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La magia del “hasta aquí puedo leer…”

Con el hasta siempre definitivo de Chicho se cierran noches de los viernes en tantos hogares de España que hacían familia, porque entonces todos nos reuníamos para sumergirnos con el “Un, dos, tres”, en la magia del genio que lo mismo nos llevaba al lejano oeste que colaba la “Ciudad prohibida” en el cuarto de estar. No es una frase hecha que hay un antes y un después con Ibáñez Serrador. La televisión tenía mucho peso y no hacía falta el escándalo para subir audiencia.
Esta se lograba con una mente privilegiada desarrollando un buen producto, en el momento justo y con espectáculo. Forma parte de mi infancia y de la de tantos, de esa sin complejos o sin dobles caras y los que tuvimos la suerte de disfrutarlo siempre le recordaremos como un hombre que nos hizo felices a todos y esto, ahora, con los tiempos que corren parece sumamente difícil. Del concurso televisivo se hablaba desde el patio del colegio, hasta en los bares o en el trabajo. Se esperaba con deseo la nueva sorpresa que semanalmente nos ofrecían y todos los artistas que en la subasta ponían ingenio sin esperar su aparición. Si se analiza sociológicamente aquella España vemos que para ser felices necesitábamos infinitamente menos que la actual, los grandes premios eran un coche o un apartamento en la playa, cuando había tantos que nunca vieron la inmensidad del mar.

Chicho se rodeaba de los mejores, Kiko, Mayra, tacañones masculinos y femeninos, secretarias que luego triunfaron en cine o tv, los humoristas y los técnicos. Todos desembocaban frenéticamente en mantenernos pegados a la pantalla, en pintarnos una sonrisa y en interactuar contestando aquellas respuestas por veinticinco pesetas. Cuando alguien triunfa no solo comunica, sino que logra que las frases que inventa se sigan repitiendo. Quienes entraron en su despacho dicen que era hacerlo a la historia de las artes escénicas, del cine, de la radio y de la televisión. Ahora que ha dado su paso a la otra vida, sin miedo a la muerte, sí se confesaba temeroso ante el fracaso. Esto para suerte de él no lo conoció, ya que triunfó también con aquellas “historias para no dormir”, “Waku, Waku” o con estilo, logró que se hablase de sexo. Alcanzó el poder del miedo y como éste puede atenazarnos sin mostrar a sí mismo de lo que un ser humano es capaz de hacer. Esto decía y también lo lograba con la presencia en escena de su padre, Narciso Ibáñez Menta, que, desde su grandeza, inquietaba con aquellos ojos y su voz grave. La calabaza que siempre fue sinónimo de noes, supo hacerla atractiva y simpática. Para Chicho ha sonado la campana y “hasta aquí puedo leer”.

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