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La exhumación de Franco

Reconozco que Canal Sur no es el reflejo precisamente de una televisión pública independiente, veraz y plural. Treinta años de régimen socialista la han convertido en una herramienta más de un poder encastrado en la sociedad andaluza, que solo la democracia y unas elecciones pueden y deben corregir. Pero tengo que reconocer que la emisión dominical de la serie “Una aldea francesa”, ha despertado mi interés, especialmente por las connotaciones que se derivan del sufrimiento de toda una nación a raíz de los trágicos acontecimientos de la invasión alemana durante la segunda guerra mundial.

El Gobierno de Vichy, después de la firma del armisticio entre Hitler y el General Pétain aceptó que parte de su territorio, desde julio de 1940 a Agosto de 1944, estuviera dominado por la Alemania nazi. Durante ese período Francia, por ejemplo, restringió los derechos más elementales de los judíos franceses y su policía detuvo a cerca de 76.000 judíos extranjeros que fueron deportados, a campos de concentración como Auschwitz y del que se dice que regresó solo un 3%.

Los franceses vivieron durante esos años entre la humillación, la traición y el colaboracionismo con los nazis y la Alemania de Hitler. Después de más de 70 años de este drama del pueblo francés, hoy Estrasburgo, capital alsaciana bajo dominación alemana y francesa durante muchos años, es una de las sedes del Parlamento europeo, signo de la reconciliación, la paz y la superación de los graves y trágicos errores cometidos por las dos grandes naciones.

Pues bien, en España hoy somos millones de españoles los que hicimos la transición política; quienes nacimos y vivimos durante el régimen de Franco; estudiamos, trabajamos y creamos nuestras familias para desarrollar y enriquecer a una España que ha disfrutado de la paz y convivencia de sus pueblos y regiones durante 40 años; quienes nos esforzamos también por construir una nueva nación democrática, europea, moderna y prestigiosa, enterrando y superando los trágicos enfrentamientos de una guerra que hace ya casi ochenta años desgarró a quienes desde uno u otro bando la protagonizaron y sufrieron.

Seamos sinceros, a la mayoría de españoles nos es indiferente que los restos de Franco vayan a un panteón familiar siempre que se haga civilizadamente, de acuerdo con su familia y sin el peligroso incendio que el gobierno está avivando, al despertar peligrosos sentimientos de revanchismo por quienes incluso han nacido lejos en el tiempo, del régimen franquista.

Lo que nos molesta y nos sorprende con gran tristeza y preocupación es el lenguaje guerracivilista de quienes ni siquiera han conocido al dictador, de quienes revisan la historia solo bajo su óptica, enalteciendo las injusticias que se cometieron en uno de los bandos contendientes pero ocultando hipócrita y falsamente las que se cometieron en el otro.

Los españoles de bien no nos merecemos este retroceso hacia nuestro pasado más vergonzante. Las generaciones de este siglo son hijas de internet, de la globalización, de la solidaridad ante la pobreza, el hambre y la miseria, de los grandes avances tecnológicos o de la lucha contra la delincuencia que nos invade a través de la droga, la explotación infantil y sexual o la trata de seres humanos. Nuestros jóvenes se sienten muy insensibles e incluso desconocedores de aquella guerra, de cualquier guerra…
Europa superó con creces, inteligencia y buena voluntad sus dos grandes enfrentamientos del pasado siglo. Los padres de la Unión Europea construyeron un espacio sin fronteras donde los derechos humanos, las libertades y el desarrollo integral de sus habitantes nos hiciera olvidar el fanatismo y los imperialismos ideológicos de cualquier signo. Olvidarnos de esto es regresar al aislacionismo y alejarnos de Europa.

Esta obsesión revisionista de la historia de Sánchez y sus compañeros de viaje no está lejos de una actitud de soberbia y vanidad destructiva de la que ya alentaba Juan Pablo II : “ El progreso humano que es un gran bien, lleva en sí mismo el peligro de una grave tentación, pues una vez turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien con el mal, no le queda al hombre o al grupo más que el interés propio, excluido el de los demás. Con eso el mundo deja de ser ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el creciente poder del hombre amenaza, por otro lado, con destruir el mismo género humano”
PIE DE FOTO:
Imagen de archivo del Valle de los Caídos

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