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Carta del Editor

Memoria histérica, no histórica

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Manuel Castells

Un buen amigo me envía un video. Habla en el video ese ser de aspecto extraño que ocupa el puesto de ministro de Universidades del Gobierno español, Manuel Castells. Le oye un locutor, que nada más empezar la charla del ministro, exclama, horrorizado: ¡piticlín, que se nos acaba el mundo! (hay muchos piticlines en este mundo, algunos, residentes en Melilla, especialmente ridículos). Porque oye el locutor al ministro asegurar que en la Universidad de Oviedo se ha decidido realizar un homenaje a Leopoldo Alas Clarín, “que fue fusilado” durante la Guerra Civil española. Clarín murió de tuberculosis intestinal en 1901 y la Guerra Civil empezó en 1936, obviamente no murió fusilado, como dice el ministro ¡de Universidades!, ni murió treinta y cinco años después de haber fenecido. El ministro Castells, resume el locutor, es una muestra más de la memoria histérica, no histórica, dominante en la actualidad, para entusiasmo especial de los piticlines de turno, con el más ridículo de ellos a la cabeza.
Tres notas más, interrelacionadas. Juan Manuel de Prada escribe que el gobierno, cualquier gobierno, ya no es un instrumento del Estado, sino un instrumento del partido en el poder. Ramón, en una de sus viñetas de ABC: “Veremos lo que tarda el Gobierno en declarar anticonstitucional al Tribunal Constitucional”. Ben Bradlee, director del The Washington Post desde 1968 a 1991, se enfrentó y enfadó a los presidentes Kennedy, Johnson, Nixon, Carter y Reagan, pero, por supuesto, ninguno de ellos llegó al nivel de presión e indignidad, utilizando medios públicos contra la libertad de expresión, que alcanzaron ciertos presidentes melillenses en su intento de terminar con MELILLA HOY. (Bradlee, por cierto, recibió en 2013 la Medalla de la Libertad, el mayor reconocimiento civil que otorga EEUU).
Nos engañan con la forma de gobernarnos. Intentan destruir todos los mecanismos de equilibrio de poderes, empezando por tratar de eliminar el poder judicial. Atacan sin pudor al llamado cuarto poder, la prensa, lo que ningún presidente norteamericano se ha atrevido siquiera a intentar. Y encima nos quieren borrar la memoria, o convertir la historia en histeria partidista. Vamos por muy mal camino.

Melilla española desde el 17 de septiembre de 1497
Oficialmente así fue, aunque ya, cuando existía el Imperio Romano, Melilla, con el estatus de “colonia”, dependía administrativamente de Hispania. Fue aquel 17 de septiembre de hace 524 años -nada menos- cuando Pedro Estopiñán TOMÓ POSESIÓN -no conquistó, no hubo derramamiento de sangre alguna- Melilla con el pendón de la Casa de Medina Sidonia. Eso, los 524 años de Melilla como ciudad oficialmente parte de España, es lo que se celebra -o se debería celebrar- el próximo jueves, pasado mañana.
Ignacio Velázquez -que, como Teruel, existió y existe, y fue alcalde, primero, y presidente de la Ciudad, después, durante un período total de ocho años- me envía un video en el que recuerda que el Día de Melilla lo que se celebra es la españolidad de nuestra ciudad, el elemento que, dentro de todas las disparidades y diferentes procedencias, nos une -o nos debería de unir- a todos los melillenses. E insiste Ignacio en que es lamentable que el presidente actual de Melilla, al que tacha de “cobarde”, mantenga la actitud, ”cobarde”, de dejarse llevar por uno de sus socios de Gobierno, CpM, que mantiene a su vez el inmenso error de no celebrar el día de la españolidad de Melilla, basándose en una excusa falsa, en todos los sentidos, como que nuestra españolidad deviene, dice Aberchán, de un, inexistente, acto de sangre, algo que, aunque se hubiera producido -que no es el caso- tampoco justificaría que un partido político español en Melilla, precisamente en Melilla, no festejara la españolidad de nuestra ciudad. Cambiar es de sabios, dicen. Pues ánimo, a atreverse a cambiar, especialmente aquellos que utilizan la palabra “cambio” como bandera de enganche. Y, aprovecho la ocasión: a mí me gustan mucho los cambios, porque los considero indispensables en el mundo actual. Obviamente, cambiar, que es, según la RAE, “desprenderse de una cosa y recibir o tomar otra”, no es un fin en sí mismo, sino un medio para hacer, que es realizar una actividad que comporta un resultado. Hacer y el resultado de lo que se ha hecho es lo que decide la bondad o la maldad del cambio. “Por sus hechos los conoceréis”, dijo Jesús en el Sermón de la Montaña, para distinguir entre los buenos y los malos profetas. Pues eso, los hechos, son los que hay que juzgar.

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