Fernando Vega Gámez (Doctor en Economía)
La verdadera mecha de la Revolución Francesa no fue, como en otras revoluciones, un enfrentamiento entre clases sociales, sino la subida del precio del pan. En 1788 hubo malas cosechas en toda Europa y un invierno durísimo, de tal manera que en 1789 el salario nominal de los trabajadores franceses no había subido, el desempleo urbano estaba aumentando y, lo más importante, el pan podía absorbía entre el 70 y el 80% del salario obrero en París.
Hace ya unas semanas, el INE (Instituto Nacional de Estadística) anunciaba que el dato final del IPC en España del mes de diciembre y, por tanto, el dato para el año 2025, fue de un 2,9 %. Ese dato ha servido para que las nóminas de todos los empleados en España actualicen sus salarios, exceptuando los de aquellos convenios colectivos o cláusulas contractuales que amparan la revisión de salarios de manera diferente. Pero la percepción de los trabajadores que dependen de su salario para su renta disponible, y por tanto de su capacidad de gasto, es que en los últimos años han perdido poder adquisitivo. ¿Cómo puede haber pasado?
Diferentes economistas, entre los que se encuentra la austriaca Sofie Waltl, han estudiado este fenómeno. Waltl, exconsultora del Banco Central Europeo y profesora en Cambridge, sostiene que se debe a un mal cálculo del índice, es decir, que la cesta de productos y servicios con los que se calcula el IPC no refleja el verdadero gasto de los ciudadanos. Y fundamentalmente sus estudios se centran en que ningún índice de precios de los países que conforman la Unión Europea, excepto Chequia, contiene el gasto que representa comprar una vivienda y mantenerla. Y en el caso español, un 80% de los hogares son en propiedad, mientras que solo el 20% son alquilados. En ese sentido, el más reciente publicado IPV (Indice del Precio de la Vivienda) de España que disponemos es el correspondiente al cuarto trimestre de 2025, publicado el pasado 6 de marzo, que arrojaba una subida interanual del 12,9%, algo muy distante del dato de IPC. Y en el tercer trimestre de 2025, el Eurostat calculó que el precio de la vivienda, denominado OOHPI (Owner-Occupied Housing Price Index), en España había subido un 8,5% interanual. Y este índice es mucho más apropiado debido a que incorpora la evolución de los precios relacionados con la vivienda en propiedad en la que vive el propio dueño. Es decir, trata la vivienda como un bien de consumo duradero, no como una inversión financiera.
Pero profundizando todavía más, hay que reflejar que, en el IPC de España, el grupo de gasto en “vivienda” tiene un peso de aproximadamente el 12,16 % sobre el total del índice. Es decir, de cada 100 € ponderados para medir la inflación general, unos 12 € corresponden al gasto en vivienda. El grupo “vivienda” en el IPC abarca, entre otras partidas alquileres de vivienda y alquiler imputado, mantenimiento y reparaciones del hogar, y suministros del hogar como agua, gas y electricidad. ¿Y estamos seguros de que el español medio se gasta en todas esas partidas solamente el 12,16% de su renta disponible? A cierre de 2025 España tenía aproximadamente 1,13 “sueldos” (personas ocupadas) por hogar, y según la plataforma Infojobs el salario medio ofertado en 2025 muestra valores alrededor de los 27.500€ brutos anuales, es decir, unos 1.860€ netos al mes en un salario de 12 pagas anuales. Esos datos llevarían a pensar que el ingreso neto medio de los hogares españoles estaba en 2025 alrededor de los 2.100€ al mes. Y suponiendo que en los hogares españoles no se ahorre y se gaste todo, según la ponderación que el IPC hace de la cesta de la compra por la que el 12,16% corresponde al grupo “vivienda”, cada hogar en España de media gasta en ese concepto la cifra de 255€. Ahí es donde está la mayor fuente de pérdida de poder adquisitivo de los españoles.
Con un Banco Central Europeo que en los últimos 3 lustros ha inyectado en la economía una ingente cantidad de euros a través de compras en mercado que han revalorizado el precio de los activos, incluida la vivienda, mientras que el precio de los bienes y servicios prácticamente no se alteraba, ha ido minando al trabajador que dependía del IPC para preservar su poder adquisitivo. Y a esto hay que añadir que los gobiernos no han hecho nada por actualizar el cálculo del IPC en función de la evolución del gasto del ciudadano. Un conjunto de circunstancias que han deteriorado de manera relevante nuestro mayor tesoro, la clase media.
Y por si fuera poco, la guerra que se ha desatado en estos últimos días en Oriente Medio entre EEUU e Israel contra Irán ha disparado el precio del petróleo por encima de los 100 dólares, lo que ha tenido un efecto inmediato sobre el precio de la gasolina que repercute en el precio de todos aquellos bienes y servicios que conllevan transporte. Precisamente Juan Roig, Presidente de Mercadona, declaraba la semana pasada que, dado que la Hacienda Pública recaudará más por todo ello, podría aliviar los castigados bolsillos de los consumidores rebajando el IVA de los alimentos durante este conflicto. Porque, volviendo sobre la chispa que hizo saltar la Revolución Francesa, si en los últimos años el pan de entonces se ha convertido en la vivienda de hoy, aunque por el momento todavía no llegue a acaparar el 80% de los recursos de la media de las familias como en aquel momento a pesar de una inercia inquietante, la cesta de la compra si puede terminar de arrasar a nuestra sufrida clase media.
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La trampa del IPC para el trabajador europeo
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