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Opinión

Otra reforma educativa condenada a fallar

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Aula de un colegio

La reforma educativa que ha aprobado el Gobierno español vuelve a dividir a la sociedad. Esta supone la octava ley de educación no universitaria en 40 años, evidencia la incapacidad por parte de los políticos de llegar a un pacto educativo a nivel nacional. Las medidas que más revuelo han causado han sido el fin de la lengua española como vehicular de la enseñanza en todo el Estado, y la posibilidad de pasar de curso independientemente de los suspensos.

A estas alturas resulta complicado entender cómo algunas personas todavía creen que los políticos van a poder llegar a un acuerdo educativo a nivel nacional. Supone no entender la naturaleza del Estado y la importancia que este le arroga al control de las ideas. Todos quieren imponer su modelo, y llegar a un acuerdo se hace imposible.

La solución, por tanto, pasa por permitir que los distintos centros compitan entre sí, introduciendo métodos de enseñanza innovadores y atrayendo alumnos en función de los servicios prestados. Es decir, la solución pasa por mantener alejados a los políticos de turno y dejar que cada centro adopte su propio modelo educativo.

En cuanto al frontal ataque al esfuerzo de esta reforma educativa, cabe destacar que, si bien las cifras de abandono escolar y de repetidores son altas, la solución no pasa por recurrir a los aprobados generalizados, ni pasarle la patata caliente a unos docentes que tendrán que permitir o denegar que algunos alumnos pasen de curso sin unos criterios claramente establecidos. Una cosa es cambiar contenidos o incluso reducirlos, introducir nuevos métodos de evaluación, dar más prioridad o incorporar asignaturas electivas que no requieran de horas y horas de estudio para ser aprobadas. Otra muy distinta es igualar a la baja, destruir el valor de un título de educación obligatoria que tras esta medida pasará a valer nada.

Una reforma educativa que contente a todos es imposible. Permitir que los padres puedan decidir el modelo educativo que quieren para sus hijos es, a la vez, necesario. Esto solo se conseguirá permitiendo la competencia entre centros y dándoles la independencia necesaria para que innoven. Hacer de la educación obligatoria un trabajo a tiempo completo no es, en mi opinión, el camino. Cargarse el esfuerzo, tampoco. 

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