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Opinión

Para recuperar la normalidad, ¿basta con visibilizarla?

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Para recuperar la normalidad, El apóstol Santo Tomás, ejemplo de personalidad escéptica -que desconfía o duda de la veracidad de algo -, es a quién según las Sagradas Escrituras, no le sirvieron las declaraciones de los otros apóstoles, sobre la presentación de Cristo resucitado ante ellos el primer día de la semana, al no estar Tomás presente en el acto; por ello exigió otras pruebas, y necesitó meter sus dedos en las llagas del costado y de las manos de Jesucristo, como forma de comprobar que estaba ante Él, y que había resucitado, cayendo entonces de rodillas reconociendo la buena nueva para el mundo.

La España oficial está empeñada en que la normalidad ya está recuperada, y para ello no se ahorran esfuerzos en las formas de hacerla visible, el telón de tal representación interesada, lo descorrió el presidente Sánchez anunciando la caída de la mascarilla, para confluir en la frase estratégica visibilizar la normalidad, que se ha convertido en un lema cual si de una campaña de marketing se tratara, y en la que todos los ministros están implicados. Así se deben de observar hechos que van desde la recuperación de la movilidad -incrementada por las vacaciones del estío-, a la vuelta gradual de los espectadores a los espectáculos públicos; en medio quedan cuestiones más prosaicas como el cese -parcial- del uso obligatorio de la mascarilla, o la ampliación del número de comensales -tanto en privado como en público-.


Sin embargo, aún somos muchos los incrédulos que sin merecimientos para llegar a la altura de Santo Tomás, exigimos más pruebas para confirmar que la normalidad está entre nosotros, porque no podemos olvidar que la mascarilla aún es necesaria -más que recomendable, incluso por encima de lo que la oficialidad dice-, o que aún las barras de los bares no se pueden usar, ¿habrán mayores anormalidades que éstas?


A ello se suma la dura y obstinada realidad de los datos, lamentablemente nada favorables a esa supuesta normalidad y que hacen recordar lo intempestivo -dicho por muchos expertos- de aquel anuncio presidencial de la retirada de la mascarilla, y con ello de la previsible relajación de las normas de prevención por parte de la población, sobre todo de los más jóvenes, precisamente los más afectados por no estar aún vacunados.


Soy optimista, y creo que la buena marcha de la vacunación logrará controlar este recrudecimiento de la epidemia, al menos en España y resto de Europa, aunque como ahora asistiremos a esporádicos brotes, ligados a la movilidad estival de la población, hasta alcanzar la inmunidad grupal de nuestra sociedad, que traerá un otoño normal.


Sólo queda continuar siendo responsables, y si viajamos mantener las normas y la mascarilla -por encima de lo que dice el gobierno-, porque esto aún no ha acabado; y es un mal momento para ir al extranjero, por los posible problemas logísticos a afrontar, tanto por una novedosa normativa sanitaria internacional cambiante hasta su ajuste, como por la realidad epidemiológica tan variopinta. Y para Navidad, ya hablaremos.


N.A.- Con 97 muertos y más de 9200 casos en Melilla, es muy difícil de comprender la autocomplacencia del consejero, anunciando la cercanía de conseguir culminar la estrategia de vacunación -la teórica, porque la práctica o real está lejos aún-; cuando aún se deben de explicar los errores o demoras en la toma de decisiones, o en la llegada oportuna y suficiente de medios de prevención -lo del personal sanitario necesitaría un espacio aparte-, son una auténtica falta de respeto a la inteligencia de la ciudadanía, las sonrisas del consejero en tal anuncio. Sin hablar del fraude o engaño del hospital modular, claro que ahora ya no se justifica, ha salido cara -un paciente en U.C.I.-, ¿y si hubiera salido cruz, y hubiera 15 pacientes? No se llegaría a tiempo para su puesta a disposición de los melillenses.

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