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Los reyes no tienen amigos

Visto que con arreglo a lo establecido por la Constitución: "De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden "(Art.64.2), convendría que Felipe VI no se metiera en política. Asumiendo su papel constitucional -en las monarquías parlamentarias, los reyes reinan pero no gobiernan- lo más útil en la forja del bien común de los españoles y lo más idóneo, también, para contribuir al prestigio y permanencia de la institución monárquica es que preste oídos sordos a cuantas peticiones reciba para intervenir en asuntos concretos de la vida política nacional. Dando por hecho la mejor de las voluntades por parte de quienes invocan ya la intervención de don Felipe en asuntos tales como el desafío separatista en Cataluña, hay que decir con claridad qué no. Rotundamente, no.

Calientes como están las palabras de Isidre Fainé, presidente del Grupo La Caixa, reclamando una "gran negociación entre Cataluña y España" que permita un "gran acuerdo", confiando en que Felipe VI "sea una ayuda más" para lograr dicho entendimiento, hay que decir que no. Por ese camino, no. El Rey en su papel, y los políticos -encabezados por el Presidente del Gobierno-, en el suyo. Confundir los papeles desencadenaría algo peor que confusión. Sería "borboneo". Una práctica de la que con astucia e inteligencia supo alejarse el Rey don Juan Carlos en cada una de las ocasiones en las que por ingenuidad o exceso de espíritu cortesano fue requerido para que interviniera en asuntos concretos de la vida política nacional. La agitada Historia de España previene acerca de los males que semejante práctica apareja. Males que, a la postre, alcanzan a la propia Corona. A éste respecto, la biografía de Alfonso XIII ofrece elementos más que suficientes para la reflexión. Por no mencionar a Isabel II.

Dicho lo cual, nada impide que don Felipe VI, se prodigue en cercanía a los ciudadanos; que comparta sus preocupaciones y esperanzas. Que tenga en cuenta que el futuro de la encomienda que hereda, por remitir en su fundamento al plano de lo simbólico, estará ligado a la ejemplaridad. En su vida pública y en su vida privada. Si su ambición y obligación es la de ser el Rey de todos los españoles, tendrá que rechazar cualquier escenario proclive al nepotismo o capaz de generar círculos de cortesanos. Puede que suene duro, pero los reyes no deben tener amigos. En algún sentido, el precio de la Corona es la soledad. Dicho lo cual, ojalá le acompañe la suerte y tenga acierto en el empeño.

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