Las costas de Melilla son clave para las operaciones rusas de petróleo.
Rusia utiliza petroleros de la llamada “flota fantasma” para realizar transferencias de crudo en aguas internacionales del Mediterráneo y financiar su esfuerzo bélico en Ucrania
Las costas de Ceuta y Melilla se han convertido en algunos de los enclaves preferidos por Rusia en el Mediterráneo para llevar a cabo intercambios de petróleo destinados a eludir las sanciones internacionales impuestas tras la invasión de Ucrania. Estas operaciones se realizan mediante la conocida técnica Ship to Ship (StS), que consiste en el trasvase de crudo entre petroleros en aguas internacionales, fuera del control de las autoridades nacionales.
Según diversas fuentes especializadas en seguridad marítima, Rusia emplea una flota de “barcos fantasma”, buques con pabellón de conveniencia y escasa trazabilidad, que permiten transferir el petróleo desde grandes petroleros de crudo (VLCC) a otros buques libres de sanciones. Estas maniobras se realizan más allá de las 12 millas de aguas territoriales españolas, lo que limita la capacidad de actuación de las capitanías marítimas de Ceuta y Melilla, pese a que estas son plenamente conocedoras de las operaciones y han advertido a los operadores portuarios de las posibles sanciones en caso de colaboración.
Una vez “blanqueado”, el petróleo ruso se transporta principalmente a India y China, donde se comercializa a precios muy superiores al límite de 60 dólares por barril fijado por las sanciones occidentales. Estos ingresos representan cerca del 80% de los beneficios energéticos de Moscú, lo que se traduce en unos 5.000 millones de euros anuales destinados, en gran medida, a sostener su maquinaria militar.
Estas operaciones forman parte de una estrategia más amplia de Rusia en el Mediterráneo, definida en su Doctrina Marítima de 2022, que considera este mar como un escenario prioritario tras la pérdida de influencia en Europa del Este. Aunque las limitaciones técnicas impiden a Moscú ejercer un control naval pleno, el Kremlin recurre a medios no convencionales —como la flota fantasma, el espionaje marítimo o la instrumentalización de la migración— para generar inestabilidad y presionar a los países europeos.
La actividad de estos buques no se limita al transporte de petróleo. Investigaciones recientes apuntan a su implicación en tareas de espionaje, sabotaje de infraestructuras críticas y transporte de material militar, lo que incrementa la preocupación de los servicios de inteligencia y de seguridad europeos por la creciente presencia rusa en el Mediterráneo occidental.
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