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La cuajaíta malagueña

Al leer un artículo de Juan Díez, de hace algún tiempo, donde hacía referencia a una bebida denominada: “La Cuajaíta”, me vino a la memoria lo que hace muchos años, mi padre comentaba que en algunos “aguaduchos” de Melilla, -él los llamaba: “aguauchos”-, se vendían, por unos céntimos, esas “cuajaítas malagueñas”. Yo tengo escrita una novela titulada:

“Entre dos Riadas”, basada en la biografía novelada de “Fernando”, un herrero y carpintero, nacido en Vélez Málaga, que anduvo por la ciudad de Málaga a finales del XIX; y su llegada, a comienzos del XX por Melilla, donde hago referencia a esa bebida que consumían los malagueños más modestos. Este “Fernando”, cada tarde, cuando cerraba su fragua en el lecho del Guadalmedina, y le pagaba al asalariado, según el trabajo realizado, se movía por los cafés del Centro de la ciudad en busca de tratos, de la compra y venta de todo lo que se terciaba, preferentemente de animales de carga. Lo mismo se le veía en el café “Universal”, en calle Granada; en el “Munich” y el “Chinitas”, ambos en el mismo pasaje de su nombre; o en el “Madrid”, esquina de Calderería con Granada. En el café “La Loba”, en la Plaza de la Constitución, había un camarero de Cútar, que por una pequeña comisión le buscaba sus marchantes. Pero él siempre terminaba en el “aguaucho” de un paisano de su pueblo, que solía instalarse en la C/ Torregorda para charlar, y comentar, noticias del terruño, ya que a pocos metros de allí, solían reunirse arrieros y cosarios, de muchos pueblos de la provincia, con algunas noticias frescas del terruño. En los “aguauchos”, como el del amigo de Francisco, vendían las famosas “cuajaítas”, bebida refrescante, que también el poeta José C. Bruna, director de “El Folletín Malagueño”, le dedicó éste poema festivo: “Por un céntimo da un vaso / de excelente cuajaíta,/ que es cara la mercancía;/ basta sin embargo,/ para refrescar la campanilla./ En cuanto al gusto que tiene/ hay opiniones distintas./ Yo creo que sabe a todo,/ ya que es una cosa mixta,/ de cuanto sobra en garrafas/ de mayor categoría”. El río Guadalmedina, frontera natural de la ciudad, divide los barrios del Centro con los de La Trinidad y El Perchel; divididos éstos también, por la famosa calle de Los Mármoles. El abandono y la suciedad que existía en su cauce era fuente inagotable de artículos y poemas satíricos de periodistas y escritores de la época, como el mencionado José C. Bruna, que decía: “Este río traicionero/ ya está humilde, ya furioso;/ es cordero, si no llueve,/ pero cuando llueve, es toro./ Con los primeros embistes/ es con esos industriosos/ que allí colocan sus puestos/ de quincalla y clavos rotos./ Pero más duros que el hierro/ vuelven de nuevo al negocio;/ y hasta que el sitio se inunda,/ no se retiran a otro./ Tiene este río tres puentes,/ uno manco y otro cojo,/ y el otro, en fin, pobre esqueleto,/ que echa a tierra el menor soplo”. Seguro que muchos melillenses encontrarán alguna similitud con el ambiente del Rastro, en el Polígono, de los años 40 y 50 del siglo pasado, con los modestos puestos de toda clase de artículos, desde dentaduras postizas (doy fe de ellos), hasta peines usados. El puente que decía José C. Bruna, que era un esqueleto, en su lugar fue construido otro, pero con el armazón de hierro, debido a una catástrofe ocurrida en las playas cercanas al Puerto de Málaga. Era el día 16.12.1900, y debido al temporal que reinaba en la bahía malagueña, la fragata alemana “Gnisenau”, se hundió en las playas malagueñas, causando 41 muertos, incluyendo su comandante, Kretschmann, y 12 malagueños. Los heridos fueron ingresados en el Hospital Noble, cercano al barrio de La Malagueta. Ese puente, llamado por todos los malagueños, como el de “Los Alemanes”, por haberlo costeado el gobierno alemán, en agradecimiento por el auxilio a sus marineros, sigue en pié con la misma estructura de hierro, y cuyo mantenimiento periódico corre a cargo del Estado Alemán.

También hay que recordar las “cuajaítas” que hacíamos los niños de los 50, introduciendo dos o tres barras de ragalíz, muy cortaditas, y un par de cucharadas de azúcar, en una botella de agua, que con dos meneos se convertía en una guarrindonga “cuajaíta”, que intentábamos venderle un solo buche, a cualquier chaveílla incauto, por una perra gorda, que era lo que costaba una barra de regaliz “ZARA”. Pero lo jodido era que si te lo pillaban algunos mayores, trincaban la botella, y a largos tragos se la “cepillaban” enterita, los muy abusones; aunque creo que más bien eran unos cabrones.

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La cuajaíta malagueña

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