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Mujeres

Ni una línea sin previa declaración de principios endosable al firmante de la columna. Por supuesto que soy feminista. Pero solo si se entiende como expresión de respeto al diferente. Me tengo por diferente respecto a una mujer, por razón de género. Pero en plano de igualdad respecto a todo lo demás. Incluidas las tan mentadas obligaciones familiares. Siempre estaré en la lucha contra cualquier forma de discriminación de la mujer.
La base de ese feminismo, por respeto a otros, en su específica diferencialidad (la que sea, de religión, sexo, ideológica, de clase, de oficio.) es la condición humana del otro. No por ser mujer, sino por ser persona y estar en posesión del denominador común que conforma lo que llamamos dignidad humana.

A partir de ahí, abramos la veda contra toda forma de opresión. En este caso, contra la persistente huella del patriarcado o del machismo como resortes del poder de los hombres sobre las mujeres en la historia de los pueblos.

No es que a los objetivos feministas le sobren escenificaciones públicas como las movilizaciones del 8 e marzo. Hacer visible el problema también ayuda. Pero sostengo que el reto es sobre todo cultural. Y la batalla empieza en la educación. Ahí es cuando ciertos estereotipos se fijaron en la mente del letrista que hizo de la canción del verano con aquel mostrenco "busco un hombre que me quiera, que me tenga llenita la nevera".

Si se sientan esas bases educativas en la formación de la persona, hombre o mujer, carecerán de sentido las absurdas controversias políticas que, al menos en España, han aflorado en vísperas de una campaña electoral. No le demos vueltas: se lo tienen que hacer mirar quienes han logrado que la causa de la mujer divida a las mujeres en razón de sus respectivas adscripciones políticas e ideológicas. Si el feminismo no es transversal será excluyente y sectario de las mujeres políticamente distantes respecto a los agitadores o agitadoras de la causa feminista.

De hecho, la mujer que impulsó el derecho al voto de la mujer, Clara Campoamor, llegó a escribir años después lo siguiente: "Nunca formé parte muy activa en las campañas feministas que tímidamente florecían en nuestro suelo. No porque no me parecieran justas, sino porque creo que la libertad se alcanza por propio esfuerzo y personal labor".

A muchos les sorprenderá, pero eso pensaba Campoamor de los movimientos feministas en los años treinta. Y más les sorprenderá saber de la batalla dialéctica librada en el hemiciclo por las dos únicas mujeres que formaban parte de las Cortes Constituyentes de la Segunda República durante el vivo debate sobre el voto femenino. Una a favor y otra en contra (Kent quería aplazar la medida). Lo cual recuerda una frecuente alusión de la ya ex diputada del PP, Celia Villalobos, sobre la tendencia machista a celebrar que dos mujeres se tiren de los pelos.

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