Ilustración que muestra las tres instancias de la psique según Freud.
Por Gonzalo Fernández
Las democracias no mueren de golpe. Se vacían. Primero se moraliza el debate hasta hacerlo irrespirable. Luego el impulso desplaza al análisis. Al final, las instituciones siguen en pie, pero han dejado de mediar entre el poder y la realidad.
Hace más de un siglo, Freud describió la psique con tres instancias: el Ello, sede del impulso y la satisfacción inmediata; el Superyó, depósito de las normas y exigencias morales; el Yo, mediador entre ambos y entre el individuo y la realidad. Freud no pensaba en democracias. Pero el esquema ilumina algo que las ciencias políticas describen con más dificultad: la lógica interna que puede llevar a un sistema a descomponerse sin que ninguna institución haya sido formalmente abolida.
La cuestión no es psicológica. Es estructural.
Una de las transformaciones más visibles de la política occidental es el ascenso de la emoción como criterio de gobierno. No es un fenómeno nuevo: la política siempre ha estado atravesada por el miedo, el resentimiento y la esperanza. Lo que ha cambiado es la velocidad con que estas emociones se convierten en decisiones y la dificultad creciente de ralentizarlas.
La cultura digital tiene una responsabilidad técnica en esto. Las plataformas premian la reacción sobre la deliberación, el mensaje breve sobre el argumento desarrollado, la indignación sobre el análisis. El tiempo político se comprime. Y en ese entorno, quien apela al impulso lleva ventaja sobre quien administra complejidad.
El liderazgo que opera desde el Ello no es necesariamente demagógico en el sentido clásico. Puede ser sincero. Pero su lógica es la de la satisfacción sin demora: simplifica los conflictos estructurales, ofrece soluciones que se entienden en tres frases y esquiva la pregunta incómoda de qué ocurre después. En contextos de incertidumbre, ese mensaje encuentra terreno fértil. El problema no es que movilice emociones. Es que no sabe qué hacer con los límites.
El Superyó político opera de forma distinta, pero conduce a un resultado parecido. Aquí el problema no es el impulso, sino la certeza. El liderazgo que se apoya en convicciones morales interiorizadas como irrenunciables tiende a dividir el espacio político en categorías rígidas: los que están del lado correcto y los que representan una amenaza a los valores fundamentales. Las diferencias de programa se convierten en fallos morales. La negociación se percibe como traición.
La distinción es crucial: no se trata de que la política deba estar libre de valores. Se trata de que la moralización excesiva del debate destruye la condición básica del pluralismo: que el adversario es legítimo. Cuando la diferencia política se interpreta como un defecto de carácter, el acuerdo no es solo difícil. Es, en cierto modo, imposible sin una rendición previa.
Cuanto más se promete una política de principios, más difícil resulta gobernar en la práctica. Los principios no negocian. La realidad, sí.
El Yo, en el esquema freudiano, es la instancia menos atractiva. No promete ni satisfacción ni virtud. Administra tensiones. Acepta límites. Elige entre opciones imperfectas bajo presión. Es exactamente lo que las instituciones democráticas hacen en su mejor versión: no resolver los conflictos, sino gestionarlos sin que el sistema se rompa.
La división de poderes, los procedimientos parlamentarios, el respeto a los tiempos judiciales no son obstáculos burocráticos. Son el mecanismo por el que el poder acepta que no lo puede todo. Sin ese freno, la política oscila entre el deseo de resultados inmediatos y la exigencia de pureza ideológica. Ambas lógicas coinciden en un punto: la impaciencia con el límite.
Este tipo de liderazgo raramente genera entusiasmo. Administrar límites no produce eslóganes memorables. Pero es, históricamente, lo que distingue a los sistemas que sobreviven de los que se disuelven en su propia lógica interna.
A estas tensiones se añade un factor que las amplifica: la personalización creciente del liderazgo. La comunicación directa entre líderes y ciudadanos, sin intermediarios, ha reducido el papel de las estructuras de partido, los cuerpos intermedios y los mecanismos de deliberación interna. El resultado es que la institución pasa a segundo plano y la figura del dirigente lo ocupa todo.
Esto no es un fenómeno ideológico: afecta a izquierdas y derechas, a democracias consolidadas y a sistemas en transición. Es una transformación estructural ligada a cambios tecnológicos que ningún partido ha sabido contener. Cuando las decisiones se interpretan como expresión de una voluntad individual más que como resultado de reglas institucionales, la crítica política se vive como un ataque personal y la alternancia se dramatiza como catástrofe. El sistema pierde predictibilidad. Y un sistema impredecible es, por definición, menos estable.
El riesgo que describe el esquema freudiano aplicado a la política no es el del golpe de Estado ni el de la ruptura constitucional. Es más silencioso: el debilitamiento del mediador. Cuando el Yo institucional se erosiona, el sistema no colapsa de golpe. Sigue funcionando, formalmente. Pero sus decisiones responden cada vez menos a la lógica del equilibrio y cada vez más a la lógica del impulso o de la convicción moral. El límite no desaparece: simplemente deja de importar.
La democracia no es un mecanismo para satisfacer deseos ni para imponer virtud. Es un sistema para gestionar desacuerdos bajo reglas que todos aceptan como legítimas, incluidos los que las detestan. Exige reconocer al adversario como competidor, no como enemigo. Exige aceptar que ningún proyecto político se aplica sin pérdidas.
Freud no escribió sobre democracia. Pero entendió algo que los politólogos a veces olvidan: que la capacidad de tolerar la frustración no es un defecto del carácter. Es una condición de la convivencia.
Una democracia que ha aprendido a prescindir del límite no necesita que nadie la destruya desde fuera. Ya sabe hacerlo sola.
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