Portada del libro de Pablo Neruda que explora el amor y la desesperación.
Carta del Editor. MH, 18/2/2026
Enrique Bohórquez López-Dóriga
Vivir y ver en una ciudad -pongamos que hablo…de Melilla- y leer sobre lo que de ella se escribe, no siempre coincide. ¿Ejemplos? Muchos: léanse mis tres libros sobre la historia moderna de Melilla y se encontrarán miles de ejemplos. Léase lo que se dice en la prensa nacional – sobre el yihadismo en nuestra ciudad, por ejemplo– y se encontrarán muchos de esos ejemplos externos que demuestran lo poco que se conoce Melilla en el resto de España.
El jefe del Estado debe poder visitar todos los territorios españoles, Ceuta y Melilla incluidos
Escuela de ‘soldados de Alá’ en la Cañada de la Muerte de Melilla: “Deseamos la Yihad desde la infancia” (ABC, 7/2/2026, páginas 2, 12 y 13). ¿La realidad de Melilla coincide con lo que desde fuera se escribe? No siempre. Yo creo, por ejemplo, que hoy La Cañada está mejor (o menos mal) que antes. Aunque lamento que el actual Rey de España no haya visitado Ceuta y Melilla: “El jefe del Estado debe poder visitar todos los territorios”. Lo dice el director del Real Intituto Elcano, Charles Powell. Lo decimos ceutíes y melillenses.
Vuelvo a la “Conclusión final” del tercer tomo de mi libro “Melilla, España, en peligro”, publicado ya hace casi un año. En dicha “Conclusión” insistí -por millonésima vez- en que Melilla necesita “cambios muy profundos”.
Imbroda recuperó la presidencia de nuestra ciudad en junio de 2023. Dentro de poco se cumplirán tres años de este su nuevo mandato. La conclusión, hoy, es que sí ha habido cambios, pero esos tan necesarios cambios muy profundos no se han producido.
Que, en Melilla, los “consejeros”, ejecutivos, tengan que ser electos –dado que Melilla no es autonomía– implica que en la elección de candidatos, realizada por el líder de un partido, no prime la capacidad, sino la fidelidad (al líder del partido)
Mi Carta del domingo pasado terminaba así: “Melilla necesita algo más que transferencias. Necesita un proyecto. Necesita liderazgo que sustituya la subvención por productividad, la dependencia por competitividad y la resignación por ambición colectiva. O cambiamos el modelo o el modelo terminará por vaciarnos”. Porque la confianza —como bien recordó Yuval Noah Harari— es el verdadero capital. Y hoy, en Melilla, esa confianza y ese capital está en números rojos. Melilla necesitaba, y sigue necesitando, dejar de ser una ciudad comunista (todo es público) sostenida por la ficción de un mercado, ya cautivo y/o inexistente, como es el caso del mercado marroquí.
No es fácil, ni esperable, que los políticos, que son seres humanos, se suiciden políticamente, que se abran a la libertad de los ciudadanos, ahora súbditos dependientes de las subvenciones. La democracia, el hecho de poder votar en libertad, abre el camino, la posibilidad de cambiar de políticos, pero cuando la oferta política es mala, el resultado no puede ser otra cosa más que…malo.
“Anarquía, Estado y utopía”, es un libro de de Robert Nozik, publicado en 1974. Un tratado acerca de las funciones del estado burocrático moderno, que utiliza su aparato coercitivo-legal para presionar sobre el individuo, violando sus derechos inalienables. Como alternativa, Nozik propone un modelo utópico: el Estado mínimo y/o ultramínimo. Justo lo contrario de lo que está pasando en España, con Melilla muy especial y dramáticamente incluida.
Fidelidad y eficacia no son conceptos demasiado compatibles, más bien son todo lo contrario. Que, en Melilla, los “consejeros”, ejecutivos, tengan que ser electos –dado que Melilla no es autonomía– implica que en la elección de candidatos, realizada por el líder de un partido, no prime la capacidad, sino la fidelidad (al líder del partido). Y el resultado es el que es, convertidos el cambio y el riesgo en algo de lo que hay que huir : una catástrofe anunciada.
Melilla —frontera, cruce de culturas, vigía del Mediterráneo— no es solo una ciudad administrativa. Es símbolo. Es memoria viva. Es promesa pendiente. Y cuando una ciudad histórica se debilita no es por falta de pasado, sino por ausencia de proyecto
“Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, escribió Pablo Neruda. Son veinte extraordinarios cantos de poesía amorosa, aplicable a todo, especialmente lo de la canción desesperada. Se quiere -como es mi caso- a España y a Melilla, y no sé, ni quiero, explicar por qué.
Yo siento una España y una Melilla que existen, que tienen una historia extraordinaria y que hoy están mal. Y las quiero. Y quiero creer, y creo, que tienen solución. Me podrán matar -lo han intentado muchas veces, en sentido material, económico, social, funcional, empresarial, etc, etc- pero no me van a asustar, ni a rendir. Y, en lo que a Melilla se refiere, pido el apoyo de los que quieren arriesgarse y luchar para intentar que nuestra histórica ciudad se salve.
La “canción desesperada” no es derrota: es el grito de quien ama demasiado como para resignarse. Se quiere, a España y a Melilla, sin necesidad de justificarlo. Yo hablo de una España y de una Melilla reales, históricas, extraordinarias… hoy heridas. No es una contradicción: es la esencia de toda comunidad que ha atravesado siglos de grandeza y crisis. Amar no es negar las ruinas; es decidir reconstruirlas.
Melilla —frontera, cruce de culturas, vigía del Mediterráneo— no es solo una ciudad administrativa. Es símbolo. Es memoria viva. Es promesa pendiente. Y cuando una ciudad histórica se debilita no es por falta de pasado, sino por ausencia de proyecto. Las ciudades no mueren por los ataques externos, sino por la resignación interna.Que me hayan intentado “matar” en lo material, en lo económico, en lo social, no es extraño cuando uno decide no callar. Toda voz que interpela, incomoda. Pero la firmeza contiene una verdad antigua: quien ama de verdad pierde el miedo. Podrán desgastar, podrán aislar, podrán intentar asfixiar… pero no pueden doblegar a quien ha decidido no rendirse.
La cuestión, entonces, no es si Melilla tiene solución. La tiene. La historia demuestra que las ciudades renacen cuando sus ciudadanos asumen que el destino no es algo que se administra, sino algo que se conquista. La cuestión, la gran pregunta es si en Melilla habrá suficientes hombres y mujeres dispuestos a arriesgar comodidad por futuro, entendiendo que amar a una ciudad no es nostalgia; es compromiso, es responsabilidad.
Si la “canción desesperada” es el reconocimiento del dolor, el siguiente paso debe ser el poema de la reconstrucción. Y ese no lo escriben los poetas solos: lo escriben los que actúan. Los que no se asusten, ni se rinden, los que vencen al silencio y actúan con coraje, con proyecto y en comunidad. Y así, dentro de unos años, alguien podrá escribir no una canción desesperada, sino un canto de renacimiento por y para Melilla.
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