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Carta del Editor

Ni quieren, ni saben, ni pueden

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Ilustración carta del editor

“Cuando florezcan los rosales de la paz, para vosotros serán las mejores rosas”. Página 770 del gran libro de Miguel Platón “El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla”, segunda edición, corregida y aumentada, que ya hemos puesto a la venta.

La frase -me salto la prohibición de lo políticamente correcto de no mencionar su nombre sin insultarlo- es de Francisco Franco, el 2 de abril de 1938, e iba dirigida a unos marroquíes que habían regresado de la peregrinación a La Meca. “Como mensaje político” -indica el autor del libro- “fue un completo éxito. A los pocos días, la población marroquí del Protectorado Español repetía la promesa al ‘Caudillo’”. Historia de España que, por mucha “memoria histórica” que pretendan imponernos para intentar hacernos olvidar o para tergiversar la Historia, existió y que sirve para entender nuestro presente, especialmente el presente melillense, tan especialmente marcado por aquel pasado: muchos de los melillenses actuales son descendientes de marroquíes que participaron, activa e incluso decisivamente, en la Guerra Civil española.

Tampoco se debe olvidar -ni tergiversar- que el 13 de julio se cumplieron 85 años del asesinato de José Calvo Sotelo, líder del partido Renovación Española y de la oposición conservadora en el Congreso. Lo mató un grupo de guardias y milicianos socialistas y el Gobierno de entonces intentó encubrir a los asesinos y ocultar los hechos.

Miguel Platón, en el libro que yo antes citaba, dedica unas páginas (300 a 306) al “secuestro y asesinato de Calvo Sotelo”. Uno de los secuestradores, el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, había combatido en Marruecos y fue el que ordenó -tras el asesinato de Calvo Sotelo con dos tiros en la nuca, en la camioneta oficial número 17- dirigirse al cementerio del Este, en Madrid, “y simular que el muerto era un caso de delincuencia común”. Fueron “los últimos días de la paz”. Cuando al socialista Indalecio Prieto le comunicaron lo que había sucedido exclamó: “Ese atentado es la guerra”. Y así fue.

¿A qué viene esto? A recordar que el pasado existió y que las explosiones -o las guerras- se producen cuando se llega a situaciones que muchos ciudadanos consideran límites e insoportables.

El tan justamente y tan a menudo criticado Tribunal Constitucional español acaba de declarar nada menos que “inconstitucional” el confinamiento que fue impuesto por el Gobierno de Sánchez mediante un “estado de alarma”, en vez de un estado de excepción, que hubiera supuesto mayores controles parlamentarios al Gobierno. Sánchez ha convertido al Gobierno español en “su” Gobierno y a él, como buen pro comunista -gobierna con ellos, los necesita para mantenerse en el Gobierno- no le gustan los controles parlamentarios, no le gusta, en suma, la democracia.

Vivir, en Europa, recibiendo dinero de la UE, como demócrata, sin serlo -es imposible serlo gobernando con comunistas- resulta asimismo imposible. Pedro Sánchez, oteando su pésimo horizonte electoral, ya dio un primer paso: eliminar del Gobierno a los que le han sido más próximos y a los que obligó a hacer las tareas más sucias, para aparentar así que cambiaba. Fue, dicen, el final del Sanchismo, pero fue en realidad el comienzo de lo mismo. Fue un cambio gatopardiano, lampedusiano, de Lampedusa, el autor del célebre libro El gatopardo: “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

Cualquier gobierno realmente demócrata, ante una sentencia como la del Tribunal Constitucional, en vez de criticar al Tribunal como carente de “sentido de Estado” -el Estado soy yo, decía el rey Sol francés- lo que hubiera hecho es dimitir, de inmediato. Aquí -como ocurre en el Gobierno de Melilla- ni dimitirán, ni tan siquiera pensarán en la posibilidad de hacerlo, porque los beneficios partidistas de poder utilizar los cuantiosos presupuestos públicos son muy superiores a los problemas propios -no los ajenos- derivados de una mala gestión y una imposibilidad real de entenderse y cogobernar con quienes es imposible entenderse.

La España de hoy, como la Melilla de hoy, son muy distintas de las del 36, pero la situación, guardando las distancias con el pasado, está ya siendo límite, en España y en Melilla. El cambio profundo es imprescindible en ambos sitios y tal cambio debe empezar por el cambio político, sin el cual será muy difícil lograr el verdadero cambio que nuestro país y nuestra ciudad necesitan: el cambio económico.

Un nuevo y que va a ser un gran colaborador de nuestro periódico, que firma con el pseudónimo de Gonzalo Fernández (Gonzalo Fernandez de Córdoba es más conocido como El Gran Capitán) escribió en su artículo, “Ceuta y Melilla, ciudades españolas”, que publicamos el jueves pasado, que “para vencer en cualquier conflicto, de cualquier intensidad, hace falta querer, saber y poder”. Querer, que España, y Melilla, sean mejores, pero cediendo al chantaje de los separatistas o al de Marruecos, eso no parece muy esperanzador. Saber, es indiscutible que los que nos gobiernan no saben. Poder, sí tienen -el que les hemos otorgado temporalmente- pero poder hacer lo profundamente necesario es más que evidente que no pueden, y el futuro será cada vez peor, incluso partidistamente peor para ellos. Quizás los gobernantes se lo merezcan, pero nosotros, los ciudadanos -en los que reside la soberanía de la nación- no nos lo merecemos ni podemos aguantar ya mucho más a estos políticos que nos gobiernan.

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