Los comicios celebrados en Galicia y el País Vasco han sido la primera ocasión en la que varios millones de españoles han tenido la oportunidad de votar después de la pandemia. Los resultados permiten extrapolar algunos datos significativos de la conexión entre lo votado y la situación general del país.
Alberto Núñez Feijóo e Iñigo Urkullu eran los grandes examinados pero en cierta medida también Pedro Sánchez y Pablo Iglesias jefes de fila del primer Gobierno de coalición que ha tenido España desde los tiempos de la II República. Sin olvidar a Pablo Casado. No en Galicia -dónde Feijóo fue como quien dice por libre y ha triunfado renovando una cuarta mayoría absoluta- pero sí se examinaba en Euskadi. Allí el PP apostó por una fórmula con Ciudadanos que ha sido un fracaso.
A tenor de los resultados y de las expectativas, Sánchez habría superado la prueba con un aprobado raso en Euskadi y en Galicia, mientras que Iglesias-Podemos se ha hundido en ambas comunidades. En el caso de Galicia se han quedado sin representación parlamentaria.
La debacle experimentada por las listas moradas refleja la división interna en la que está instalado el partido y, también, el rechazo de su electorado a la figura cada vez más polémica del vicepresidente segundo del Gobierno salpicado estos días por el confuso caso del robo de la tarjeta del móvil de una antigua colaboradora cuando Iglesias era eurodiputado. El asunto lo está investigando la Audiencia Nacional.
Como si hubiera barruntado lo que iba a pasar en Galicia y en el País Vasco y necesitara una cortina de humo para desviar la atención, desde hace algún tiempo, Iglesias viene creando ruido mediático. Un día defiende que hay que "naturalizar" los insultos en la vida política y al otro que habría que cuestionar la vigencia de la Monarquía, institución que según su decir adolece de falta de legitimación democrática. Olvida Iglesias que esa legitimidad nace de la Constitución que fue aprobada en 1978 por una gran mayoría de ciudadanos. Ni que decir tiene que más que fruto del olvido sus ataques al Rey obedecen a una estrategia política tan calculada como aviesa. Iglesias ha llegado a dónde ha llegado aplicando la máxima clásica que indica que para progresar hay que ir contra alguien haciendo cuanto más ruido, mejor. Hasta ahora le había funcionado, pero todo tiene un límite. A la vista del hundimiento en Galicia y en el País Vasco debería preguntarse por qué le están abandonando sus antiguos votantes.
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