Carta del Editor 8/4/2026

Enrique Bohórquez López-Dóriga

 

¿Es mentir algo inevitable para los neo políticos? Una respuesta posible (no la única): no es que mentir sea inevitable para los políticos, pero sí existe una tentación estructural a hacerlo dentro del sistema político moderno. Por varios tipos de razones.

Una: El incentivo electoral: prometer más de lo posible. Decir toda la verdad, con matices y dificultades, muchas veces es menos atractivo electoralmente que ofrecer soluciones claras y optimistas. Por eso aparecen exageraciones, medias verdades o promesas imposibles (mentiras, en suma)

Dos: La comunicación política es narrativa vs. realidad. El sistema premia a quien controla mejor el relato (Sánchez como ejemplo actual y clamoroso)

Tres: El poder y la autodefensa. Cuando alguien gobierna, se enfrenta a decisiones difíciles y a errores inevitables. La mentira, en ese momento, se convierte en una herramienta de autoprotección política, costeada por el pueblo, presuntamente soberanoCuatro: El problema real es la tolerancia social; la cuestión no es solo si los políticos mienten, sino cuánto tolera la sociedad esas mentiras. Si los votantes castigarán severamente la deshonestidad, los incentivos cambiarían. Si no lo hacen – y lo habitual es que no lo hagan-, la mentira se normaliza, porque el sistema político actual genera fuertes incentivos para usarla.

Resumiendo, y como decía la filósofa Hannah Arendt, en política el peligro no es solo la mentira, sino cuando la mentira forma parte del paisaje cotidiano. Que es lo que ahora predomina. Arendt (1906-1975), de origen alemán y de final estadounidense, se situaba de forma crítica frente a la democracia representativa – democracia fundada en el principio de funcionarios electos que representan a un grupo de personas, la gente elige a sus legisladores (representantes)- y prefería un sistema de consejos o formas de democracia directa.

La fatiga de la mentira política

Hay mentiras que estallan como tormentas y otras que caen como una llovizna persistente, que acaba calando en los huesos de la sociedad. Las primeras provocan escándalo; las segundas provocan algo más peligroso: costumbre. Y quizá esa sea una de las enfermedades silenciosas de nuestro tiempo político.

Durante siglos, la palabra pública fue un instrumento de poder, pero también de responsabilidad. En las antiguas ágoras, en los parlamentos nacientes o en los momentos fundacionales de las naciones, la palabra no solo persuadía: comprometía. Quien hablaba ante el pueblo sabía que sus promesas quedarían ligadas a su honor político.

Hoy, sin embargo, la palabra se ha devaluado. La política contemporánea vive atrapada en una inflación constante de discursos, declaraciones, promesas y relatos. Cada día nacen nuevas promesas, antes de que las anteriores hayan sido siquiera examinadas. Cada semana surge un nuevo relato destinado a sustituir al anterior. Y en ese ruido continuo, la verdad se pierde.

El resultado no es únicamente la mentira. Es algo más profundo: el cansancio ciudadanoLa mentira reiterada ya no provoca indignación; provoca aburrimiento. El ciudadano escucha, compara, recuerda promesas pasadas y, en lugar de enfadarse, simplemente se encoge de hombros. Aparece entonces una frase peligrosa que atraviesa generaciones: “todos son iguales”. En ese momento, la política pierde algo más que credibilidad: pierde vínculo.

Sin embargo, si queremos ser optimistas (el optimismo es una virtud) este cansancio también encierra una paradoja. El aburrimiento ante la mentira demuestra que la sociedad todavía conserva una expectativa moral hacia la política. Nadie se aburre de aquello que considera inevitable; uno se aburre de aquello que esperaba que fuera distinto.

La exigencia latente

Por eso la fatiga de la mentira política no debe interpretarse solo como apatía. Puede ser también el síntoma de una exigencia latente. La sociedad no pide políticos perfectos —la historia demuestra que nunca han existido—, pero sí reclama algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: coherencia entre la palabra y el acto.

La verdadera regeneración política no comenzará con nuevos eslóganes ni con estrategias de comunicación más sofisticadas. Comenzará la regeneración política el día en que la palabra vuelva a tener peso, el día en que una promesa incumplida vuelva a costar reputación, poder o confianza.

Porque las democracias no se sostienen únicamente sobre leyes o instituciones. Se sostienen, sobre todo, sobre una materia invisible y frágil: la credibilidad de la palabra pública. Cuando esa palabra se desgasta, la democracia se debilita.

Pero cuando vuelve a ser creída, incluso la política más imperfecta puede volver a inspirar esperanza. Eso queremos creer.

El Quijote

Lo que sí creemos es que El Quijote es eterno. Y que la frase más conocida y reconocida de la literatura universal es la del inicio del libro: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...». Esta línea abre la obra cumbre de Miguel de Cervantes, que no quiso mentir, diciendo no puedo, en vez de no quiero, como hubiera hecho cualquier político en ejercicio del poder.

Inolvidable es, también, la última palabra de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha (Capítulo LXXIV): ¡vale! Esta interjección latina significa «adiós», «que te vaya bien» o «consérvate sano», utilizada por Miguel de Cervantes para despedirse definitivamente de su personaje, El Quijote, tras la muerte de Alonso.

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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La mentira como arma política

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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