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La Nueva Normalidad (III)

“Trabajé siempre para mi patria poniendo voluntad, no incertidumbre; método no desorden; disciplina, no caos; constancia no improvisación; firmeza, no blandura; magnanimidad, no condescendencia.“ Estas acertadas palabras del político, abogado y militar argentino del siglo XIX, Manuel Belgrano, resumen sin duda las cualidades que deben adornar a todo buen gobernante que se precie.
Desgraciadamente ni la voluntad o certidumbre. el método, la disciplina, la firmeza o magnanimidad son virtudes que hoy rodean a nuestro presidente del gobierno. Solo ha practicado con casi enfermiza tozudez, la constancia en ofender o despreciar a quienes no participan de su ateísmo militante y laicista o en derruir la sólida estructura de un Estado que desde hace más de cuarenta años ha generado tanta paz y desarrollo para los españoles.

Sin embargo basta con repasar, aunque sea mentalmente. los vertiginosos meses pandémicos que sufrimos, para comprobar que es la incertidumbre, el desorden, el caos, la improvisación y la condescendencia lo que viene siendo habitual en la deriva política en la que naufragamos día si y otro también. La incertidumbre y la improvisación en la que estamos instalados desde que el virus ha desarmado nuestra economía, nuestro bienestar y riqueza; el desorden y caos al que nos está arrastrando un gobierno manifiestamente incompetente y sectario o la condescendencia con el abuso de poder, el nepotismo y la arrogancia de algunos de sus miembros está sumiendo irremediablemente a España en una depresión social de incalculables consecuencias.

Los ataques a la Corona desde el casoplón de Galapagar, la real residencia del comunista Iglesias, están minando sagazmente, con la anuencia de Sánchez, la monarquía parlamentaria en la persona del Rey Juan Carlos. Felipe VI debe cerrar urgentemente este asalto contra la institución, con una declaración formal que ratifique la Monarquía parlamentaria como garante de nuestro sistema constitucional, exigiendo al mismo tiempo la presunción de inocencia para su padre el Rey emérito y el respeto al Estado de Derecho.

Por otra parte, se ha instalado en nuestra nación un desconcierto generalizado por el caos y el desorden que se detecta en la gestión del gobierno ante una situación de grave crisis sanitaria como es la que padecemos desde el primer día del estado de alarma. Después de la desescalada nacional, el gobierno casi en pleno ha desaparecido como a perros que le quitan pulgas, unos porque no saben de qué ocuparse como los de consumo, cultura, universidades, ciencia e investigación (sigue en la luna) y otros como la pareja ministerial, Iglesias/Montero, que andan más ocupados en tapar las vergüenzas del caso Dina y en los reimplantes sexuales en el cerebro de los españoles. Ni les ha preocupado la tragedia de los miles de fallecidos en las residencias ni tampoco las desigualdades sociales que ya están originando la parálisis empresarial y laboral que angustia a millones de ciudadanos.

España necesita con urgencia ser internada en la UCI para que la grave enfermedad que padece (no la del coronavirus precisamente) sea controlada las 24 horas del día hasta que en un tiempo prudencial, pueda ser sometida a un tratamiento quirúrgico y posteriormente a un proceso rehabilitador. En estos momentos presenta síntomas de debilidad extrema en instituciones tan relevantes como la Corona, el Parlamento, el Gobierno y la propia Justicia. Decía Alexis de Tocqueville, político liberal francés, que “no hay grandes hombres sin virtud; sin respeto a los derechos no hay gran pueblo: casi se puede decir no hay sociedad” Lo cierto es que en estos últimos años nuestra sociedad no ha sido capaz de generar grandes hombres y mujeres que lideren con confianza y eficacia una transición hacia una nueva etapa de nuestra historia y la de la humanidad.

Convendría, pues, plantear algunas reflexiones sobre determinados aconteceres que hoy cuestionan la supervivencia del Estado en una sociedad que se evidencia mucho más global e interdependiente: ¿No hemos creado una España que hoy se manifiesta demasiado compleja en su estructura territorial? ¿es útil la proliferación de tantas administraciones superpuestas, poco eficaces y que nos producen un sentimiento de desigualdad según residamos en una u otra parte del territorio? ¿no se debería abrir un debate sobre el Estado de las Autonomías, la racionalización de las competencias, las del gobierno central y el resto de las administraciones, dado el enorme gasto público que originan y el elevado coste de su mantenimiento? (Continuará)

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La Nueva Normalidad (III)

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