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Rebrotes

No hay rebrotes: en ningún momento el coronavirus ha dejado de brotar. Lo que ha rebrotado, o lo que se intenta que rebrote, es la economía, esto es, el comercio, los transportes, la construcción, la hostelería, en medio de una pandemia activa a la que casi solo el calor y los rayos ultravioletas del verano han conseguido momentáneamente adormecer.
Llamar rebrote a las consecuencias reveladas de la explotación y el indigno trato que padece la mayoría de los temporeros de la fruta, es mucho llamar. Hacinados en chabolos inmundos o durmiendo a la intemperie, carentes de lo más básico para la higiene personal, rendidos por el destajo, esos trabajadores, la mayoría inmigrantes, pillan el virus como podían pillar cualquier otra cosa, la sarna, el impétigo o una pulmonía. En lo de la fruta, pues, no es solo la Covid-19 la que rebrota, sino también, o principalmente, esa calamidad laboral, social, de la explotación de los temporeros.

No sólo es el sol y el calor, ni la suposición de que el morbo ya no es tan artero y canalla como en marzo y abril, lo que ha logrado torcer la deriva que mataba a mil españoles al día: también los test, el mayor conocimiento del patógeno, el desahogo de los hospitales, la más adecuada equipación de los sanitarios y, sobre todo, el confinamiento, si bien los efectos de éste último empezaron a diluirse no bien cesó el estado de alarma y se abrió el toril. Pero no son rebrotes las decenas de nuevas infecciones grupales que esmaltan el mapa del país, sino contagios convencionales por andar haciendo vida normal en medio del virus.

Las consecuencias de abrir los aeropuertos, que es por donde el coronavirus entró en todas partes porque venía en avión, tampoco serán rebrotes, sino nuevas escalas de ese viajero infernal. Que haya que abrirlos o que no, o para los nacionales de qué países, es otro debate, un debate que, por cierto, ya tiene un ganador, el resucitamiento de nuestro monocultivo, el turismo, pero no podremos hablar de rebrotes, sino de la continuación, realimentada, de la misma pesadilla.

El sol y el calor hacen lo que pueden, pero acaso no lo suficiente para detener la hemorragia que nos desangrará hasta que llegue la vacuna. Y menos si al sol lo nubla la patulea de gente irresponsable que se agavilla en festejos, garitos y botellones para ir esparciendo un poco más si cabe el virus por ahí.

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