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¡Lejaim! ¡Por la vida!

«Qué más podría añadir yo al testimonio del hijo de un judío de Tánger, emigrado con su familia a Francia y después a España en donde formó esa querida familia y educó a sus hijos en el trabajo, la obra bien hecha y la alegría de vivir y de compartir.»A veces, los viejos profesores, recibimos mensajes de alumnos que pasaron por nuestras clases y que dejaron huella y poso en nuestras vidas. Esta es la última que recibí de uno muy querido y que se abre muy bien camino en su profesión. Querido e inolvidable Profesor: Por suerte, hace tiempo que en nuestro hogar comprendimos que los pequeños detalles guardan la verdadera felicidad. Un inesperado café recién puesto por la mañana, la radio de un padre que suena de fondo, una cena en compañía de toda la familia… Siempre valoramos estos detalles, más aún cuando en nuestros días las pérdidas se convierten en ausencias y el único modo de ocupar los huecos que se abren a cada momento es a base de recuerdos. Buenos, reconfortantes y maravillosos recuerdos.
Fueron mis padres quienes nos enseñaron a mis hermanos y a mí que estamos de paso por la vida, en un mundo que ni siquiera nos pertenece. Por desgracia, hay quienes viven su vida como transeúntes que deambulan perdidos en la noche; como viajeros errantes en busca de un destino que quizás no existe. Por eso creo que nuestro mayor regalo es la propia vida. Disfrutar de los que nos rodean y vivir en compañía de quienes más nos quieren. Esforzarnos al máximo en aquello que nos apasiona y prescindir de lo que nos sobra. La sobriedad compartida de la que tantas veces nos habló. Ayudar al otro, sin esperar nada a cambio. Ese es el propósito. Tengo que agradecerle sus palabras de cariño y afecto tras el fallecimiento de mi padre. Fue una persona especial que abrazaba la vida como nunca antes habían visto mis ojos. Nació en Tánger Internacional en 1947 y de allí marchó a Francia pocos años más tarde para estudiar. Después de un convulso y bien recordado año 1968, llegó a Madrid, en donde conoció al amor de su vida. Tras una década más o menos bien avenida, cayó en desgracia, perdiendo todo lo que había conseguido hasta entonces. Sólo el amor de sus hijos y su mujer pudieron salvarle.
Retomó el rumbo de su vida, como el ave fénix que renace de sus cenizas. Sin embargo, su cuerpo empezó a fallarle, después de las malas decisiones tomadas, los disgustos sufridos y el tabaco fumado. Con mucho pesar y tristeza (y, por qué no decirlo, una pizca de orgullo), llegué a verle coger tres autobuses de ida y tres autobuses de vuelta para ir a trabajar cerca del Paseo de las Delicias. Entonces yo era un niño y no lo entendía; ahora lo comprendo: quería vivir, por encima de todo para compartirlo con su familia. Entre autobús y autobús se pasaba horas recorriendo Madrid para ganarse un dinero. Y es que apenas podía moverse: la enfermedad crónica que sufría en los pulmones le recortaba terreno silenciosamente. No obstante, se mantuvo firme largos años hasta que una maldita peritonitis casi se lo lleva por delante. Tras dos meses en coma despertó, contra todo pronóstico, un feliz día de abril de 2011. Tuvo que volver a aprender a hablar y a caminar, y sólo podía comunicarse con los demás mediante la escritura. Fueron muchas noches a su lado, pendientes de un cuaderno, de un gesto, de una mirada. Transcurrido un tiempo, nos habló de sus experiencias mientras había estado en coma. Él mejor que nadie sabía que la vida le había regalado una segunda oportunidad. Luego llegaron más achaques y vinieron más oportunidades. Hasta que su cuerpo dijo basta.
Mi padre. Un ser humano entrañable, honrado, culto, de izquierdas, de mundo, con sus fallos, con sus aciertos, que amó, que fue (y será) amado. Alguien que, junto a mi querida madre, nos ha hecho valorar cada momento y espacio compartido como algo especial y único. En sus últimos años, los mejores regalos que pudo recibir fueron sus dos nietas, a las que amaba más que a nadie en el mundo, porque en sus ojos veía reflejada la vida de sus hijos y la suya misma junto a la de su mujer. Ese amor tan inocente y tan puro era lo único que necesitaba para ser feliz. Él era más consciente que nadie de que la vida, finalmente, seguiría su curso. Estimado Profesor, mi regalo de Navidad para este año será volver a contemplar la felicidad de mis sobrinas. La luz de sus miradas alumbra nuestros caminos. ¿Qué más podemos pedir? Un fuerte abrazo con mi amistad y agradecimiento.
Qué más podría añadir yo al testimonio del hijo de un judío de Tánger, emigrado con su familia a Francia y después a España en donde formó esa querida familia y educó a sus hijos en el trabajo, la obra bien hecha y la alegría de vivir y de compartir. Por eso, cuando nos escribíamos, al terminar sus estudios, levantábamos una imaginaria copa de vino y exclamábamos ¡Lejaim!… Así lo saludo ahora ¡Por la vida! Shalom, Lejaim!

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¡Lejaim! ¡Por la vida!

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