Cada ser humano está marcado por lo que le sucede, tanto en el aspecto positivo como en el negativo. Lo que hoy es y lo que hoy se encuentra en su camino de vida lo originó en el “ayer”. El “ayer” significa las encarnaciones previas. Cada uno de nosotros se encuentra en la Tierra como en una escuela para aprender de lo que la vida le muestra.
Esto significa que estamos ahora nuevamente en la Tierra para aprender de nuestros errores pasados y de lo que todavía no ha sido purificado. Deberíamos tomar conciencia de que sólo nos puede suceder aquello que ya existe en nuestro plan de vida, no se tratará nunca de cosas ajenas a nosotros. Se tratará siempre de cosas que no hemos aprendido en encarnaciones anteriores, o como almas en los planos de purificación.
Por lo tanto nosotros mismos somos los responsables por nuestra vida en la Tierra. Lo que sembremos también lo cosecharemos. Si nos comportamos de forma insensata actuando contra nuestra herencia divina que es la ley del amor a Dios y al prójimo, tendremos que soportar también lo que resulta de ello. Es decir el destino de cada uno se compone de su sentir, percibir, pensar, hablar, querer y hacer individual. No se graba el mero pensamiento o la palabra “adornada” sino los contenidos. Todo lo que introducimos en nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos son los elementos que constituyen nuestro destino. Estos los almacenamos en nuestra alma y en los astros correspondientes.
Ana Sáez Ramírez, de la publicación. “El profeta. La Voz del corazón”
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La escuela Tierra y sus lecciones de vida
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