinero se destinó a consumo personal e inversiones inmobiliarias en terceros países. La controversia no está en los hechos probados sino en la interpretación de un riesgo a la seguridad.
Desde el punto de vista penal, la financiación del terrorismo exige ser probado. Desde la perspectiva de la seguridad internacional, en cambio, basta con constatar que ciertos flujos económicos atraviesan territorios controlados por actores armados para que surja un problema estratégico. Confundir ambos planos a respuestas políticas desproporcionadas.
Hawala: la infraestructura financiera sin Estado
En este contexto de indefinición la hawala ocupa un lugar importante. Se trata de un sistema de transferencia de fondos anterior a la banca moderna, basado en la confianza personal entre intermediarios y en la compensación posterior de deudas.
El dinero es entregado a una persona del sistema, quien habla con otra en el lugar de destino y le pide que la haga efectiva al destinatario. Posteriormente saldan las deudas entre ellos. Por ello, el dinero no cruza físicamente fronteras ni entra en un sistema financiero formal. Para millones de personas en países colapsados, sancionados o sin banca funcional, la hawala no es una alternativa, sino la única vía posible.
Desde una óptica geopolítica, la hawala cumple una función ambivalente. Por un lado, mantiene conectadas a los emigrantes con territorios en crisis y evita el colapso humanitario. Por otro, opera al margen de los mecanismos clásicos de supervisión estatal y puede ser capturada por economías ilícitas. En territorios controlados por milicias, toda actividad económica —incluidas las transferencias informales— suele estar sujeta a impuestos, extorsiones o peajes revolucionarios.
Qaala: solidaridad comunitaria y efectos colaterales
A esta arquitectura financiera se suma la qaala, un mecanismo comunitario de recaudación colectiva profundamente arraigado en determinadas diásporas. A diferencia de la hawala, no se centra en transferencias individuales, sino en la solidaridad grupal: fondos recaudados dentro de la comunidad para ayudar a familias en crisis, cubrir emergencias o afrontar gastos legales.
Su función social es indiscutible. Sin embargo, desde una perspectiva de seguridad introduce un elemento adicional de opacidad.
Entre la necesidad y la requisa armada
La cuestión no es si estos sistemas pueden ser utilizados para financiar el terrorismo, sino en qué medida lo hacen y en qué condiciones. Los servicios de inteligencia occidentales coinciden en que los grupos armados en Estados fallidos tienden a capturar una parte de cualquier flujo económico que atraviese su territorio. Esto implica que una fracción de las remesas puede acabar beneficiando indirectamente a actores armados, incluso sin conocimiento ni intención del remitente.
No se debe convertir esta realidad en una acusación generalizada, sin pruebas concretas. Se debe potenciar la inteligencia financiera, la cooperación judicial transnacional y la regulación pragmática de los sistemas informales.
Conclusión: soberanía, remesas y poder en la era post-estatal
Las remesas son, en última instancia, un síntoma del declive funcional de los Estados en amplias regiones del mundo y, al mismo tiempo, la única esperanza para millones de personas.
Las remesas no son el problema, pero tampoco son neutrales. En un mundo de soberanías erosionadas y conflictos asimétricos, todo gran flujo económico sin control acaba generando poder para quien toma el dinero. La cuestión no es moral, sino estratégica: quién lo ejerce, cómo y con qué consecuencias.
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