Si Moisés volviera hoy a traer a los hombres las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos podría romperlas hoy como antaño, pues desde los tiempos de Moisés apenas si han ganado en fuerza y cumplimiento. Sólo que Moisés hoy no podría destruir al becerro de oro, como lo hizo en aquel tiempo en el desierto, pues el becerro ha adquirido un valor de miles de millones, en comparación con los Diez Mandamientos de Dios. Las llamadas Iglesias cristianas han enseñado durante casi dos mil años un Dios que no existe. Lo que fue y es una escultura nacida de la creencia pagana en dioses, y que fue esculpida, ensalzada y comercializada muy hábilmente.
Una gran parte de los hombres -sobre todo las personas que tienen en alta estima las tradiciones y siguen siendo prisioneras del egoísmo- han olvidado cómo se piensa de forma clara y lógica. Se han convertido en imitadores, que como los lemingos hacen sin pensar lo que otros les muestran y prescriben, que por su parte son también prisioneros de la irracional fiebre tradicional de los sentidos.
Quien no rompe la atadura de las tradiciones queda atado a los que propician las tradiciones, quienes en muchos casos creen hallarse en estado de santidad. Quien por lo tanto se deja conducir por la tradición eclesiástica, es automáticamente partícipe de las huestes belicosas que torturan, matan, despedazan todo lo que se halla en y sobre la Tierra, es decir, que asesina en aras de la tradición.
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