Categorías: Opinión

Nuestro Miguel Ángel

Tal día como este 10 de julio de hace veinte años fue secuestrado el joven concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, y tres días después fue asesinado por ETA. Rememorarlo, aunque sea para darnos golpes de pecho, es un acto de justicia.
Esta alusión a la penitencia de todos nosotros es autocrítica con carácter retroactivo. Por la tardía reacción de la sociedad española contra la barbarie que se había enseñoreado de la vida nacional en el cuarto de siglo anterior al asesinato de Miguel Ángel. Pero así fueron las cosas y así hay que recordarlas.

Entre el hartazgo por veinticinco años de terrorismo y el miedo que ETA había inoculado se impuso el hartazgo. Fue el resorte de las masivas manifestaciones populares de las "manos blancas" al grito del "basta ya", "todos somos Miguel Ángel", "vascos, sí, terroristas, no", "aquí estamos, nosotros no matamos", etc. Principio del fin de aquella banda de iluminados que mataban y extorsionaban en nombre de la patria vasca.

Justo después de habernos tenido en vilo durante los tres días del secuestro y el posterior asesinato. Fue como matar a un ruiseñor. Metáfora perfecta de la muerte de un inocente, dicho sea a todos los efectos políticos, sociales y humanos, puesto que aquel joven concejal del PP, hijo de inmigrantes gallegos, más orientado hacia la música que hacia la política, nunca mostró el menor interés por subir en el escalafón organizativo de su partido.

Sin embargo, fue la victima propiciatoria de la violencia, que engendra odio, y del odio que engendra violencia, como suele decir Carlos Totorica, el que era y sigue siendo alcalde de Ermua. Veinte años después, le hemos escuchado decir públicamente que, por desgracia, las brasas de aquella hoguera no se han extinguido del todo. "He visto el odio en los ojos de muchas personas", dice, sin evitar referirse a la reciente agresión de un grupo de personas contra dos guardias civiles que, en octubre del año pasado, alternaban de paisano en un bar de Alsásua.

Por su parte el escritor y antropólogo, Mikel Azurmendi ("El relato vasco", editorial Almuzara), sostiene que "la ideología de ETA sigue viva en la sociedad vasca" y advierte sobre el peligro de que los vascos olviden lo que ocurrió con Miguel Ángel Blanco y todos los asesinatos que constan en el siniestro historial de la banda terrorista ETA. "La sociedad vasca tiende a olvidarlo todo porque la verdad molesta" y, viene a decir Azurmendi, exige el compromiso de retratarse ante lo que ocurrió, aunque sea a balón pasado.

Obligado es también situarse entre quienes hacen memoria (manifiesto civil "Por un fin de ETA sin impunidad") y quienes hacen política, con tendencia a evitar un relato de vencedores y vencidos. El que subscribe se inscribe, por supuesto, en los del primer grupo.

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