La sexualidad y la palabra tienen algo en común: ambas son un don maravilloso. Gracias a la palabra, podemos comunicar con precisión nuestros deseos, intenciones, y hasta nuestros pensamientos más profundos. Pero aun es más sublime el don de la sexualidad, ya que permite manifestar cariño y amar, y además ser cauce para la transmisión la vida. Pero la corrupción, que tiene muchas facetas, puede corromper la palabra, y también la sexualidad. La palabra es algo más que un sonido o un trazo gráfico, la palabra es concepto, es comunicación inteligente con nuestros semejantes. Y la sexualidad, es un don tan excelente, que cuando expresa amor es un amor de muchos quilates, porque supone entrega mutua, y además puede dar origen a la vida de un nuevo ser, único, irrepetible, a la nueva persona que puede llegar a nacer. Cuando la corrupción afecta a la palabra, la prostituye, y en lugar de transmitir verdad transmite lo contrario: mentira, que es comunicación, sí, pero falsa. Y la sexualidad también se puede falsear. Sucede cuando un acto sexual es convertido en simulacro tramposo de un acto de amor, en una simple excitación genital, que no expresa amor ni transmite vida, en una acción egocéntrica, estéril. Muchas páginas de sucesos son reflejo de la relación causa efecto de acciones engañosas o egoístas. Cuanto mejor es el bien corrompido, peores son sus consecuencias.
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Reflexión sobre la sexualidad y la palabra
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